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domingo, 14 de marzo de 2021

Se siente generoso

La calle iluminada por los numerosos reclamos de las tiendas le dan una sensación de irrealidad al transeúnte que únicamente quiere pasear. Se ve conducido de un escaparate a otro donde la combinación de colores, imágenes, música de moda, e incluso olores, manipulan sutil, o no tan sutilmente, su percepción de los gustos y apetencias. Telefonía, calzado, ropa y artículos deportivos, complementos proteínicos, heladerías, pizzerías, hamburgueserías, ropa juvenil y ropa de alta costura se rifan, como si de una subasta se tratase, a los potenciales clientes que transitan por aquella calle recientemente peatonalizada. Han conseguido convertir una ruidosa y maloliente calle en una zona de paseo donde los olores y el ruido tienen una clara orientación. Un auténtico centro comercial en el corazón de la ciudad.

Pero no solamente las grandes firmas incitan a dejarse su dinero, lo tengan o no, en productos que seguramente no necesiten; otros también quieren esa parte del pastel sin invertir en el marketing adecuado, pero añadiendo un notable riesgo para su salud social e incluso física.

A Luis le duelen las rodillas de estar arrodillado frente a un cartel de cartón donde se lee “no tengo ni para cenar”, escrito con rotulador azul verdoso turquesa. Con el brazo extendido y la mano formando un cuenco, va deseando un feliz fin de semana a todos aquellos que pasan cargados con bolsas de compra donde destaca la marca que ha satisfecho sus necesidades reales o inducidas. Con el rostro triste mira suplicante a los que lo ignoran, excepto a aquellos que le dejan caer alguna moneda, a los que les dirige una sincera sonrisa y un agradecido deseo de felicidad.

Dos chicas de moda se detienen a su lado, ingorándolo completamente, como si fuera parte de la decoración comercial que contrasta con el escaparate de ropa de alta costura. Los maniquíes de corte clásico representan a la nueva mujer que se ve empoderada con las telas diseñadas por los más afamados diseñadores. A su espalda los displays muestran a modelos influencers posando en incómodas posturas que realzan su figura mientras muestran lo bien que les sienta el vestido de noche.

-Jenny, mira, tía, ese vestido es el que me voy a poner para la fiesta.

-¿Qué dices, Merche? Tú no tienes pasta para pagar eso.

-Feliz fin de semana, señoritas.

-Me conseguiré un novio rico.

-Ya vas a tener que perder el culo, porque no queda nada para la fiesta.

-Eso haré: perder el culo.

-Feliz fin de semana, señoritas -dice Luis, mecánicamente mientras mira más allá de las chicas.

El Gorrión, camuflado entre la gente, observa a Jenny y Merche en busca del momento apropiado. El entusiamo de las chicas las hace descuidadas y el ladrón lo sabe. Se acerca disimuladamente y, con la habilidad de un prestidigitador al servicio del mal, extrae la cartera de dentro del bolso. Luis observa la actuación debatiéndose si avisar a las chicas o mantener esa invisibilidad que ellas le profesan. El Gorrión le señala amenazadoramente y, con el dedo en la boca, le indica que guarde silencio mientras se aleja rápidamente. Luis baja la voz hasta convertirse en un murmullo.

-Feliz fin de semana... Eso... Feliz.

Mantiene la mirada fija en El Gorrión mientras se pierde entre la gente. Luis continua con sus felicitaciones convertidas en una monótona cantinela, pero ahora con la mirada perdida en sus pensamientos, sus dudas, sus miserias.

Una figura vestida con abrigo caro y sombrero está plantada como una roca en el arroyo de gente que pasa a su alrededor. Mira fijamente a Luis y, cuando este se da cuenta y le devuelve la mirada, la muchedumbre que va de un lado para otro, oculta a su misterioso observador.

La percepción del tiempo es tan relativa como dicten nuestros sentimientos. Un tiempo que se relentiza hasta casi pararse cuando el tráfico de gente disminuye. Siguen ignorando a Luis, que persiste en sus deseos de felicidad y el cansancio le hace bajar la cabeza y el énfasis de sus felicitaciones.

Ante el riesgo de entrar en un sopor del que le gustaría no despertar hasta el fin de todo, se obliga a levantar la cabeza en una muestra de la dignidad que debe quedarle por algún lado.

El señor del abrigo ha aparecido, así de la nada, frente a él. El susto es tal que da un saltito con las rodillas, escuchándose un crujido al volver al suelo. Un grito, mezcla de sorpresa y de dolor, hace que algunos transeúntes se giren curiosos, aunque no lo suficiente para que frenen sus ansias consumistas.

-Sí que es triste pedir, pero no te avergüences por ello.

-Feliz fin de semana, señor ¿Me da unas monedas para comprarme un bocadillo?

-Las noches son frías y nadie debería cenar solo en una fecha tan señalada -le dice el señor mientras se agacha para hablarle confidencialmente-. Estoy organizando una fiesta para esta noche. ¿Quieres venir?

-Oh, no. No quiero molestar. Yo con unas monedas para comprarme un bocadillo ya me apaño.

-Voy a hacer algo mejor, te voy a invitar a cenar.

Luis siente el imperioso impulso de desconfiar y le responde con una extraña mezcla de ira y tristeza:

-Sí, claro. Me va a invitar a cenar en un restaurante y luego a una fiesta. Menos cachondeo, oiga.

Igual que apareció, el señor del abrigo caro o sombrero, desaparece sumergiéndose en el arroyo de gente que pasa a su alrededor. La situación le parece tan extraña y surrealista, que baja la cabeza para volver a su realidad, donde los compradores siguen yendo y viniendo, ignorándolo y llegando a tropezar con él.

-Feliz fin de semana señora, y cuidado no se vaya a caer -es lo único que se le ocurre decir-. Son días extraños y las calles se llenan de gente muy rara.

Cuando la calle se queda vacía, Luis, cansado, agacha la cabeza y cambia sus deseos por una cantinela de maldiciones, lamentos y quejas. Unos zapatos brillantes, presumiblemente caros, le hacen volver a levantar la cabeza para volver a ver al señor del abrigo. Con una bandeja que tiene un bocadillo, unas patatas y un refresco, el señor lo mira desde lo alto, pero la sorpresa y desconfianza de Luis le impiden reaccionar. El señor le deja la bandeja delante, para luego sacar varias tarjetas de plástico del abrigo y darle una a Luis.

-Te dije que te invitaba a cenar. Que aproveche. Esta es la llave y la dirección. Pásate a partir de las doce -le dice mientras se guarda descuidadamente el resto de tarjetas en el bolsillo.

La gente ha vuelto a la calle comercial y también El Gorrión, que quiere redondear la noche. Cuando el señor del abrigo gira para marcharse, el ladrón tropieza deliberadamente con él, robándole una tarjeta. Pero no todo es como parece y, mientras El Gorrión se disculpa y le cede el paso, el señor muestra una sonrisa de satisfacción mientras, disimuladamente, cuenta y se guarda las tarjetas.


