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domingo, 26 de enero de 2020

Cortometraje El Robonáuta

De cómo fue El Robonáuta.
A principios del año 2017 Mario-Paul Martínez me propuso escribir un guión para un cortometaje que iban a realizar los estudiantes de 2º curso del Grado en Comunicación Audiovisual de la UMH de Elche, en colaboración con El Caleidoscopio y el Ros Film Festival, el primer festival online de cortometrajes con temática robótica. Gracias al Grupo de investigación en Neuroingeniería Biomédica y al Departamento de Ingeniería de Sistemas y Automática de la UMH .
Ya en la propuesta se incluía la temática: Ciencia Ficción con Robots. Es uno de mis temas favoritos y tenía muchas ganas de escribir una historia de estas características.
Estuve toda una semana con ideas que surgían como pompas de jabón y que luego estallaban al volverse inviables para una producción tan pequeña.
Contar una historia futurista, con mensaje, pocos actores, pocas localizaciones, pocos efectos especiales y, sobretodo poco o ningún presupuesto, me resultó difícil. Al final me centré en la historia que tenía que sobreponerse a todas esas dificultades y alguna más que saldría después.
Ya que la localización de rodaje era el propio campus universitario, lo mejor era hacer una historia de investigación. Al ser este tipo de historia, no hacía falta mostrar mucho, ya que los personajes eran investigadores.
Otra de mis preferencias era lo relacionado con el espacio y los cohetes, lo que me daba comodidad para usarlo como tema central de la historia.
Quise que el guión tuviera una estructura típica, con sus puntos de giros, conflictos, crecimiento de personajes y esas cosas que escriben los que entienden.
Mario estuvo en todo momento apoyándome y transmitiéndome su entusiasmo. Me envió fotos de los robots-actores que se utilizarían en el rodaje, lo que también me ayudó a adaptar la historia para que no fuera muy complicada.
Ya que las fechas de rodaje estaban fijadas, tuve que darme prisa en escribir el guión. Prácticamente en un fin de semana lo tuve. A principio de la siguiente se lo envíe a Mario, el cual lo aprobó enseguida. Sé que le gustó, además el apremio de tiempo no daba margen para muchos retoques. De hecho no sé si hizo alguno.
Mi trabajo estaba hecho, o eso creía yo. Solamente quedaba esperar para ver el resultado.
Los medios de comunicación de la Universidad y la prensa local se hizo eco del rodaje, y realizaron algunos artículos y minireportajes.
Asistí un par de veces al rodaje y pude comprobar las dificultades que tenían los chavales para que los robots, al ser programados, hicieran lo que ellos querían, en el momento adecuado.
Fueron sorteando las numerosas dificultades como buenamente pudieron, y supongo que esto supuso un gran aprendizaje para ellos, y por supuesto para mí; que tampoco soy muy experto.
Terminaron de rodar, aplaudieron (unos más que otros, todo hay que decirlo), se felicitaron (esta vez sí que todos), recogieron y se fueron de fiesta. Yo regresé a casa preocupado por el resultado final, pero a la vez ilusionado. Me había divertido y eso es lo que me llevaba.
Ahora a esperar al montaje.
Y esperé. Esperé. Esperé. En alguna conversación con Mario, le preguntaba como iba el montaje. Él se reía y me comentaba las dificultades. Fin de curso, exceso de actividades, poco tiempo y menos ganas... La persona que tenía que montarlo o no le puso mucho interés o no se sintió capaz de montar “aquello”. El caso es que el corto cayó en el limbo de los proyectos inacabados sin vistas a futuro.
Pasó el tiempo. Yo no quise presionar, más allá de algún comentario jocoso a los responsables, sobre todo a Mario, que es con quién tengo más confianza. Al fin y al cabo era una colaboración para que los estudiantes practicaran y aprendieran a rodar.
A finales del año 2018 me plantee terminar yo el montaje. No quería involucrarme, pero me daba pena que aquello terminase muriendo en el olvido. He escuchado muchas veces que los trabajos hay que terminarlos, para bien o para mal. Aunque el resultado sea regular o incluso malo y cargado de fallos, hay que terminarlo. Así que le pedí los archivos brutos y todo el material que hubiera disponible a Marío para hacerlo yo. Me dijo que sí, que por supuesto lo buscaría y me lo facilitaría.
Dejé pasar la Navidad de 2018 y finalizando enero se lo volví a reclamar. Sin problema, a principios de febrero me trajo un disco duro portátil, que había pedido a Vicente J. Pérez, donde estaba todo el material que se había rodado. Bromeamos un poco sobre los tiempos y si estaría listo para el Festival de Cine Fantástico de Elche, FantaElx. Le dejé claro que yo no iba a tener ninguna prisa y que tendría libertad para hacerlo como yo creyera conveniente.
Esta vez no esperé mucho. Descargué el material en mi ordenador y me dediqué, a ratitos a visualizarlo, escucharlo y clasificarlo. Aquí es donde uno ve la importancia de la figura del script o asistente de rodaje. Por suerte tenía el guión técnico y el plan de rodaje que llevaron, lo que me ayudó mucho.
Tenía decidido que haría casi todo el trabajo de edición, montaje e incluso algunos efectos visuales (o VFX) que quería implementar con el programa de código abierto Blender 3D. Ya había hecho cosas con este programa y estuve poniéndome al día con la última versión.
Un primer montaje, así en bruto, me mostró como podría quedar, así como los agujeros y fallos que se podrían corregir o otros que no. Para los que no, habría que usar la imaginación para que no se notaran mucho.
Durante todo el año 2019, a ratitos y usando mi tiempo libre de otras actividades fui, editando, modelando, animando y, sobre todo, realizando máscaras a mano, muchas máscaras y echando de menos los fondos croma. Durante este trabajo escuchaba música y efectos libres de derechos para ir buscando la apropiada.
Pasos para adelante, otros para atrás. Mucho ensayo y error. Momentos de desesperación al no conseguir el resultado deseado y acabar conformándome con lo que tenía.
Poco a poco se fueron acumulando los resultados hasta que tuve que decidirme cuando quería terminarlo. Podía estar retocando eternamente pero el objetivo era terminarlo, sin plazo, pero terminarlo.
Pasó el Festival de Cine Fantástico de Elche y no lo tenía terminado. Estaba muy avanzado pero todavía no.
Me plantee que estuviera acabado, quedase como quedase, antes de terminar el año. Fueron fines de semana de “montajes finales”. Comentarios en casa por el deficiente sonido y comprensión de los diálogos. Uno tras otro, pequeños retoques tras pequeños retoques. Renderizar y volver a renderizar.
A final de noviembre le pasé un montaje, a falta de ajustar color y poner créditos a Mario. Compartió el montaje con Vicente y a ambos les pareció bien. Me pasaron los logotipos, listado de participantes y algunos consejos de retoque.
Algunos montajes más y una auténtica pelea para equilibrar el color e intentar mejorar el sonido.
Hasta que dije: ¡Basta! Hasta aquí.
Les envié la que fue la última versión del montaje y según me comentó Mario:
“Los detalles (y no tan detalles) cambiados, tanto en el montaje como en la posproducción y color, le han dado un gran empujón al cortometraje. Estoy seguro que tu también lo ves más “vivo”.
Yo lo veo mucho mucho mejor y ya, además, acabado y listo para volar.
Madre mía, has hecho milagros con el material que teníamos... ¡Enhorabuena!”



miércoles, 28 de junio de 2017

Proyecto COBAYA-SUN2X

La tranquilidad del viaje en modo automático le permitió relajarse recordando momentos pasados, que no necesariamente gratos. Recordaba los paseos por la playa, sintiendo la arena bajo los pies descalzos. Recordaba como ella se quedaba detrás cada vez que recibía una llamada del laboratorio y anteponía el trabajo al placer. Recordaba aquel día que buscó su mano y encontró el espacio vacío que ella había dejado nuevamente al alejarse para contestar otra videollamada. Mientras él esperaba apurando la botella, ella era informada del resultado de los últimos cálculos y simulaciones, donde se predecía sí se podía rasgar el espacio-tiempo y saltar a otra parte del universo. A través de sus gafas de realidad aumentada consultaba los datos que indicaban la gran cantidad de energía necesaria para el salto, una energía que solamente podrían obtener de una llamarada solar. La veía sonreir, aunque lo hacía a medias ya que el salto sería totalmente aleatorio. Necesitaban pasar a la siguiente fase del proyecto.