Las calles aledañas se han poblado de pubs donde Montse puede buscar clientes sin tener que exponerse a sucios rincones. Pero cuando desde un portal próximo alguien la llama, tras unos momentos de duda y mirar a ambos lados, acude.

-¡Eh! Rubia. Aquí, aquí. Ven un momento -le dice un señor vestido con abrigo caro y sombrero.

-Hola, guapo ¿Quieres pegar un polvo de forma discreta? Yo soy muy discreta.

-Quiero invitarte a una fiesta.

Montse señala con la cabeza la puerta de un pub donde está un tío grandote y malencarado.

-A mi novio lituano no le gustan las fiestas.

-Hacemos una cosa. Tú le das estos veinte euros para que se emborrache, te vienes a la fiesta y te ganas cien euros.

-No sé. El taxi es caro -remolonea Montse.

Con los veinte euros en la mano, el hombre espera a que ella le confirme para dárselos.

-Si vienes, yo pago el taxi.

-Vale tío, cien euros y el taxi.

Con los veinte euros y la tarjeta en la mano, Montse pasa por delante del grandote, que está discutiendo acaloradamente con Jenny y Merche, sin ningún tipo de acento extranjero.

-Si no tenéis dinero para pagaros las copas, iros a emborracharos a otro sitio.

-¿Nos estás llamando borrachas? ¡Capullo!

-Os estoy llamando jetas, que tenéis mucha jeta; y que coño, que también sois unas borrachas. Que nos conocemos.

-Sí tenemos pasta, pero nos la han robado. ¡Capullo malnacido!

-Ya, claro, os la han robado. Iros por ahí a tomar por culo.

-A tomar por culo te vas tú con tu madre.

Un señor se quita el sombrero, mientras interviene en la discusión.

-Eh, eh. Tengamos la fiesta en paz, que el fin de semana solo acaba de empezar.

-¿Quién eres tú? ¿Su padre?

-No, pero si deben algo, lo pago yo.

-Nos dijo que nos invitaba -dice Merche señalando al portero.

-A la primera, tía jeta -replica el grandote.

El hombre se vuelve a colocar el sombrero, mientras coge suavemente a las chicas del brazo y las aleja del lugar.

-Venga, ya está.

-Joder, ¡qué mal rollo!

-Podemos hacer una cosa: ¿queréis venir a mi fiesta?

-No sé. Yo estoy de bajón total.

-Venga, veniros. Habrá gente sana y divertida.

-Sí tía, por lo menos arreglamos el día de mierda este.

Batiste les da una tarjeta y se aleja satisfecho.

\`´/

Ante la inminencia del fin de semana, el polígono industrial incrementa su actividad a un ritmo frenético en un afán por dejar todas las tareas pendientes terminadas. Sirenas y timbres suenan por doquier en una sinfonía que da el pistoletazo de salida a cientos de coches, en un sprint por ganarle segundos de ocio al fin de semana, y acaban amontonados en la rotonda de acceso. Los últimos en salir ni siquiera miran atrás para no ver la solitaria desolación en que se queda el polígono. Naves industriales grises y compactas, escoltadas por flotas de camiones aparcados en perfecto orden, como si de un Tetris gigantesco se tratara, reflejan la necesidad de anteponer lo práctico a lo estético. Ello permite destacar a las tecnológicas obligadas a dar una imagen de modernidad vanguardista.

Un inquietante silencio obliga al que se interne por sus calles a caminar con discreción, como si ocultase oscuras intenciones. El silbido que precede a los motores automáticos de conserveras rompe la quietud, poniendo los pelos de punta a Luis, que alterna la búsqueda de la pequeña nave de oficinas con la comprobación de la dirección de la tarjeta. No es el único, El Gorrión se le ha adelantado y también anda buscando el lugar indicado. Luis se detiene y observa como el ladrón mira a un lado y a otro para comprobar si lo ve alguien, lo que le obliga a ocultarse por temor a que sepa que comparten destino. La puerta se abre con un chasquido al acercar la tarjeta al lector y El Gorrión entra rápidamente.

Luis se dirige vacilante a la entrada; duda y se aleja. Camina unos cuantos pasos y se para a mirar la puerta, indeciso. Más dudas, más pasos... Hasta que se decide a entrar.

-Te voy a coger in fraganti, cabrón.


Suena un chasquido y la puerta principal se abre.

Luis entra con cautela, intentando no hacer ruido, y cierra tras de sí con cuidado. El recibidor, tenuemente iluminado, no le dejaría ver más allá del mueble recibidor, pero al fondo se aprecia una luz que sale de una puerta entreabierta. Luis camina despacio por el pasillo pero se se detiene de inmediato al escuchar una discusión al fondo. La voz del señor del abrigo está reprendiendo a alguien, que Luis supone que es el El Gorrión. Una extraña mezcla de alivio y fastidio lo confunde, pues parece que lo han pillado antes que él.

-Hola, chaval. Vaya sorpresa te has llevado. Creías que esto iba a estar vacío y podrías robar a tu antojo.

-Yo sólo venía a devolverle la tarjeta.

-Ya, y de paso entraste a curiosear. Venga, que sois todos iguales. Cucarachas que aprovecháis cualquier ocasión para coger lo que no es vuestro. ¿Sabes como se llama eso? Hurto o, hablando en plata, ¡robar!.


Luis se acerca un poco más al despacho del fondo para escuchar mejor la convesación, pero cuando está cerca, por sorpresa, alguien sale corriendo y tropieza con él, cayendo ambos al suelo, enredados y aturdidos.

Luis se recupera antes, sujeta al ladrón por el brazo y lo mete a empujones al despacho.

-Señor, lo tengo, ahora ya no irá a ningún lado.

Batiste, también sorprendido por la irrupción de Luis, baja el tono agresivo e intenta razonar con el ladrón.

-Mira, chaval. Ya que has venido, ¿por qué no te quedas a la fiesta? Veo que sois amigos y me encantan las reuniones de amigos.

El Gorrión saca una navaja y amenaza señalando con la punta al mendigo.

-Apártate de la puerta o te corto el cuello.

Batiste saca una pistola de un cajón y la deja encima de la mesa, despacio y sin dejar de mirar al ladrón.

-Estas no son fechas para pasarlas entre rejas. Nadie debería estar encerrado, lejos de los suyos, en unas fechas tan bonitas. No has hecho nada, todavía... Pero, donde vas a estar mejor que aquí.

El Gorrión baja despacio la navaja y se la guarda. Su desconfianza le impide acercarse a ninguno de los otros dos, pero no hace ademán de huir. Luis se aleja, sobre todo se aleja de la navaja. Ni siquiera pensó en que podía sacar una navaja y ahora, solamente con pensarlo, se asusta.

Batiste se levanta y les pide que lo acompañen. Cuando están saliendo y va a apagar la luz, Luis, atento a todo lo que le rodea, observa cómo el hombre mira la pistola que se la ha dejado encima de la mesa. La mirada triste y sombría de Batiste le hace volar la imaginación sobre la historia que gira sobre esa pistola. Algo en esa mirada le provoca inquietud. Un gesto de dolor se desliza entre la oscuridad en la que queda el despacho.

\`´/

Batiste estaba sentado en su despacho, de espaldas a la puerta. Le gustaba entretenerse limpiando la pistola que acababa de comprar. Con movimientos mecánicos, estuvo practicando el montaje para hacerlo cada vez más rápido. Mientras comprobaba que todo funcionaba como debería, entró un chico, todavía un niño, en el despacho y se lanzó sobre su padre para abrazarlo. El hombre se quejó en broma y, dejó la pistola encima de la mesa para compartir el momento de felicidad con su hijo Ricky.

Por encima del hombro de su padre, la mirada del chico se quedó fija, maravillada, con la pistola. Alargó la mano para alcanzarla y jugar con ella. La primera reacción de Batiste fue apartarlo pero como todos los chicos, insistió.

-¿Puedo cogerla, papá? Ya soy mayor.

Batiste se lo pensó unos momentos. Asumiendo que, estándo él pendiente, no podía ocurrir nada, imaginó a su hijo posando chulo, como en las películas y le sonrió.

-Sí hijo, ya te estás haciendo un hombre.

Recogió unos documentos que estaban esparcidos por la mesa, para poder prestarle toda la atención a su hijo.

-Vamos a hacer una cosa. Voy a dejar estos papeles y luego te enseño cómo se hace.

Salió del despacho y, desde la puerta, se giró y vió a Ricky jugando con la pistola.

-Espérate hasta que papá vuelva. No tardo -le dijo con una sonrisa complaciente.

Al darse la vuelta para salir, un disparo retumbó por el despacho. Más allá del dolor de oídos del estruendo, un punzante dolor le atravesó el pecho, como si él mismo hubiera recibido el disparo.

Se giró gritando para ver impotente a su hijo Ricky caer al suelo con la cabeza ensangrentada.

\`´/

Batiste rechaza todo pensamiento de dejarse la pistola en la mesa. Regresa y se la guarda bajo el cinturón. Ahora sí apaga la luz y cierra la puerta.


Un taxi para frente a la entrada de la nave de oficinas. Luis aparta una cortina y se asoma curioso.

La ventanilla baja y una chica mira a la puerta mientras le pregunta al taxista.

- ¿Seguro que es aquí? Esto está desierto.

- Esta es la dirección que me habéis dado. Está desierto porque es fin de semana y la gente está de fiesta.

Jenny y Merche se apean del coche y se acercan a la puerta del edificio de oficinas. Comprueban que la tarjeta funciona. Se escucha el chasquido de apertura.

Jenny le indica al taxista que sí es ahí, pero este ya se está marchando, provocando las protestas de las chicas.

- Será capullo.

Luis se aparta de la ventana para asomarse al pasillo.


La entrada está iluminada con la única luz que llega de uno de los cruces del pasillo, sumada a la poca que se filtra por la puerta. Merche y Jenny caminan despacio, temerosas por la oscuridad y el silencio roto por el taconeo de sus pasos, que parecen multiplicarse con el eco.

-¿Seguro que es aquí? -dice Jenny antes de seguir avanzando

-Si no fuera aquí, no se habría abierto la puerta.

Alguien pasa por el lado de Luis, tan rápido que no aprecia quién es. Cuando las chicas llegan al cruce, se asustan al encontrarse por sorpresa con Batiste que las recibe con una risita algo falsa.

-Hola chicas, pasad. Pasad por propia voluntad.

-¿En qué película he oído yo eso? -dice Merche en voz baja.

-Seguro que en una de esas raras que ves tú. Esto no me da buen rollo.

-Joer, tía. Relájate y vamos a disfrutar de la fiesta.


La sala de reuniones se ha decorado para una fiesta con escasa iluminación que pretende mitigar el poco sentido de la estética con que ha sido adornada; quedando a medio camino entre una fiesta de cumpleaños adolescente y un guateque hortera. La música de radio fórmula suena más fuerte de lo que debería, llegando a una estridencia distorsionada. Luis le pide una copa a una chica joven que se ha presentado como Verónica. Su ropa, adornos y extraño maquillaje no le hace parecer una camarera, más bien parece una hippy de las que venden colgantes de cuero en los mercadillos. Pero poco le importa el aspecto de la chica y aprovecha para beberse hasta el agua de los floreros, obligándola a autorizarle para que él mismo se sirva lo que quiera. La chica se aparta del mendigo para comprobar que el gran bulto de la mesa está bien cubierto por una sábana y no se aprecia que es un cuerpo humano.

Algo apartado, El Gorrión pone cara de circunstancias cuando ve entrar a Merche y Jenny, evitando un inoportuno cruce de miradas que lo pueda delatar. Las chicas, sin embargo, están más ocupadas en criticar lo cutre que les parece la fiesta, aprovechando la música alta que evita que los demás las oigan. Por lo menos hay bebida y Jenny se acerca a Verónica para que le sirva una copa.

Batiste, cerca de la puerta, y con cara de satisfacción, enumera a los asistentes.

-Verónica, ponles algo de beber.

-Me suena tu cara ¿No estabas tú en medicina? -pregunta Jenny, fijándose en Verónica.

-Sí, ya terminé la carrera.

-¡Oh, que suerte! Entonces, ¿ya eres médica?

-No, que va. No entendieron mi estudio y no puedo ejercer -contesta Verónica con cara de decepción.

Jenny no entiende lo que quiere decir la otra chica, pero cree conveniente mostrar su apoyo sumándose a una posible queja.

-Si es que son unos cabrones. Hacen lo que les da la gana y dejan a la gente sin trabajo.

-Bueno, realmente gracias a ese estudio conseguí este trabajo -dice Verónica, cruzando la mirada con Batiste, que vuelve a asentir satisfecho.

El riesgo de quedarse sola en la fiesta, o peor, que se le arrime el malencarado o el mendigo, hace que Merche se una a la conversación con la excusa de querer una copa.

-¿Y de qué iba la tesis?

-Rituales mágicos aplicados a la medicina. Pero no era una tesis, era un estudio propio que hice de forma independiente.

-¡Hostias!¡Qué chulo! A mí me encantan los amuletos y las cosas esas esotéricas.

Un chasquido en la puerta indica que alguien más acaba de entrar. Luis hace una indicación a Batiste, quién le responde que no se preocupe. Él mismo irá al recibidor.

-¿Y él te ha dado el trabajo? -dice Jenny señalando al hombre que se dirige a la puerta.

-Sí. Él leyó mi estudio y me ha dado la oportunidad de probarlo.