La cápsula espacial había llegado a su posición tras un trayecto relativamente corto. Los últimos avances en motores espaciales reducían mucho el tiempo de viaje dentro del sistema solar. Pero su destino era uno mucho más hostil y peligroso; el propio Sol. Construido con los materiales más avanzados, el vehículo era capaz de soportar las extremas temperaturas de la cercanía al astro rey. Aguantaría lo necesario, hasta que una llamarada le transmitiese la energía necesaria para ser catapultado a otro lugar muy lejano, o muy cercano, dependiendo de las distintas teorías.
Aquella iba a ser la prueba definitiva de que el sistema era viable.

Estrés Nivel 0. Estable.
Aniceto desconectó los sistemas electrónicos que lo habían guiado a su posición y se dispuso a operar con los controles manuales.
–Manda huevos que por mucha tecnología que tengamos, terminemos haciéndolo todo de forma manual –se dijo a sí mismo.
–Aniceto, aquí control de seguimiento de misión, ¿me recibes? –sonó una voz femenina en la cabina.
–No jodas –dijo Aniceto con fastidio.
–Aniceto, aquí control de seguimiento de...
No esperó a que acabara la frase y con un brusco movimiento activó las comunicaciones.
–Vale, vale, te escucho ¿y tú a mí?
–Con alguna interferencia, pero te entiendo. Iniciando el protocolo...
–De eso nada. No inicies ningún protocolo –ordenó secamente Aniceto.
–¿Cómo? –se sorprendió la voz femenina.
–¿Donde está el otro controlador? –preguntó desconcertado.
–Pedro ha cambiado el turno y yo voy a ser tu control de misión.
–Ni hablar. Yo quiero al otro. Ya te estás levantando y yendo a buscarlo.
Sonó un clic y una sucesión de pitidos.
–El protocolo de actuación ha sido iniciado, o sea, que eso no va a ser posible –dijo ella sin inmutarse.
–Mira tú no sabes lo que he tenido que sufrir hasta llegar aquí, para que ahora me vengas con que ha cambiado el turno.
–Me da igual lo mal que lo hayas pasado pero, te guste o no, yo voy a ser tu control de misión.
–Me cago en la leche, pues no te quiero en control –dijo Aniceto, con tono de rabieta.
La voz femenina no replicó y el tenso silencio solamente era roto por algunos pitidos y chasquidos.
Aquel imprevisto trajo a su mente los recuerdos del duro entrenamiento para aquella misión. Un entrenamiento que estaba demasiado cerca de la locura.

Estrés Nivel 1. Aumentando.
Hacía meses que la espiral de riñas y reproches había minado su convivencia en pareja hasta que la pérdida de su trabajo terminó por lanzarlo todo por el sumidero.
Necesitaba algo que le devolviera al sendero de la cotidianidad, alejándolo del tedio que solamente conducía a alcohol y drogas.
Fue ella la que le puso en contacto con el proyecto Cobaya–SUN2X, pero fue él quién que aceptó los riesgos. Ser parte de un equipo de investigación era un trabajo deseado por los que, como él, habían estado saltando de trabajo en trabajo, sin oficio ni beneficio. Aniceto no imaginaba que el riesgo era que tenía que franquearle el paso a la locura.
–Protocolo de actuación finalizado –la voz femenina lo devolvió al momento presente. –Permanece atento a las señales ¿Estás preparado?
–No, demonios. No estoy preparado, como tampoco lo estaba durante la selección. Ellos sabían mis problemas con la bebida. Dijeron que no era nada que un buen café no solucionase. Me declararon apto a pesar que mi afición a los psicotrópicos aparecía en el informe médico.
–Ahora ya es tarde para lamentarse –dijo ella. –Estás en órbita solar y lo mejor que puedes hacer es centrarte en la misión.
–¿Cómo voy a centrarme? –gritó él. –Simplemente oír tu voz me saca de mis casillas. ¡Quiero al otro controlador!
–Pues es lo que te toca. Olvídate de Pedro porque ni está, ni se le espera. Como ya te he dicho antes, te guste o no, es lo que hay.
Aniceto volvió a pensar en voz alta ignorando los datos y órdenes que le transmitían desde el control. Uno de los efectos secundarios del terrible entrenamiento era que terminaban hablando solos.
–Pedro me fue guiando en los... –el hombre se interrumpió y contó en voz alta. –Uno..., dos..., tres... ¡Maldita sea! ni me acuerdo del tiempo que llevo metido en esto. El caso es que fue él quién me explicó cómo funcionaba la empresa. Inversores buscando acortar los viajes espaciales. Unos viajes cuya larga duración hacía perder rentabilidad a la carga, por muy valiosa que fuera. Decenas de años desalentaban al que quisiera esperar media vida para recuperar lo invertido.

Estrés Nivel 2. Aumentando.
A pesar que el vacío no transmite el sonido, su imaginación comparaba la llamarada solar con las olas del mar. Recordando mirarse la mano vacía, lanzar la botella vacía y verla girar en el aire para luego caer donde las olas rompían como rompería la llamarada solar sobre la cápsula.
–Chorro de energía en curso. Comprueba los escudos térmicos, las vías de transferencia y los acumuladores –dijo la mujer del control de misión.
–Sí, parece que hace más calor –respondió él con sorna.
–Necesito los valores ¿Qué lectura te dan los indicadores?
–Más o menos... –dudó Aniceto.
–No. Más o menos, no. Necesito las lecturas exactas.
–Pues no va a poder ser porque las agujas analógicas tienen el baile de San Vito. Haber instalado contadores digitales –aclaró el hombre secamente.
Miró a su alrededor y le dio la sensación de estar en una vieja cápsula, cutre y destartalada.
–Sabes que los circuitos no aguantan los chorros de energía –aclaró ella.
–Pues estos indicadores tiemblan como yo cuando me sentaban en la silla de simulación. Me tenían que atar para no caerme. Aquellas inyecciones calmaban mi ansiedad, pero luego la oscuridad y la luz, alternándose con los colores que giraban a mi alrededor volvían a ponerme en un estado alterado de consciencia. Intentaban recrear lo que me encontraría aquí.
–Vale, vale. Corta el rollo y dime lo que muestran los indicadores –interrumpió la mujer del control.
–Por eso no quiero trabajar contigo, eres tan fría y desagradable –dijo él con fastidio, pero se interrumpió antes de acabar la frase.
Los indicadores oscilaban frenéticos.
–Y yo qué sé –respondió al fin. –Aquí cada vez hace más calor y se me nubla la vista.
–Recupérate porque es imposible que suba la temperatura. Los escudos térmicos disipan el calor.

Estrés Nivel 3. Aumentando.
El corazón le latía con fuerza y las bocanadas de aire no aliviaban la sensación de asfixia. Tenía la sensación que los ojos se le salían de las órbitas hasta que recuperaba la vista.
–Voy a apretar el botón mágico –dijo Aniceto.
–No, no lo hagas todavía. Espera a que todo esté en óptimas condiciones –avisó con urgencia la voz femenina.
–Tengo mucho calor, me tiemblan las manos y empieza a escasear el aire.
–No puedes hacer el salto todavía. Recuerda el entrenamiento, la cápsula está diseñada para aguantar las radiaciones de la llamarada.
–¿Ahora sí quieres que recuerde? ¿Sabes qué recuerdo? El dolor, el sueño y el sufrimiento.
Aniceto volvió a ensimismarse con sus recuerdos.
–Cuando me levantaba del sillón las muñecas me sangraban de las amarras. Me fallaban las piernas y me llevaban a rastras al camastro donde me dejaban hecho un ovillo. Dormía mucho o poco, no lo sé, pues siempre parecía que me acababa de acostar. Perdí la noción del tiempo. El único alimento era aquella papilla asquerosa y agua para poder tragarla. Parecía un preso al que trataban con especial sadismo.
–Pero si a ti te encantaba la ensaladilla –intervino ella.
–La ensaladilla sí, pero aquello era un mejunje avinagrado donde los trozos de "yo qué sé qué" burbujeaban hasta danzar como bichos nerviosos.
–Eso era por las drogas... –se le escapó a ella.
–¿Qué drogas? Hace mucho que no tomo psicotrópicos.
Aniceto se quedó un momento en silencio, mientras otro chorro de energía procedente del sol agitaba la cápsula y todo en su interior.
El dolor volvió y se miró las muñecas. Ahora no sangraban aunque la sensación era la misma. Tampoco estaba atado por lo que tuvo que sujetarse con fuerza para no caer. Todo le daba vueltas, la cabeza estaba a punto de estallar y el sudor se le metía en los ojos.
–Voy... a... pulsar –dijo con dificultad.
–Todavía no es el momento –le dijo la mujer.
–No lo... soporto –gimió Aniceto.
–Aguanta, tienes que aguantar como sea.
Respiraba con dificultad, notaba el corazón desbocado, pero intentaba tranquilizarse.