A Luis no le interesa la conversación de las chicas y prefiere prestar atención a la chica que está entrando del brazo de Batiste. Viene muy ligera de ropa para la época del año que es. Las botas altas, la falda corta y una camiseta que está más cerca de la ropa interior, hace que Luis sonría con picardía. No se le escapa que El Gorrión también sonríe cuando la ve guardarse unos billetes en el bolso.

-¿Está todo?

-Sí. Joder, vaya orgía vamos a montar aquí.

-Sí, vamos a montar una buena -dice Batiste con ironía.


La música cambia a ritmos más repetitivos e hipnóticos, de forma progresiva, y tan sutilmente que ni se dan cuenta mientras bailan y siguen bebiendo. El volumen baja hasta quedarse en un murmullo que se les va metiendo en la cabeza como un gusano musical.

-Y ahora vamos a repartir los regalos -anuncia Batiste-. Sentaos, sentaos. Ahí, donde os indica Verónica.

-Jenny, ¿tú sabías algo de los regalos? Tía, qué palo, no hemos traído nada -se preocupa Merche, mientras el resto de invitados ni se lo plantea.


Ya sentados en lugares geométricamente simétricos, Luis curiosea debajo de la sábana, descubriendo una mano que yace inerte sobre la mesa. El susto inicial da paso a un ataque de pánico que le impulsa como un resorte lejos de la mesa. Aunque su huida se queda en un intento, pues conforme se levanta, vuelve a caer al suelo, arrastrando la sábana. Su visión se va nublando mientras consigue ver al resto cómo van cayendo inconscientes.


Los sueños, por muy profundos que sean, pueden ser interrumpidos por sonidos muy penetrantes. Ni siquiera una música hipnótica, unida a un escogido cóctel de drogas, puede evitar que despierte entre brumas y, a pesar de todo, no le duela la cabeza. Un dolor que ha sido sustituido por el que sufre Luis al sentir que le atornillan las manos, después de habérselas taladrado. Intenta levantarse, pero los tornillos, y luego el dolor, le impiden moverse, aunque sí puede gritar histérico.

Luis piensa en sus manos y, por alguna extraña razón, recuerda la mano inerte de debajo de la sábana. El resto de invitados van despertando entre una jauría de gritos, lamentos y confusión.

-¡Callad todos, joder! -grita Batiste.

-Ya está desapareciendo el efecto de la droga.

Ahora, además de la mano, hay todo un cuerpo joven tumbado en la mesa. Ricky tiene un gotero conectado al brazo y unas cuerdas de colores incrustadas en cada mano, pie y otro que le sale de la nuca.

Merche vuelve a gritar histérica y Montse intenta levantarse, pero los tornillos se lo impiden. Grita de dolor mientras sus manos sangran abundantemente.

Batiste saca la pistola y amenaza con ella, aunque no esté apuntando a nadie.

-¿Os queréis callar, miserables de mierda? -dice en un intento de tono conciliador.

Verónica va atando los extremos de las cuerdas a los tornillos de las víctimas. Cuando es el turno de la cabeza, se da cuenta que Jenny no está atornillada.

-Esta no está sujeta. Tienen que estar todos para que el conjuro funcione.

-Tienes razón, esta no vale. No quería venir.

Batiste se acerca y, ante el estupor de todos, le dispara en la cabeza. El shock los deja a todos en silencio, roto, quizás, por algún sollozo y gemido.

-¿Pero, qué haces? -increpa Verónica-. Ahora no se puede completar porque falta una.

Verónica se gira a tiempo de ver como Batiste le pega un culatazo, pero no el suficiente como para apartarse.

-Ya lo sé, chica sabionda. Yo también he leído tu tesis.

Antes de desplomarse, Verónica consigue decir:

-No es una tesis, gilipollas.

\`´/

Batiste estaba sentado en su despacho repasando unas carpetas con documentos. Tras un par de golpes suaves a la puerta entró un hombre trajeado y con un maletín en la mano. Su gesto serio indicaba que tenía malas noticias.

-Buenos días, Batiste ¿Cómo estás?

-Hombre, mi amigo el doctor Bermúdez. Pues estoy impaciente por tu diagnóstico.

-Pues mira, ya sabes que cada vez que hemos despertado a Ricky del coma se ha convulsionado entre terribles dolores. Ante un riesgo de colapso siempre hemos tenido que volver a inducirle el coma.

-Sabes que no me voy a dar por vencido. Algo se podrá hacer. No soportaría perder a mi hijo.

-La medicina no puede hacer más hasta que desarrollen nuevas técnicas.

-Si no sois capaces de curar a mi hijo, tendré que buscar alternativas.

-Lleva cuidado con lo que haces porque puedes poner en peligro a tu hijo, a ti mismo, y no sólo físicamente.

Batiste se despidió del doctor y, tras contemplar un momento la foto de su hijo, abrió un dossier con un estudio sobre Rituales Mágicos aplicados a la Medicina, que firmaba Verónica Castro.

\`´/

Luis se esfuerza en quedarse todo lo quieto posible, a pesar del dolor. Un dolor que ya le ha superado, llegando irónicamente a hacerle pensar en el tiempo que se ha pasado arrodillado pidiendo limosna, como si de un entrenamiento se tratara. La taladradora y el destornillador vuelven a sonar, distrayéndolo y provocando una punzada de dolor en las manos sujetas a la mesa.

Verónica se despierta con gritos de dolor al estar atornillada a la mesa también. Intenta levantarse pero, al igual que sus compañeros de mesa, los tornillos y sobre todo, el dolor, se lo impiden.

-¡Suéltame, malnacido! Me necesitas para completar el conjuro -consigue decir la chica.

-En eso te equivocas. Usa tu cabecita.

Batiste golpea la herida de la cabeza de Verónica, haciéndole gritar. Con un efecto contagio, el resto de atornillados también grita.

-Si dejáis de gritar -dice Batiste en el tono conciliador de antes- quisiera agradeceros que hayáis venido por propia voluntad y donéis vuestra vida por la de mi hijo. Sois un atajo de desgraciados inútiles para esta sociedad, de la que os habéis marginado por vuestra incapacidad de ser productivos, más allá de convertiros en carne de consumo de la peor calidad. ¡Parásitos! Ahora por fin vais a servir para algo bueno, para salvar una vida.


La sangre se va escapando por las heridas de las manos atornilladas, como una guía que transporta la vida por encima de la mesa. La sangre fluye por las cuerdas, cambiándoles el color a un desagradable marrón parduzco. La música ha cambiado a unas voces corales que Luis asocia con ópera o algo similar. Como parte de una grotesca coreografía, los atornillados se van poniendo rígidos, mientras les sangran los oidos, ojos y la comisura de los labios. Las cuerdas, saturadas de fluido vital, gotean sobre la mesa.

Batiste cierra el gotero al que está conectado el cuerpo de Ricky.

-Ahora, hijo, es hora de despertar para que recibas el don que te están concediendo.