Estrés Nivel 4. Aumentando.
Desvió su mente de toda aquella vorágine y cayó en la cuenta de las palabras de la controladora.
–¿Drogas? ¿De qué drogas me hablas? –interrogó a la chica.
–Nada, nada, olvídalo –respondió ella, apurada.
–¡Me cago en la leche! Me estabais drogando. Las inyecciones eran alucinógenos. Los más fuertes que yo haya tomado. Hacían quedar a los otros como gominolas. Pero ¿para qué?
–Para nada, eran fármacos para ayudarte a aguantar la tensión.
–¿Te crees que soy tonto? Los mareos, los sudores, alucinaciones y posterior resaca eran por drogas. Sé cómo es un colocón; he estado muchas veces.
–Un poco tonto sí que eres para no darte cuenta. Ahora ya da igual. Solamente una persona con hipersensibilidad y en un estado alterado de consciencia puede detectar la ráfaga adecuada.
–Desarrollar mi intuición, decían ellos.
–Sí, hasta límites inimaginables.
–¿Y mi cordura? ¿No os importaba mi salud ni el peligro?
–Pues no, para qué te voy a engañar. Sólo eres un experimento.
Aniceto recordó como, con el agua del mar hasta el cuello, unos brazos fornidos lo sacaban brúscamente del agua.
–O sea, que me habéis traído hasta aquí para que me ase como un pollo –gritó Aniceto, enojado.
–¡Premio! Ya vas entendiendo como funciona esto. Te ha costado pero no todos lo cogen igual de rápido –dijo la mujer en un tono sarcástico.
La mezcla de humillación y cabreo llevó a Aniceto a amenazar, no solamente a la controladora, sino a toda la empresa.
–Si le doy al botón ahora mismo, provoco el salto. Eso mandaría al carajo la misión, estropeándolo todo –amenazó el hombre.
La mujer del control de misión se quedó un tenso momento en silencio hasta que contestó precipitadamente.
–Naa, no te hagas ilusiones. No se llegaría a producir el salto y serías engullido por una lengua solar como un mosquito en la boca de un dragón.
–Pero os jodería la misión. Todo se iría a tomar viento.
–No eres tan valiente de sacrificar tu vida por fastidiarnos. Además no te serviría de nada porque antes de ser destruida, la cápsula enviaría los datos a la base para usarlos en futuras misiones.
Aniceto se quedó en silencio, pensativo. No le encontraba sentido alguno a todo aquello, aunque tal vez fuera porque no podía pensar con claridad.
En aquella nave todo era analógico y mecánico: contadores, indicadores, palancas, interruptores, etc. El calor, el magnetismo y las radiaciones dejarían inservible cualquier electrónica. Por eso necesitaban una persona y no se podía hacer de forma automática. Nada podía enviar datos. ¿Por qué le mentía?

Estrés Nivel 5. Aumentando.
–No pienses ¡actúa! –le urgió ella, que de repente parecía haberle entrado las prisas.
–Intuición, hipersensibilidad, estado alterado de consciencia... –pensó en voz alta por la dificultad para concentrarse.
-¿Cuándo dejó de importarte lo nuestro? -dijo Aniceto.
–Vale cariño, te voy a hablar claro. Durante los años que vivimos juntos te portaste como un auténtico imbécil. En las fiestas con amigos bebías en exceso e intentabas hacer gracias con las que conseguías que se rieran de ti y no contigo. Cuando el desfase llegaba al esperpento, todos se marchaban al no poder aguantar la vergüenza ajena. Entonces caías al suelo víctima de tus propios lloriqueos babosos ¡Patético! Aquellas pastillas de colores te permitían comportarte correctamente, o todo lo correcto que se podía estar sentado en un sillón con sonrisa de alucinado. La mejora temporal solamente duró hasta que quedaste enganchado, alucinado e igual de patético.
–Y entonces me echaron del trabajo –intervino Aniceto.
–Creí que con drogas la cosa mejoraría, pero te enganchaste y todo fue a peor. Entre colocón y colocón, saltabas de la euforia a la depresión hundiéndote cada vez más. Tu soberbia solamente era superada por tu estupidez. Nuestra situación cayó en picado. Entonces vi una solución. Podías ser el candidato idóneo para el Proyecto COBAYA. Para bien o para mal era la única salida. Solución o destrucción, todo o nada.
–O sea que ya sabías lo que me esperaba. Conocías los detalles, las drogas, las torturas y la locura; y aún así me...
–Por supuesto que lo sabía –le interrumpió ella–. Llámalo desesperación o llámalo venganza, el caso es que moví mis contactos, y me rebajé pidiendo favores para que entraras como cobaya.
–¡Maldita seas! Eres una sádica. Siempre me has utilizado. Nunca imaginé que el rencor te llevara tan lejos –gritó él, impotente.
Aniceto lloraba, gritaba y el calor lo abrasaba. Llegó a la conclusión que aquello era un auténtico infierno.
Miró por las ventanillas en el momento que una gran masa de luz lo inundó todo, cegándolo a pesar de la protección de las gafas oscuras.
Aquel era el fin. Aquello no parecía el famoso túnel, era más parecido a una pista de despegue, iluminada por colores que silbaban al moverse hacia una grieta negra que destacaba en la inundación de luz. Siguió las chispas con la mirada hasta ver como confluyeron al frente en una grieta que rasgaba el espacio.
Su intuición le dijo que aquel sí era el camino que le conduciría a su destino. Era el momento adecuado. Tanteó a ciegas hasta que golpeó con furia el botón del sistema de salto.

Estrés Nivel 3. Descendiendo.
Recostada en el sillón, la controladora suspiraba para recuperar la calma.
–Maldita sea, esa llamarada lo ha engullido reduciéndolo a polvo estelar. El satélite de seguimiento no detecta ningún rastro. Le ha faltado estrés, tensión y cabreo. No he llegado a provocarlo suficiente. Terminó el entrenamiento al borde de la locura, pero el tiempo apremiaba y querían resultados. No se podía esperar más. He intentado llevarlo al límite de su cordura pero no ha sido suficiente. No ha podido intuir la grieta y no ha podido saltar. Tendremos que usar otra cobaya y volver a intentarlo.

Estrés Nivel 0. Estable.
Pasado un periodo de tiempo, que según la relatividad, podía ser mucho o poco, un comité gubernamental de científicos estudiaba el informe del primer hombre que había conseguido usar una grieta solar para viajar por el espacio.
En la rueda de prensa posterior, Marga intentó pasar desapercibida mientras los periodistas preguntaban a Aniceto
-Usted es el primer hombre que ha conseguido usar una grieta solar para viajar por el espacio. ¿Por qué ha decidido poner a disposición de toda la comunidad lo descubierto "al otro lado"? Nadie es tan altruista. ¿Qué busca a cambio: dinero, fama, poder...?
–¿Qué busco? Busco la venganza del que creyeron muerto, para así tranquilizar mi cordura.
–respondió Aniceto mostrando la máscara metálica que cubría la mitad de su rostro.
A pesar de todo sonrío mientras contemplaba a Marga como se marchaba abatida.

Autor: Gregorio Sánchez. Junio 2017.

Safe Creative #1706282745125 Licencia de Creative Commons
Proyecto COBAYA-SUN2X by Gregorio Sánchez Ceresola is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://relatosgregorio.blogspot.com.es/2017/06/proyecto-cobaya-sun2x.html.

lunes, 10 de enero de 2011

La ambición del crononauta

I - Momento presente.
“Lamentamos denegar la financiación para su proyecto. Consideramos que el resultado de un desarrollo a tan largo plazo son fantasías alejadas de la ciencia.”
Jorge, cerró de un manotazo el portátil.
-Ni siquiera se han dignado a llamarme por teléfono. Un simple y frío correo electrónico. Qué miserables –se dijo en voz alta-. Tiempo, tiempo eso es precisamente lo que les pensaba dar, todo el tiempo del mundo. Si hubieran aceptado mi proyecto, el tiempo dejaría de ser un problema para convertirse en un aliado.
Vivía obsesionado con el tiempo, con viajar en el tiempo. Estaba constantemente pensando en aprender los avances del futuro para poder usarlos en el presente y convertirse en una eminencia mundialmente reconocida. Ya se veía recibiendo el Premio Nobel por desarrollar la vacuna universal, por descubrir el primer planeta habitable y por unir la teoría de la relatividad con la mecánica cuántica.

Llegó a casa donde continuó insultando y, en la cumbre de su histeria, empezó a destrozar todas las revistas científicas. Se sentía hervir por dentro, apretaba los dientes tanto que las mandíbulas le dolíeron del esfuerzo. Los papeles volaron por el salón hasta que la casualidad hizo que se fijara en un trozo concreto. “El Proyecto Peonza busca científicos”, rezaba el titular. Lo recogió y leyéndolo detenidamente comprobó que buscaban físicos, biólogos, ingenieros y matemáticos entre otros. Cuando se enteró que el presupuesto ya estaba aprobado, decidió unirse al equipo multidisciplinar. Eso era lo que él necesitaba, presupuesto; y lo iba a conseguir.
Su primera idea era criogenizarse y “dormir” hasta que los avances científicos le permitieran regresar al pasado como el mayor investigador de todos los tiempos. Y nunca mejor dicho, de todos los tiempos.
El “Proyecto Peonza” avanzaba a buen ritmo. Una cápsula espacial giraría alrededor de la tierra a gran velocidad hasta que poco a poco cayera atraída por la gravedad. Jorge cambió su idea inicial. Le gustaba el proyecto, pero necesitaría algunos ajustes y retoques para adecuarlo a su propio beneficio. La nave giraría a gran velocidad pero, con un pasajero... él mismo. En un proyecto paralelo y secreto se investigaría la supervivencia al deterioro que provocaba la falta de gravedad prolongada.
Pero ¿cómo hacerlo? No había alternativa, tenía que convertirse en el principal responsable del proyecto.

El teléfono sonó demasiado pronto, ni siquiera había salido el sol y ya lo estaban incordiando. Con la voz pastosa, Jorge contestó:
-¿Shiii?. Ejém. Sí, sí, estoy bien ¿Qué? ¿El Director ha tenido un accidente? Pero si estuve anoche con él. Me comunicó que nos habían aprobado la subida de presupuesto e insistió en ir a celebrarlo. Luego lo dejé en su casa, borracho como una cuba...
La mente de Jorge recordaba entre brumas lo ocurrido la noche anterior. La verdad únicamente la sabía él y la verdad era que le costó convencerlo para ir a celebrar el éxito. Solamente una copa, eso era lo acordado, pero el Director tenía mal beber y Jorge lo sabía. Detrás de una vino otra, y con un par más fue suficiente para que el hombre perdiera la consciencia. Luego, ya en casa del ebrio, lo condujo al baño para evacuar el estomago y con un fuerte empujón estampó la cabeza de su jefe contra la taza del váter. Ya lo decía él, la bebida sería su perdición.

Convencer a los inversores que él era el mejor sustituto para el cargo no fue tan complicado como imaginó; simplemente tuvo que demostrar estar al tanto de todo el proyecto.
La investigación continuó y creó un segundo grupo que aprovechó el aumento de presupuesto para avanzar a buen ritmo, siempre en secreto.
Como un jefe negrero espoleaba a los equipos, redujo las horas de descanso y aumentó las de estancia en el laboratorio. Castigaba los fallos con severidad, sin darse cuenta que eran provocados por el propio cansancio. Tal presión tenía un motivo, más allá de la ambición. Había una investigación también paralela y que le incumbía personalmente; era la investigación judicial de la muerte del anterior Director. La prensa lo acosaba y los inversores dudaban de su capacidad.
El día del lanzamiento llegó antes que el requerimiento judicial. Se introdujo en la cápsula y lo conectaron literalmente a ella. La energía nuclear alimentaría los sistemas vitales durante años y eso le permitiría la supervivencia mientras el tiempo transcurría y la nave aceleraba cada vez más. Ya no le importaba lo que dijeran de él, pasaría a la posteridad, para luego regresar y demostrar que la ciencia tiene un precio que hay que pagar.
El cohete ascendía a velocidad de vértigo y un teléfono sonaba. El equipo miraba con preocupación cómo los cálculos no cuadraban y el cohete se salía de su órbita alejándose de la tierra cada vez más, hasta perderse. La comunicación se cortó y el silencio se adueñó de la sala. Por fin oyeron el teléfono sonar.
-Cancelen el lanzamiento por orden judicial. Jorge Bermúdez ha sido acusado del asesinato del anterior director del proyecto.
-Llegan tarde, acaba de perderse en el espacio en un viaje sin retorno.

II - Momento futuro.
“NEO” “NEO”.
La señal parpadeaba en el monitor.
-Señor, un NEO (objeto cercano a la tierra) no catalogado está entrando en la atmósfera.
-¿Tamaño?
-Pequeño, pero está aguantando la fricción ¿Lo destruimos?
-Será un antiguo dispositivo espacial que ha ido perdiendo altura hasta volver a reentrar. Puede tener información útil. Preparad un equipo de recuperación.
La cápsula estabilizó su caída planeando suavemente hasta amenizar en pleno mar. El fuselaje extremadamente caliente elevó grandes columnas de vapor delatando su posición a los que esperaban su llegada.

Jorge abrió los ojos y miró desconcertado a su alrededor. Poco recordaba: quién era, retazos de su infancia, la muerte de su madre y su padre trabajando sin tiempo para él. Tiempo. El tiempo le parecía muy importante pero no recordaba por qué. Se incorporó y los cables conectados a su cuerpo tiraron de la multitud de aparatos que había a su alrededor. Tiempo, cables, aparatos... los recuerdos regresaron en una alocada estampida provocando un espantoso dolor de cabeza. La denegación de su proyecto, su incorporación al “Proyecto Peonza”, su designación como director, presión, prisas, su conexión al sistema vital de la cápsula, el lanzamiento y luego... nada. Entre todo ese maremágnum de pensamientos y sentimientos algo se le escapaba, y era algo importante. Una mancha oscura que luchaba por abrirse paso. Cayó inconsciente.
-Jorge, Jorge. Despierte.
Volvió a abrir los ojos, pero esta vez vio a un grupo de personas que lo miraban atentamente.
-Tranquilo, intente no alterarse. Todo va bien. Todo ha salido bien –le decía una voz femenina.
-¿Qué fecha es hoy? –preguntó Jorge.
-Eso no importa ahora. Ha estado muchos años vagando por el espacio. Los sistemas vitales de su cápsula, aunque antiguos, lo han mantenido milagrosamente con vida. Ahora ya se encuentra a salvo. Las preguntas después.
-Solamente una cosa. Por favor contésteme, ¿han inventado ya la máquina del tiempo?
La mujer sonrió condescendiente y tras dar algunas órdenes, Jorge cayó en una dulce somnolencia.
- Lo conseguí. Lo conseguí. Soy un crononauta –acertó a susurrar mientras se dormía con una sonrisa en la boca.
-El pobre delira. Continuad con el tratamiento y mantenedlo dormido hasta que se recupere.