El cuerpo se convulsiona, agitando las cuerdas que le unen a sus donantes y salpicando sangre por doquier. A Luis se le cierran los ojos y hace un esfuerzo por mantenerlos abiertos, por fijarse en lo que le parece una gran marioneta recibiendo descargas eléctricas.

-Vamos, hijo mío, tú puedes.

Unos golpes le indican al mendigo que los otros van perdiendo la conciencia y cayendo uno tras otro, hasta que él también se desploma, pero no se deja vencer y se esfuerza en mantener los ojos abiertos. Entre las brumas se da cuenta que han cesado las convulsiones y la única que permanece sentada es Verónica.

-Hijo, ya está. Lo peor ya ha pasado. Ahora te despertarás y podrás levantarte.

Verónica habla con dificultad, entre esputos, toses y gemidos.

-Batiste, se ha pasado de listo. Usted creía poder controlar la situación, pero no ha podido completar el proceso. He investigado durante años los ritos ancestrales. Usted creyó que con una simple lectura ya podría controlarlo. Se equivocó. Como puede comprobar, yo todavía aguanto.

-Pero no durante mucho tiempo. Cuanto te fallen las fuerzas caerás y se completará el proceso.

-Equivocó el concepto de voluntarios. Ellos vinieron por propia voluntad, pero no se ofrecieron para sacrificarse.

El hombre le mira con desconfianza, pero la deja terminar de hablar.

-Ahora el resultado es impredecible... Y maligno.

El cuerpo se levanta por sorpresa, rompiendo las cuerdas que le conectan. Se lanza sobre su padre al que sujeta del cuello. El hombre intenta, sin éxito, quitárselo de encima, pero Ricky lo tiene sujeto con fuerza. Aprieta cada vez más hasta que la cara de terror deja de gesticular mientras está siendo estrangulado. Luego pierde fuerzas y ambos caen abrazados.

\`´/

La calle iluminada por los numerosos reclamos de las tiendas, le dan una sensación de irrealidad al transeúnte que únicamente quiere pasear.

A Luis le duelen las rodillas de estar arrodillado frente a un cartel donde se lee “no tengo ni para cenar”. Con el brazo extendido y la mano formando un cuenco que permite ver un feo agujero cicatrizado. Un estigma que anula su deseo de olvidar.

-Yo ya he pagado mi penitencia. Ahora me toca, me merezco, la resurreción.

Con el rostro triste mira suplicante a los que lo ignoran, excepto a aquellos que le dejan caer alguna moneda, a los que les dirige una sincera sonrisa y un agradecido deseo de felicidad.

GS

Autor: Gregorio Sánchez.Ceresola..13-03-2021.

Gracias a Ayla Sánchez March por sus correcciones.

Registrado en Safe Creative con el Identificador: 2103147167556

Fecha de registro 14-mar-2021 7:57 UTC

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional

Basado en el guión para cortometraje: "El amigo invisible" de Gregorio Sánchez Ceresola.
Registrado en Safe Creative con el Identificador 2103147167167
Fecha de registro 14-mar-2021 7:03 UTC 

 