Jorge desconocía cuánto tiempo había estado inconsciente y por supuesto cuánto tiempo en tratamiento para aquello que le hubieran hecho. Achacó su dificultad de movimiento al periodo de inactividad en la cápsula, pero luego supo que habían tenido que reconstruirle huesos, músculos y hasta algún órgano. No exageraban cuando hablaban de supervivencia milagrosa. Él se congratulaba, pues los esfuerzos del “Proyecto Peonza” habían dado resultados positivos.
-Todo el esfuerzo ha merecido la pena, -pensó- todo el trabajo e incluso... la muerte del anterior director.
El semblante le cambió al recordar tan terrible suceso. Esa era la mancha oscura que intentaba salir.
-Tengo que mantener la calma, estos hombres del futuro me han salvado. Si me hubieran considerado un asesino no estaría en un hospital, estaría en la cárcel.
La mujer entró acompañada de un hombre que, todo indicaba, era alguien importante. Se presentó como el “Supervisor de Proyectos Especiales”, y a una señal afirmativa de la mujer, se sentó al lado de Jorge.
-Señor Bermúdez. Hemos revisado los archivos del “Proyecto Peonza” y lo sabemos todo.
-¿Todo? –pensó Jorge con preocupación- ¿también lo del asesinato?
-Lo que no entendemos es ¿por qué, una vez usted fue elegido nuevo director, mantuvo en secreto un segundo grupo de investigación que se apartaba del proyecto original?
-Mi idea era usar el “Proyecto Peonza” para viajar en el tiempo. Al futuro.
-Eso no tiene sentido ¿Con qué propósito?
-El conocimiento, lo hice todo por la ciencia –dijo en voz baja y con el rostro avergonzado.
-De acuerdo. Es todo por ahora.
-Una pregunta... ¿me mandarán a mi época?
-No podemos hacer eso. El tiempo es algo demasiado complejo, demasiado abstracto. Es imposible.
La respuesta sumió a Jorge en una profunda tristeza. Todos los esfuerzos para nada. De nada servía aprender todo el conocimiento del futuro si no podía regresar a su tiempo. Se sentía atrapado en una época que no era la suya, un bicho raro al que constantemente le preguntaban cómo se sentía después de años de hibernación.
Recordó que el día del lanzamiento no le importaba lo que dijeran de él, pero ahora si le preocupaba. De momento no sabían lo ocurrido con el anterior director, pero lo averiguarían, lo encerrarían y se perdería lo conseguido hasta ahora. Tenía que huir. Una idea cruzó por su mente. Huir, claro, huir hacia adelante. En esta época todavía no se había inventado la máquina del tiempo y de nada servía quedarse aquí.
Se puso en contacto con la doctora que tan amablemente lo había atendido en su “despertar”.
-¿Crees que hay posibilidades de reemprender el viaje? Seguir viajando al futuro de la misma forma que llegué, hasta que se invente la “máquina del tiempo” y pueda regresar a mi época.
-Estás loco. Eso no es viajar en el tiempo; eso es... peligroso. No creo que te vuelvan a poner en órbita. Con tu pasado no convencerás a nadie.
El pasado lo perseguía como un sabueso implacable. Tarde o temprano averiguarían su crimen ¿Qué hacían con los asesinos en este futuro? Quizás reprogramaban su cerebro para eliminar las intenciones malvadas. Le asustó la posibilidad de convertirse en un ser lobotomizado, sin recuerdos, sin ambiciones, sin vida.
-Lo tengo. Congélame. Podéis mantener un cuerpo criogenizado durante siglos. Antes no, pero ahora se puede hacer.
-Podemos preservar tu cuerpo, pero tu mente con tus recuerdos e ideas habría que almacenarlas aparte. Para que lo entiendas, como una copia de seguridad de las de antes.
-Adelante pues.
-No tan rápido. Nada garantiza que en el futuro que tú quieres puedan volver a “recomponerte”. Imagínate que para entonces se ha superado la tecnología perdiéndose el conocimiento antiguo. Por ejemplo, hasta hace poco todavía ignorábamos cómo se construyeron las pirámides. Todo puede pasar. Un accidente o que simplemente caiga en el olvido.
-No conseguirás asustarme. Estoy decidido.

-¿Crees que es lo mejor? –preguntó el Supervisor de Proyectos Especiales.
-Sí. Tarde o temprano será público el asesinato de su superior. El crimen habrá prescrito, pero la prensa lo vapuleará como un apestado –contestó la mujer.
-Puede que sea lo mejor. El progreso no merece verse empañado con turbias historias de ambición y muerte.
-Adelante pues; lo criogenizaremos y caerá en el olvido. No se puede saber con certeza qué pasará si llega al futuro que él espera.

III - Momento eternidad.
-“Detectada forma de vida humana” -avisó una voz metálica.
Le gustaba esa voz metálica e impersonal para la comunicación con las máquinas. Le hacía sentir más humano. Hacía siglos que ya no se usaba ese modelo de voz, era algo arcaico, pero él era un romántico.
-Creía que no quedaba nadie por aquí. Vamos a dar un vistazo.
Dejó de catalogar los restos de civilización que todavía quedaban en el viejo planeta y se dirigió al lugar.
Tormentas, inundaciones y desastres de todo tipo se habían encargado de eliminar todo rastro de construcciones, mientras que la vegetación cubría y ocultaba lo que aun quedaba en pie. Una vez abandonado por el hombre, la naturaleza reclamaba lo que era suyo e imponía su ley.
-Alguien se olvidó de ti, viejo amigo.
Una vez perforada la gruesa capa de hielo que durante siglos se había ido acumulando, consiguió acceder a una cámara criogénica.
-¡Madre mía! esto es anterior incluso a la “gran evasión”. Con razón te dejaron aquí, ni siquiera sabían de tu existencia.
Aquel fue el fenómeno sociológico más extraño ocurrido jamás. En cuanto fue posible llegar a otros planetas habitables la gente sintió un irrefenable deseo de emigrar de este mundo. Como si fuera una vieja cáscara que oprimía a los que allí vivían, todo el mundo se marchó a los distintos planetas donde se antojaba una mejor vida, fuera o no cierto. Algunos lo consiguieron y otros fueron dominados e incluso esclavizados por sus propios congéneres. Algo en el ser humano le lleva a repetir su historia una y otra vez en un bucle infinito.
Provisto del material adecuado, el arqueólogo accedió a los datos. No quería arriesgarse a estropear lo que ya denominaba “el especimen”.
-Si has aguantado todos estos siglos, podrás aguantar un poco más. En esa época era habitual separar el cuerpo físico de los recuerdos. Tiene que estar por algún lado. Espero que el tiempo no lo haya destruido.

Jorge volvió a abrir los ojos y volvió a mirar desconcertado a su alrededor. La sensación de déjà vu le mareó hasta el punto de perder la consciencia.
-¿Aguantará? –preguntó el que lo había traído.
-Sí. El sistema está muy anticuado, pero parece que tendrá éxito.
A diferencia de la última, esta vez los recuerdos no acudieron en tropel; esta vez estaban en su cerebro perfectamente ordenados. Pero no quería abrir los ojos, tenía miedo. No sabía que se encontraría y su curiosidad no era capaz de vencer a sus temores.
-Dejemos que sus recuerdos se acoplen bien a su cuerpo. Él no se puede ni imaginar el tiempo que ha pasado.
Podía tener los ojos cerrados para no ver, pero no podía cerrar sus oídos. Escuchaba conversaciones a su alrededor pero era incapaz de distinguir el idioma de las voces que le llegaban.
-Tendrá que aprender a hablar de nuevo. El idioma ha evolucionado tanto que no entenderá nada. Implantadle un traductor ¿Sabemos lo que habla en sueños?
-Sí, dice algo de viajes en el tiempo.

Jorge abrió de nuevo los ojos y para su sorpresa ahora sí entendía lo que hablaban. Le daba igual todo lo que ocurría a su alrededor, pero tenía una pregunta, la pregunta que para él era lo más importante.
-La respuesta es sí –dijo una de las voces antes siquiera de que él abriera la boca-. Sí que podemos enviarle de nuevo al pasado.
Una alegría desmedida recorrió todo su cuerpo hasta hacerle brotar las lágrimas. Lo había conseguido. Había viajado al futuro y ahora regresaría al pasado para contarlo.
-Sepa que es un viaje sin retorno. Solamente podrá viajar de nuevo al futuro de la misma forma que ha hecho hasta ahora y las posibilidades de éxito serán mínimas. Por esas carambolas del azar lo ha conseguido, pero no volverá a ocurrir.
El tono frío y distante de aquella gente molestaba a Jorge. Lo trataban como un experimento.
-Quizás tengan razón, solamente soy un experimento –pensó para sí mismo. Mi propio experimento. Yo me lo he buscado
-No te lo tomes a mal –le dijo el arqueólogo, que ahora le hablaba de forma más cercana-. A pesar que tu viaje hasta aquí no ha sido fácil, este futuro no es para ti. Seguro que no es como te habías imaginado.
Jorge miro sorprendido al hombre.
-Puedes leer el pensamiento.
-No puedo, pero has dejado conectado el traductor.
-¿Qué traductor? Bueno no importa. De todas maneras el objetivo de mi viaje era llegar al futuro para luego regresar al pasado con los conocimientos adquiridos.
-Empezaremos a preparar tu viaje de regreso.
-Así, sin más –dudó Jorge-. Me esperaba otra cosa, quizás tengas razón y no es como yo me había imaginado.

Jorge no supo cuánto tiempo estuvo en aquella estancia, sin poder salir y con la angustiosa sensación de sentirse observado. Dormía cuando tenía sueño y comía cuando tenía hambre pero no pudo acceder a ningún tipo de información. Le frustraba volver con las manos vacías, tenía que llevarse los conocimientos futuros para usarlos en el pasado. A falta de nada mejor que hacer, su mente comenzó a divagar hasta llegar a la conclusión que aquello era lo más parecido a estar preso.
-Claro; eso es –se dijo a sí mismo, sin importarle que le pudieran escuchar-. Conocen mi pasado, lo saben todo y no se fían de mí. Por eso me tienen preso.
En su viaje hacía el futuro no había conseguido despistar a su pasado. Había llegado el momento de arrepentirse de lo hecho.
-Todavía se puede arreglar –dijo en voz alta, con la esperanza que alguien lo escuchara-. La gracia de viajar en el tiempo es que puedes volver y arreglar lo que está mal. Mandadme al comienzo del “Proyecto Peonza” y evitaré que el director del proyecto muera. Aquel asesinato por ambición solamente me ha traído problemas. Si está en mis manos arreglarlo, lo haré. Cambiaré el pasado.
Esperó plantado en la estancia a que alguien entrara en respuesta a su llamada, pero nadie lo hizo. Pasó más tiempo y su desesperación hizo mella en su ánimo. Lloraba, gritaba y juraba que se había arrepentido. Hasta que por fin entró el hombre que lo había rescatado.
-Ya está todo listo. Cuando quieras.
-¿Ya? ¿Sin más explicaciones? –dijo con desconfianza.
-No te vamos a castigar por lo que hiciste, no es algo que nos incumba. Lo mejor que podemos hacer es acceder a tus deseos y enviarte a donde perteneces.
-Tenéis razón, no entiendo el futuro. No estoy listo para regresar. No queréis que los conocimientos de esta época sean usados en el pasado, pero supongo que es el precio a pagar.

Otra vez los mareos, las lagunas en la memoria y los pinchazos. Aquello de viajar en el tiempo cada vez era más duro. Pero ya estaba de regreso. Buscó los puntos de referencia para orientarse y se encaminó a las instalaciones del “Proyecto Peonza”.
-Nos han concedido el aumento de presupuesto –dijo una voz conocida a su espalda.
Jorge se giró sorprendido al ver al Director del proyecto que le mostraba el móvil con el mensaje que lo confirmaba.
-Enhorabuena –dijo Jorge sin mucha convicción.
-No parece que te alegre.
Jorge pensó en su promesa y cambió su actitud.
-¡Bravo! ¡Enhorabuena! –dijo con un sincero entusiasmo.
Su móvil vibró al recibir un mensaje. Lo leyó aunque procedía de un “Número desconocido”.
-“El pasado es una recreación de recuerdos...”
Jorge miró en todas direcciones hasta que al fin asintió con la cabeza. Lo había conseguido, había viajado al futuro y había regresado de nuevo a su tiempo. Lo molesto era que, aunque lo contara, no podría demostrarlo. Puede que le creyeran o puede que no, pero fuera como fuese el futuro cambiaría y nada garantizaba que fuera el mismo que él se había encontrado.
- “...y el futuro es un producto de nuestros actos presentes.”

-Hemos colocado al crononauta en un planeta deshabitado. ¡Buff! y ya van unos cuantos.
-¿Cuánto durará la energía que mantiene la ilusión en su mente?
-Muchos años. Mientras tanto, podrá actuar y vivir creyendo que está de regreso en su mundo. Se ha recreado todo en base a los datos de la época y a sus recuerdos. No notará la diferencia. Cuando se agote la energía, simplemente morirá.
-¿Y si quiere volver a realizar su viaje?
-Pues entrará en un extraño bucle de acontecimientos mientras su cuerpo aguante.

Fin.
Autor: Gregorio Sánchez. Diciembre 2010

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La ambición del crononauta by Gregorio Sánchez Ceresola is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://relatosgregorio.blogspot.com.es/2011/01/la-ambicion-del-crononauta-iii.html.

domingo, 7 de diciembre de 2008

La realidad a su medida

I
Hay gente que cuando suena el despertador, se levanta de un salto, abren la ventana y sonríen al mundo, mientras los primeros rayos de sol les despejan del todo. Vanesa Ventero era todo lo contrario. Tenía el sueño profundo y un despertar lento y pesado. El despertador tenía que emitir un sonido lo suficientemente desagradable para poder arrancarla de los brazos de Morfeo. Cuando éste sonaba ella lanzaba un manotazo instintivo que lo lanzaba al suelo, finalizando el molesto sonido. Una vez despierta se quedaba tumbada en la cama, incapaz de abrir los ojos, con lo que volvía a dormirse. El despertador volvía a sonar y esta vez sí tenía que levantarse para desconectarlo, cosa que hacía a desgana y maldiciendo los tropezones con los zapatos que había dejado de cualquier manera la noche anterior. Cuando encendía la luz para buscar el maldito reloj, sus ojos le escocían y se veía obligada a protegerlos con las manos, mientras protestaba quejumbrosamente.
Aquella mañana no fue diferente del resto. Se despertó e inició lo que parecía un ritual matutino, el sueño, el despertador, los tropezones, las quejas, etc. Tenía el cuerpo empapado en sudor, lo que hacía aumentar sus quejas y además una horrible sensación que algo no iba bien. Habían cosas, objetos que no estaban, o sí estaban pero en lugares no habituales: el perchero, el butacón, la lamparita de noche, el libro encima de la mesita, el tocador... el joyero.
–Mierda. Han entrado a robarme –dijo para si misma.
Imaginarse que alguien había entrado en su casa la inquietaba, pero pensar que lo habían hecho mientras dormía, la aterraba.
Ya con el pleno dominio de sus sentidos, se quedó mirando el cuadro que tenía colgado en la pared. Era una ampliación de una fotografía que ella misma había hecho al “David de Miguel Ángel”. David, con la cabeza girada, tenía que buscar con la mirada a Goliat, pero para su sorpresa y terror éste la miraba directamente a ella observando atentamente sus movimientos. El miedo tomó las riendas de sus actos, incapacitándola para pensar con claridad. Ocultarse de la mirada del “David”, salir de la habitación, huir. Salió de la habitación tan rápido como pudo y corrió, corrió hasta dejar atrás al propio miedo y una vez que estuvo más tranquila se paró a analizar lo absurdo de la situación.