viernes, 3 de abril de 2020

La Bruja y La Muerte

Solamente se oía un rumor a lo lejos. Un murmullo que se iba acercando a la ciudad, hasta distinguirse el ronroneo ronco de una motocicleta de las de tipo custom. Una de esas personalizadas al gusto del usuario, donde el estilo y la comodidad están por encima de la velocidad. Apliques cromados destacaban los detalles sobre el negro generalizado. A juego con su montura, una figura femenina, alta y delgada, cuya juventud le permitía lucir una espesa melena negra que sobresalía por debajo del extraño casco; tan negro como su ropa de cuero que se ajustaba destacando su esbeltez.
Cualquier curioso que observara su chaqueta larga ondeando a modo de capa, sentía la extraña sensación del tiempo ralentizándose mientras cruzaba ante sus ojos. Ella le devolvía la mirada con sus ojos inquietantes, para luego alejarse a toda velocidad.
La Muerte disfrutaba con aquello.
\`´/
En aquel claro de lo más profundo del pantano, una mujer de mediana edad colocaba piedras blancas en el suelo formando un pentagrama, sobre el que revoloteaba una nube de mosquitos. El viento mecía una multitud de tétricos monigotes hechos con ramitas y cuerdas, que colgaban de las ramas de los árboles. Parecían bailar al ritmo del mantra incomprensible, pero repetitivo, que recitaba la mujer.
Solamente los llantos y las quejas de una chica atada y amordazada, ponían una nota disonante a aquella puesta en escena que algunas ratas miraban curiosas. Hasta el monigote que le colgaba del cuello parecía bailar encima de la abultada barriga que denotaba un avanzado embarazo.
Visiblemente molesta, la mujer ordenaba callar a la chica, aunque en un tono suave pero firme; como si le llamara la atención a una niña.
Una vez hubo terminado los preparativos, cogió a la chica por los pelos, descartando cualquier miramiento, y la arrastró al centro del pentagrama. Las ratas que campaban por allí, huyeron asustadas. Tras atarla con fuerza a unas estacas, sacó de su mochila un cuchillo de grandes dimensiones. A pesar de la mordaza, los gritos retumbaron por todo el pantano.
\`´/
Sonia no aguantaba mucho rato sentada en la sala de espera de aquel Centro de Salud. Se levantó a mirar por el ventanal, al tiempo que una moto negra con apliques cromados paraba frente a la puerta. La chica que la conducía se bajó y, deslizándose entre la gente que entraba y salía, se dirigió al interior del control de salud.
Sonia recordó su situación y unos gruesos lagrimones se deslizaron por sus mejillas. Buscó instintivamente un pañuelo en su bolso y, tras un rato de búsqueda infructuosa, una delicada mano femenina le ofreció uno de color morado.
-Gracias. No quiero que me lleve La Muerte -dijo Sonia mientras le devolvía el pañuelo a la chica del pelo negro que vestía con el traje de cuero ajustado-.
-Es humano querer eludir a La Muerte -dijo la otra chica con calma.
-Mi vida es un fracaso. Siempre con dolores, molestias y médicos incompetentes que solamente piensan en su propio ego.
-Tú te lo has buscado. Si hubieras tomado precauciones en su momento, ahora no te verías en esta situación.
Sonia volvió a sentarse y volvió a sollozar mientras se frotaba la abultada barriga.
-No creí necesitar precauciones. Ahora, encima, para complicar la cosa... Ésto. ¿Sabes que conforme crezca acabará con mi vida?
-No creo que La Muerte quiera llevarte antes de tiempo -dijo la otra muchacha mientras le volvía a tender el pañuelo.
Sonia se secaba la cara mientras miraba al suelo.
-De todas maneras nadie la ha evitado -dijo resignada.
-Algunos lo han intentado, pero tarde o temprano la han acompañado al más allá.
Las dos se quedaron en silencio, pensativas, mientras observaban a una señora mayor que acababa de llegar.
-Solamente una persona ha conseguido evitarla, de momento. Si buscas sobre Agustina Méndez y averiguas cómo lo hizo, puede que te ayude con tu problema.
-¿Agustina Méndez? ¿Quién es Agustina Méndez? -preguntó Sonia mientras buscaba a la chica del traje de cuero, que había desaparecido.
La señora que acababa de llegar negaba con la cabeza al sentirse aludida.
\`´/
Sonia se había volcado en la rutina diaria en un intento de no pensar mucho. Sin embargo, el estrés le producía el efecto contrario e incluso le provocaba dolores abdominales. Aquella mañana caminaba deprisa por la calle, con la carpeta de documentos bajo el brazo, cuando le sonó el teléfono móvil. Miró un rato aquel número que no tenía entre sus contactos, intentando reconocer su origen. Descolgó por si fuera algún cliente.
-¿Dígame? ¡Ah! Eres tú. ¿Desde dónde me llamas?
Una motocicleta pasó en ese momento por su lado a toda velocidad.
-Sí, te oigo. Es igual, es que estoy en la calle, pero dime, dime ¿qué has averiguado de Agustina Méndez?
Sonia se apartó de la calzada en un intento por reducir el ruido del tráfico.
-¿No me digas que existe? Pero esa será otra, o bueno, a lo mejor es descendiente ¿Sabes la dirección?
La respuesta la dejó tan sorprendida que detuvo su apresurado paso.
-¿Aquí, en la ciudad? Para que digan que las casualidades no existen. Mira, hacemos una cosa, mándame el libro donde está la historia. No tranqui, no ocurre nada es algo que quiero comprobar, ya te contaré. Gracias.
\`´/
Sonia deambulaba por el casco antiguo de la ciudad. Había dejado atrás las calles anchas de los barrios más nuevos, construidos alrededor de las desordenadas y casi laberínticas callejuelas del centro. Avanzaba entre los edificios de tres o cuatro plantas, con fachadas oscurecidas por la humedad. Entre ellos, de vez en cuando, alguno destacaba en la estrecha calle por su altura, dándole la sensación de que se le caería encima al mirar la cúspide.
Algo le decía que no era en esos más altos en los que tenía que mirar puerta a puerta, timbre a timbre.
Se detuvo ante uno de cuatro plantas, de esos con pequeños balcones, que más parecían ventanales con barandilla y de los que bajaban chorreras negras en la fachada, provocadas por la lluvia. Comprobó sus notas donde llevaba los datos sobre la mujer que buscaba y aquel debía ser el sitio. El anticuado interfono solamente marcaba el piso junto al correspondiente pulsador amarillento.
Apretó un par de veces, sin estar seguro si sonaba o no. Esperó un poco, sin atreverse a insistir. Una voz ininteligible le contestó, entre pitidos y crujidos.
-¿Hola? ¿Hola? Busco a Agustina Méndez.
Entre una variedad de ruidos, Sonia distinguió un:
-Dé... jelo... portería -sonó un persistente chasquido y se abrió la puerta.
El desconchado mostrador destacaba en la oscuridad. Sonia buscó el interruptor de la luz y al accionarlo, otro chasquido dio paso a un persistente sonido de reloj. Una tímida luz iluminaba rellano tras rellano, dejando el resto de la escalera a la intuición del que subía.
Plantada ante la puerta de la vivienda que creía que buscaba, el temor le hacía dudar si tocar el timbre o no. El sonido de una vieja mirilla al otro lado de la puerta le hizo decidirse, pero nadie abrió. Volvió a pulsar el timbre.
Se escucharon algunos cerrojos y la puerta se abrió lo que una cadena permitió. Al otro lado, una mujer de mediana edad la miraba desconfiada.
-¿Quién es? ¿Qué quieres? -preguntó, protegiéndose con la puerta.
La chica dudó y dijo lo primero que le pasó por la cabeza.
-Hola, me llamo Sonia Abad y soy..., soy del Ayuntamiento -mintió-. Busco a Agustina Méndez.
-Yo soy Agustina Méndez. ¿Qué quieres?
En ese momento, a Sonia, un intenso dolor de barriga le hizo retorcerse y caer al suelo. Agustina cerró la puerta con fuerza, dejando a la chica en el suelo, quejándose y manchándose de sangre. Las palabras que le dijo la chica de negro en el Centro de Salud resonaban en su cabeza:
-Averigua como lo hizo Agustina Méndez.
Al poco se abrió la puerta, salió la mujer e introdujo a Sonia en su casa entre maldiciones.
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Sonia despertó al abrir la puerta en la que salía luz, y a la que acercó caminando mareada por el irreal pasillo, de aquel sueño.
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Agustina entró al poco con una infusión. La chica se levantó de la cama y fue en busca de sus pantalones.
-Parece que ya te encuentras mejor. Tómate esto, te hará bien -dijo la mujer.
-¿Qué ha pasado? -preguntó Sonia.
-Un desvanecimiento.
Cuando la chica encontró sus pantalones se quedó estupefacta al contemplar que estaban manchados de sangre. Aturdida, se volvió sentar en la cama.
-Esto no es un desvanecimiento, esto es una hemorragia -se alarmó Sonia.
-No es para tanto. La sangre es muy llamativa y no ha sido más que unas gotas. En tu estado, a veces ocurre.
-¿Estado? ¿Qué estado? ¡Oh! No es lo que usted se cree.
Pero Agustina no le dejó continuar y le ayudó a tomarse la infusión.
-No hagas esfuerzos si no quieres volver a sangrar. Tómate las hierbas.
-¿Es usted médico?
-Algo parecido. Hace mucho tiempo me dedicaba a remediar los pequeños males de mis vecinos.
-Eso suena a curandera.
-Hoy día la gente ya no cree en el poder de los remedios ancestrales -se lamentó la mujer.
-¡Ah! Pues yo sí que creo. Cuando era pequeña, tenía muchos dolores de barriga -explicó Sonia-. Entonces mi madre me llevaba a casa de una señora que me daba unas hierbas, que sabían horrible, pero me aliviaban el dolor.
Sonia se quedó pensativa unos momentos, mirando su propia barriga.
-Y ahora cuando todo parecía ir bien -se lamentó-, voy y... y me pasa esto.
Agustina miró complaciente a la chica y le sonrió.
-Vamos, vamos. Eso es una bendición
-¿Bendición? ¿Pero qué dice? No sabe usted lo mal que lo estoy pasando.
Agustina cambió su amable expresión. Con gesto serio e incluso preocupado miró fijamente a Sonia y le dijo:
-Sí que tienes mala suerte, sí.
\`´/
Sonia caminaba por la acera cuando el potente ruido de una moto le hizo girarse y comprobar como la chica de la ropa de cuero había parado junto a ella.
-Hola -saludó la muchacha-.
La chica de la moto no le contestó y se quedó mirando, con sus grandes ojos cargados de rímel, fijamente el monigote de ramitas y cuerdas que Sonia llevaba colgando del cuello.
-Veo que has encontrado a Agustina Méndez -le dijo por fin-.
-Sí. Es una mujer muy extraña. Da un poco de miedo, por lo rara, pero me regaló un amuleto.
La otra chica alargó su mano fina, haciendo destacar sus largas uñas negras, para verlo de cerca. Sonia lo agarró con fuerza, protegiéndolo.
-¡Es mío! -dijo bruscamente-.
-¿Recuerdas cuando me preguntaste si alguien había evitado a la muerte? -explicó, retirando la mano para apartarse el pelo que le caía sobre el rostro-. Ella es muy hábil en el arte del engaño.
Sonia se quedó pensativa, absorta contemplando los penetrantes ojos oscuros de la otra chica. Unos ojos que podían asustar, pero que también podían revelar lo más oculto de cada ser.
-Espera, espera. Agustina me contó una leyenda de hace muchos años atrás, cuando me ayudaba a ir hacia el salón de su casa.
\`´/
-En una época en que el arte de la curación se basaba en hierbas y ungüentos -decía Agustina mientras servía unas infusiones-. Un año de sequía, el pueblo acusó a la curandera de haber envenenado el pozo. Fue sometida a tormento y tras confesar su culpabilidad, fue expulsada del pueblo.
-Lo raro es que no la quemaran -replicó Sonia absorta en el humo de la infusión-.
\`´/
-Ahora ya era una bruja -dijo la otra chica, apoyada en el manillar de su moto y con la mirada perdida en la lejanía.
-Estando en su casa -continuó Sonia- me volvieron los dolores de barriga. Agustina se acercó a una cómoda. Murmuraba que tenía algo que me podía ayudar. Sacó esto, y cuando le pregunté que era, me dijo que era un amuleto protector.
Sonia aferró el colgante con más fuerza, antes de continuar.
-Me asusté un poco y en vez de ponérmelo fui a guardarlo en el bolso. Ella me sujetó las manos y me dijo:
-Como buen amuleto, solamente te hará efecto si realmente crees en él.
-Aquello sonaba a brujería, y así se lo dije. Me sujetó por los hombros y se puso muy seria. Me dijo que yo no sabía lo que es brujería. Entonces sí me asusté. La obligué a soltarme y me marché.
\`´/
Sonia era de la opinión que cada uno tiene su lugar y hasta su momento para leer. El de ella era aquella cafetería que parecía más vieja de lo que era. Diseñada con múltiples rincones donde perderse en la lectura sin molestias externas.
Pidió su habitual copa de vino, pero las molestias le hicieron cambiar a una infusión. Sacó un libro bastante viejo, lo abrió por una señal y comenzó a leer: “Fue expulsada del pueblo y se recluyó en el pantano donde las ratas, serpientes y mosquitos fueron su única compañía. Pero llegó una gran epidemia y la gente moría por doquier. El pueblo fue al pantano en procesión suplicando su ayuda.”
-Pero ella se negó -dijo una voz conocida.
Sonia levantó la mirada y vio, plantada frente a ella a la chica de la moto, sujetando dos cervezas. La invitó con resignación a sentarse. La otra chica inclinó la cabeza a modo de saludo, dejó una botella delante de Sonia y la otra ante ella. Apartó su larga chaqueta para no pisársela y se sentó cómodamente.
-Les dijo que nadie podía engañar a La Muerte -puntualizó la muchacha mientras le mostró la mitad de un grabado en el que se veía gente portando bastones con un monigote colgando, representando los muertos por la epidemia.
-Mentía. Ella había encontrado la manera -dijo la chica de negro, dejando bruscamente la cerveza en la mesa.
Con un rápido ademán cogió el amuleto del cuello de Sonia y lo miró con curiosidad. Sonia protestó y la otra respondió arrancándoselo de un tirón.
-¡Devuélvemelo! Es mío.
La otra chica se negó y comenzó a recitar de memoria:
-Desesperados, los campesinos le dijeron que pagarían lo que fuera. Ella les dijo que sus servicios les iba a costar muy caro.
Sonia se fijó en el amuleto que se balanceaba en la fina mano. Le pareció que del monigote salían pequeñas volutas de humo, que se confundían con las uñas negras, y así entendió que era parte del ritual de Agustina.
-Ya sé cual era el terrible pago -dijo Sonia para sí misma.
La chica de negro sonrió satisfecha y le devolvió el amuleto, que se volvió a colocar.
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Sonia volvió a recorrer el casco viejo de la ciudad, pero esta vez con paso decidido hacia un antiguo edificio que ya conocía. Parada ante la puerta, buscó con la mirada a la chica de negro, pero no la vio. Había desaparecido y ni siquiera escuchaba el rugido de su moto.
A pesar de la decepción, inspiró con fuerza para darse valor, y subió a casa de Agustina.
La mujer se hizo de rogar y Sonia tuvo que insistir hasta que le abrió.
-Vaya, eres tú otra vez -dijo con falsa sorpresa.
-Sí, soy yo y sé que usted es más de lo que parece.
Agustina entró en la casa, dejando la puerta abierta para que entrase la muchacha.
-Vaya ¿y qué crees que sabes? -dijo la mujer dirigiéndose al salón.
-La historia que me contó no es una leyenda. La curandera se transformó en una bruja, y esa bruja es usted.
Sonia sujetó el amuleto y le dijo que era el mismo que colgaba en su cabaña del pantano.
-Eso no explica nada -dijo Agustina sentándose despacio frente a una mesa-camilla-. Además ocurrió hace muchos años y como puedes comprobar no soy tan vieja.
-No lo aparenta porque ha conseguido engañar a La Muerte.