II
Miró a su alrededor y lo primero que notó fue la bruma estática, flotando inerte, impidiéndole distinguir más allá de una decena de metros. Los edificios que formaban su barrio tenían una imposible perspectiva, como sacados de un cuadro vanguardista que exageraba las proporciones. Cuando miraba hacia arriba éstos parecían que en cualquier momento le caerían encima y la niebla que se oscurecía a medida que la vista ascendía contribuía a dar esa sensación. Por la calle, normalmente muy concurrida, no circulaban coches y la gente vagaba sin rumbo, con la mirada perdida.
–Tengo claro que no estoy dormida –se dijo para si misma, todavía algo confundida. –El hecho de estar analizando la situación lo descarta. Una sabe perfectamente cuando no esta soñando. Puede que cuando lo esté, no lo sepa, pero al revés si soy consciente. Tampoco estoy borracha ni drogada, porque puedo pensar claramente.
Estando sumergida en sus pensamientos, una voz la sobresaltó.
–Hola Vanesa. ¿Estás bien?
Miró al chico que la había saludado, con el temor de ver otro hecho inexplicable.
Algo más bajo que ella, barrigón, con pronunciadas entradas y el resto del pelo largo recogido en una cola. No era su tipo. Lo conocía porque vivía en el edificio de enfrente y habían coincidido en algún que otro lugar, pero poco más sabía de él.
–¿Donde estoy? ¿Que le pasa a la gente?
–Estás aturdida. Como cuando bajaste de la montaña rusa. Estabas tan mareada que tuve que sentarte en un banco.
Vanesa lo miraba incrédula pues no sabía de qué le hablaba.
–Aquel día lo pasamos bien, pero lo pasamos mejor cuando...
El muchacho seguía hablando de lugares y ocasiones. Ella intentaba recordar, pero por más que se esforzaba no encontraba nada parecido en sus recuerdos. Con o sin él, ella estaba segura de no haber estado en esos lugares.
–Espera, espera. Solamente te conozco de vista y me hablas como si tuviéramos una gran amistad. Te puedo asegurar que yo no he estado en esos sitios que me dices.
El semblante de su supuesto amigo cambió, reflejando una creciente confusión. Su boca calló con una forzada expresión seria, su mirada se desvió al suelo y se fue alejando poco a poco de ella. Ese era el vecino que ella recordaba: tímido y retraído, siempre despistado y mirándola por encima de las gafas.
El mundo a su alrededor cambió volviendo a una realidad fácilmente reconocible a sus ojos. La oscura niebla se arremolinaba en torno al chico despareciendo éste poco a poco de su vista.
–Un momento, un momento. No te vayas –le pidió Vanesa desesperada, viendo que aquel muchacho era lo único lógico en aquella locura.
–Tienes razón. Nunca hemos estado juntos, pero lo hubiéramos pasado de fábula.
–Tú sabes lo que está pasando. Sé que lo sabes.
Vanesa no pudo seguir hablando al llenársele los ojos de lágrimas. Haciendo un notable esfuerzo para vencer la timidez y dirigirse a ella, el chico le hizo algunas revelaciones.
– Si lo sé. Pero créeme, es mejor que no lo sepas. Además si te lo cuento, lo más probable es que no me creyeras, porque de hacerlo... –se quedó unos momentos en silencio, pero la inquisitiva mirada de ella le hizo concluir la frase. –Porque de hacerlo... enloquecerías. Y no permitiré que te ocurra nada malo. Ahora tengo que regresar. Intenta relajarte.
La niebla lo envolvió completamente y cuando ésta se disipó, el muchacho había desaparecido. La realidad se volvió a distorsionar burlándose de las leyes de la física.

II
–José Miguel, no te lo digo más veces, o vienes a comer o te traigo de la oreja. Te pasas la vida pensando en las musarañas. Siempre estás en babia. Yo no sé para que quieres leer tanto si luego eres un vago que ni trabajas ni nada.
–Voy, ya voy –le gritó el chico a su madre.
José Miguel salió de su cuarto dando un portazo y avanzó por el pasillo murmurando amenazas hacia su madre. Mientras se sentaba en la mesa se produjo el acostumbrado intercambio de gritos y acusaciones, hasta que el chico se ponía a comer haciendo caso omiso de la interminable cháchara de su madre. De vez en cuando asentía con la cabeza acompañando con un gruñido de aprobación. Gesto suficiente para evitar el acostumbrado empujón de su madre para cerciorarse que le prestaba atención, cosa que le irritaba profundamente. No le importaba los chismes que le podía contar su madre. Él prefería evadirse de la realidad y adentrarse en su mundo. Un mundo donde la fantasía campaba a sus anchas otorgándole total libertad.
Uno de los comentarios de su madre le llamó la atención.
–Dicen que la vecina de enfrente, esa a la que le dio el patatús, ha reaccionado. Incluso creían que se iba a despertar. ¿Sabes quién te digo? Esa...
–Vanesa, mamá, se llama Vanesa –comentó el chico con la mirada perdida, hablando más para si mismo que para su madre.
Extrañas ideas y dudas cruzaron su mente.
–No podía ser. No podía reaccionar. Los lazos estaban rotos –pensaba mientras negaba repetidamente con la cabeza.
–¿No? Pues aunque no quieras, cómete la fruta, que es muy buena –oyó a su madre decir con su chillona voz. –Estás enfermo y ha dicho el médico que la fruta es muy buena para los desvanecimientos esos que te dan.
–El médico no tiene ni idea de lo que me pasa. Tú te empeñaste en llevarme para que te dijeran por que me caigo desvanecido de vez en cuando, y no encontraron la causa.
No le hizo más caso a su madre. Cogió la fruta y se dirigió a su cuarto, sumido en sus pensamientos, mientras su madre continuaba reprochándole su actitud.

III
Vanesa vagó por aquel onírico mundo. Lloraba, gritaba y seguía llorando. Deambulaba de aquí para allá sin rumbo. Le aterraba aquella espesa niebla que ondulaba y se movía como si tuviera vida propia. Una débil luz conseguía filtrarse entre los jirones creando una opresiva sensación a su alrededor. No podía apartar de su mente las palabras del chico. Cada pensamiento era invadido por aquellos inquietantes consejos.
–¿Qué es lo que no debo saber? –se preguntaba cada vez que esto le ocurría.
Estuvo otro rato en silencio y le vino a la mente una frase de esas grandilocuentes.
–Temo más a la ignorancia que la locura a la que me puede conducir el conocimiento – dijo Vanesa en voz alta.
Cuando concluyó, se sintió reconfortada e incluso más animada. Con el dorso de la mano secó sus lágrimas y situándose en el centro de la calle miró hacía arriba. Volvió a sentir el mareo producido por las extrañas perspectivas de los edificios pero mantuvo la mirada dirigida a lo alto. Tomó aire y gritó con todas sus fuerzas:
–No sé si me estás escuchando, pero has de saber que temo más a la ignorancia que la locura a la que puede conducir el conocimiento. Así que ven y explícame que está ocurriendo.
Para su sorpresa, el mundo volvió a sufrir cambios. La niebla giraba a su alrededor aumentando la velocidad, como si fuera un ciclón. Algunos edificios se resquebrajaron amenazando con caerse. Tenía miedo, miedo a aquella locura y eso hacía que gritase aun más.
–Aparece, maldito seas. No te escondas tras cortinas de humo. Ven y muéstrame la verdad. Esa que, según tú, puede arrancar la cordura de mi alma.
La niebla, sin parar de girar, se elevó formando un torbellino que lanzaba rayos en todas direcciones. Con gran estruendo, uno cayó a pocos metros de ella, produciendo una explosión que la lanzó hacia atrás envuelta en cascotes. Golpeó violentamente el suelo, quedando tendida cuan larga era. A pesar de estar dolorida se esforzó por ponerse en pie para eliminar el aturdimiento.
–No estoy loca. No lo estoy –se repetía a si misma entre lágrimas. –Puede que esto sea una pesadilla. Una peligrosa alucinación.
Tomó aire y lo expulsó lentamente. Repitió la operación unas cuantas veces para tranquilizarse. Cuando se hubo calmado, intentó razonar.
–Pero, ¿por qué hablo con frases tan grandilocuentes? Nadie habla así, excepto en la películas.
Al instante le vino una idea a la cabeza, como un rayo de luz entre la oscuridad.
–Es verdad. Esto parece una de esas películas raras de misterio. Es una tontería, pero explica muchas cosas: la niebla, los edificios, los rayos, la gente y sobre todo mi forma de hablar. Es como si este loco mundo, me hiciese hablar así.
Vanesa había cogido las riendas de la situación y se dispuso a dirigirla. Lo primero que tenía que hacer era averiguar más cosas de su misterioso vecino. Lo mejor era ir a casa del chico a ver que averiguaba.