Agustina invitó a Sonia a sentarse, quien accedió y sacó el libro. Le mostró el grabado completo donde mostraba gente con bastones de los que colgaba un monigote, que representan los muertos por la epidemia, frente a una chica embarazada atada a un pentagrama en el suelo y a la bruja con un feto en una mano y un gran cuchillo en la otra.
-Si soy quién crees ¿por qué has venido otra vez aquí?
-Por... curiosidad -dijo Sonia con evidentes dudas-. Quería comprobar si realmente estoy en lo cierto.
-¡Mientes! -gritó Agustina en un estallido de locura-. No eres tan valiente ¿Quién te habló de mí? ¿Cómo te has enterado?
-La chica de la moto. La del centro de salud -dijo Sonia asustada ante la ceñuda mirada de la mujer-. Alta, delgada, pelo muy negro, ropa de cuero negro...
-Ojos penetrantes, hablar calmado -interrumpió la mujer- y aparece y desaparece misteriosamente.
Sonia asintió con la cabeza. Agustina se levantó golpeando furiosa la mesa y se acercó amenazadoramente a la chica.
-Maldita sea, eres una estúpida. Te ha utilizado como un títere para que hicieras lo que ella es incapaz.
Sujetó a Sonia por el amuleto y, pese a los esfuerzos de esta por deshacerse, una fuerza invisible le impedía moverse.
-Pero los años me han vuelto sabia y astuta -continuó Agustina a gritos-. No me encontrará y tú misma serás quién lo evite. El sacrificio de lo que llevas en tu vientre me permitirá ocultarme de ella... otra vez.
Apretó el amuleto y Sonia sintió cómo se asfixiaba. Soltó el aire en un grito antes de caer inconsciente.
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Al igual que el sueño anterior, Sonia avanzaba despacio por el pasillo. Caminando mareada y se fue acercando a una puerta entreabierta por la que salía una luz parpadeante, al compás de unos gritos... sus propios gritos. Abrió la puerta del dormitorio y, estupefacta, se vio a sí misma tumbada en una cama antigua, retorcida de dolor, mientras Agustina plantada ante ella canturreaba una letanía mientras esparcía unas hojas por su hinchada barriga que sangraba por unos cortes. Sonia en la puerta se quejaba, al tiempo que lo hacía Sonia en la cama.
-¡Empuja, zorra! -gritaba Agustina.
Sonia se esforzaba en cumplir las órdenes que le daba la bruja, hasta que notó como salía...
-¿Pero esto qué es? ¡Maldita seas! -dijo Agustina sorprendida.
Sonia, plantada en la puerta, veía como la sangre discurría entre sus piernas. Cuando levantó la cabeza vio a la bruja con un conejo despellejado en la mano. El animal giró la cabeza y miró a la mujer con los ojos saltones. Una mirada que asustó a Agustina, más incluso que la imposible sonrisa del animal.
\`´/
En una carretera solitaria, La Muerte se apoyaba en su moto. Su penetrante mirada se transformó en unos sangrantes ojos saltones que miraban a la lejanía.
-Ahora ya te tengo -sonrió satisfecha.
Arrancó la moto y salió a toda velocidad con el característico chirrido de las ruedas al patinar sobre el asfalto dejando una espesa humareda negra de neumático quemado.
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Sonia estaba ya consciente, aunque aturdida. Agustina la obligaba a caminar por el sendero que discurría por el pantano, llegando incluso a arrastrarla de los pelos. Llegaron a un claro donde las ratas campaban a sus anchas y las nubes de mosquitos danzaban entre los árboles. Ató las manos de la chica a un árbol y, tras descargar su mochila, se puso a dibujar un pentagrama, colocando cantos rodados, uno a continuación de otro; mientras hablaba con Sonia.
-Ella me odia porque aprendí a curar a la gente -decía Agustina-, evitando así que se los llevara. Volvió a la gente contra mí y consiguió que me desterraran a este infecto pantano. Juré que me escondería tan bien que ni ella me encontraría.
-¿Por qué yo? ¿Por qué tengo que ser yo la víctima de tu macabro ritual? -decía Sonia asustada.
-Te ha utilizado para llegar hasta mí, y eso es algo que no puedo consentir.
-Déjame ir y me alejaré de ti, tanto que no volverás a verme ni a saber nada de mí.
-Mira, eso es justo lo que me vas a ayudar a hacer. Es un ritual complejo en el que el sacrificio del feto crea un manto de oscuridad que ni la propia muerte es capaz de atravesar.
Sonia intentó razonar con la bruja.
-No es lo que crees, vieja loca. Te has equivocado. No estoy embarazada. Tengo un tumor que confunde los síntomas con los del embarazo.
Agustina miró a Sonia con desconfianza, dudando si era verdad o no lo que le decía. A pesar de las dudas, prefirió creer a su propio instinto.
-No te creo. Ahora el niño que llevas en tu vientre me permitirá renovar el manto de oscuridad.
Agustina se fue a por la mascarilla, de donde sacó un cuchillo de grandes dimensiones. A su regreso le llamó la atención algo que se movía entre los árboles. Sabía que no era una alimaña, pues esta la respetaban como una más. Su desconfianza le llevó a la conclusión que solamente podía ser “Ella”.
-Mierda, no sé cómo, pero me ha encontrado -pensó en voz alta-. Rápido, rápido, se me acaba el tiempo.
-Entonces el sueño era cierto. Me estabas preparando para este macabro ritual -dijo Sonia cuando Agustina regresó.
La bruja arrancó la blusa de Sonia, dejando al descubierto las marcas de su barriga. Mientras recitaba un incomprensible cántico, asestó una cuchillada a la chica. A pesar de estar atada, consiguió agitarse, y bien por eso, o por las prisas, Agustina falló el golpe y lo único que consiguió fue herirla en el costado.
Sonia miró a la bruja, pero realmente observaba a La Muerte que se acercaba, con paso tranquilo. A pesar del dolor, la chica sonrió al verse salvada por la propia muerte.
-Te has pasado de lista -dijo Sonia-. Ella ha venido a por ti, y te ha encontrado.
Agustina intentó una segunda puñalada, pero no pudo al tener sujeta la mano por La Muerte.
-Me has evitado durante mucho tiempo, pero ahora ese tiempo se te ha acabado. Esta chica dice la verdad. Lo que lleva en su vientre es La Muerte, pero no para ella, si no para ti.
La bruja fue perdiendo fuerzas, hasta caer rendida en el suelo. La Muerte la introdujo, sin ningún miramiento, en una gran bolsa negra.
Sonia volvía a marearse mientras miraba el charco de sangre.
-¿A mi también me llevarás? -preguntó.
La Muerte se giró hacia Sonia, haciendo ondear coquetamente su melena negra, y señaló las heridas con el dedo.
-Sí, pero este no es el momento. Has terminado tu trabajo, te devuelvo tu vida.
En ese momento se encogió dolorida, sujetándose la barriga. Se incorporó cuando se le pasó y tuvo tiempo de ver a La Muerte alejándose con el conejo despellejado en la mano.
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El ronco ronroneo de la moto se fue alejando hasta convertirse en un murmullo. A lo lejos, en la carretera, se pudo ver los ocasionales brillos de los apliques cromados que la bolsa negra situada detrás no conseguía ocultar.
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Sonia, maltrecha, despeinada y con la ropa hecha jirones, pasaba la mano por los muñecos colgados en las ramas, haciendo que se balanceasen, espantando las nubes de mosquitos. En la otra mano llevaba el libro y el cuchillo de la bruja.
-Te aseguro que cuando vuelvas no me encontrarás. Ahora sé como evitarte -hablaba con la locura instalada en su semblante.


Fin.
Autor: Gregorio Sánchez Ceresola. 01-04-2020

* Este relato es la adaptación narrativa de un guion que escribí en 2013 para un cortometraje que, de momento, no se ha llegado a rodar. Si alguién está interesado y tiene los medios para rodarlo, puede ponerse en contacto conmigo en mi correo electrónico.
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