IV
José Miguel Cascales es lo que ponía en el timbre. Por fin recordó que, efectivamente y tal como ponía en el timbre, el chico se llamaba José Miguel. Esperó a que una de esas personas carente de emociones saliera por la puerta para colarse en el interior.
Al fondo del oscuro portal, de paredes desconchadas, se adivinaba un recodo. Un desagradable olor a humedad le hizo arrugar la nariz. Avanzó pausadamente hacia el recodo, con los sentidos todo lo alerta que le dejaba el hedor a humedad. Al girar, oculta por la oscuridad, encontró una estrecha escalera, con algunos escalones partidos, y en general maltrecha. Subió hasta la vivienda de José Miguel pensando como entraría en la casa. El mugroso felpudo de la puerta le dio la solución, pues al levantarlo encontró una llave que la propia suciedad mantenía pegada al suelo; la llave de la puerta.
–Es idiota –pensó mientras entraba en la casa.
Con la excepción del desorden reinante, en la casa no había nada a destacar... hasta que llegó al dormitorio del muchacho.
Un letrero triangular con el símbolo de alerta química y las palabras “Área restringida. Prohibido el paso”, colgaba de la puerta. En lugar de pomo había un teclado numérico.
Vanesa intentó adivinar cual sería la combinación que permitía el acceso, pero por mucho que pensaba no se le ocurría ninguno, y tecleó cuatro números al azar. La puerta no se abrió y de inmediato una estridente bocina empezó a sonar rítmicamente. Vanesa se asustó y el corazón se le aceleró aumentando la ansiedad. La casa se iluminó con una luz roja que parpadeaba al ritmo de la bocina.
–Está loco. Este ha visto demasiadas películas... películas... –e inmediatamente y sin pensárselo mucho dio una patada a la puerta con todas sus fuerzas la cual se abrió de par en par.
Lo primero que vio fue un póster con una foto de ella misma a tamaño real, colocado justo en frente de la cama. La intermitente luz de origen desconocido le dificultaba la visión, así que entró para verlo de más cerca. No recordaba haberse hecho esa foto, pero no estaba del todo mal. Vestía un moderno pantalón vaquero y una camiseta ajustada que le dejaba el ombligo al aire, pero era la expresión de su cara lo que más le gustaba, una expresión de tranquila felicidad que hace que una dulce sonrisa juegue con la cámara, o con el cámara. Pero no era la única, por toda la habitación habían fotos de ella en distintas poses y lugares, de varios tamaños, fotos de medio cuerpo y de cuerpo entero. Hasta en el techo había un gran espejo con una foto de ella acostada impresa en él. Todas tenían la misma expresión de felicidad. Le recordaba a las chicas que habitan en un harén, sin más preocupaciones que pasar el rato ociosamente. Ese era el harén de José Miguel compuesto por muchas “vanesas”. Como le ocurrió con el “David de Miguel Ángel” que ella tenía en su cuarto, sus retratos la seguían con la mirada, acosándola y cambiando la expresión a una mueca burlona. Se sentía mareada debido a la rojiza luz y al sonido de la bocina que le taladraba la cabeza. Tenía la sensación que sus propias fotos la miraban con celos, pues sabían que no eran más que meras copias de ella. Se sentía presionada y agobiada hasta que, en un momento dado, todas las miradas se apartaron de ella para dirigirse a la cama. Los rostros de las “vanesas” borraron la mueca burlona y expresaron inquietud y nerviosismo. Ella también y vio que una neblina blancuzca se estaba formando sobre la cama desparramándose por los bordes. El colchón se hundió como si un ser invisible se estuviera acostando en ella. En el hueco se fue espesando la niebla, adoptando una forma que ella reconoció como la de José Miguel. Una de las fotos le llamó la atención, pues la “vanesa” que estaba retratada en ella le indicaba con la cabeza que se marchara. Miró las otras fotos y en sus bocas se adivinaban advertencias.
–Vete, –gritaban silenciosamente –márchate, corre.
La figura del chico estaba cada vez más definida y Vanesa dudaba, si hacer caso a las fotos o quedarse y enfrentarse al muchacho. El miedo, o la prudencia, pudieron más y huyó de allí a toda prisa, bajando las escaleras, saltando de rellano en rellano, atravesando a la carrera el oscuro portal y alejándose calle abajo.

V
José Miguel siempre había tenido una imaginación desbordante. Su carácter reservado y tímido le llevaba a evadirse a su propio mundo imaginario. Lejos de confundir la realidad con la ficción, él consiguió mantenerlas lo suficientemente separadas como para que se volvieran dos mundos independientes. El mundo real y el mundo que su mente había creado, donde él ponía las leyes. Con el tiempo adquirió un poder de concentración tal, que le permitía a su mente cambiar de uno a otro a voluntad, dejando su cuerpo en estado de inconsciencia cuando se adentraba en el suyo propio.
En el edificio de enfrente se había instalado una chica. Vivía sola y José Miguel solía observarla desde su ventana. Las hormonas activaron los resortes convenientes produciendo una fuerte atracción hacia ella. A pesar de tener el control de su propio mundo, José Miguel no podía recrearla más allá de algunas imágenes en movimiento, pero éstas no eran más que meras fotos, lejos de la auténtica.
En su mundo él era el héroe que salvaba a la desvalida doncella en apuros. Pero la doncella nunca era Vanesa. Algo le impedía, a pesar de, o quizás por la fuerte atracción que él sentía hacia ella, recrearla tal y como él quería.
Hasta que lo consiguió. Lo consiguió más allá de sus expectativas. La vio llegar enferma, débil y tambaleándose. La siguió con la mirada hasta que ella se acostó. Inmediatamente José Miguel se internó en su mundo y con un acto de suprema concentración la arrancó del mundo real, transportándola al suyo propio. Ella cayó en un coma del que no se despertó. Por fin era suya, suya para siempre.
Al darse cuenta del enorme poder, su mente y su mundo se corrompieron envileciéndose. Pasó de ser el héroe a ser el todopoderoso tirano.

VI
José Miguel apareció envuelto en volutas de humo. Estaba dispuesto a arreglar aquello que se le estaba escapando de las manos. Vanesa había conseguido autocontrol. Desde ese momento su cuerpo había reaccionado y eso significaba que podía despertar y perderla.
Cuando terminó el proceso de aparición, se levantó de la cama de un salto, quedando plantado frente al póster de Vanesa. La imagen mostraba una actitud de exagerado disimulo. Se giró para observar las otras fotografías, descubriendo que estas todavía disimulaban peor.
La intermitente luz roja le indicaba que ella había estado ahí, y eso le enfureció. Nadie invadía su intimidad, y menos en su propio mundo.
–¿Donde está? –preguntó duramente a las fotografías.
Las imágenes móviles de Vanesa negaban como temblorosas niñas asustadas. Cogió un retrato lo lanzó contra el espejo del techo rompiéndolo. En la foto impresa en el espejo aparecieron profundos cortes que sangraban abundantemente. Volvió a preguntar a voz en grito. Las vanesas continuaban negando enérgicamente y las que tenían hombros los encogían indicando su desconocimiento. Se encaró con el póster y ante la reiterada negativa de éste, lo rompió en varios trozos, salpicando sangre por doquier. Se marchó por la puerta dejando al resto de fotos dominadas por la histeria.

VII
José Miguel anduvo largo rato recorriendo diversos lugares y en todos le asaltaba la misma sensación. Una sensación de casi, de llegar tarde por los pelos. Sus sentidos le engañaban. Creía ver una sombra con el rabillo del ojo, y cuando se giraba, lo único que había era volutas inertes, como denso humo negro flotando ingrávido. El suave sonido de la ropa al caminar que oía un poco más allá, era producido por restos de revistas que se caían de papeleras repletas. El dulce olor a perfume que se diluía cuando José Miguel inspiraba con fuerza en un vano intento de capturarlo. Algunas veces incluso sentía el roce de algo en su cabeza que le erizaba el pelo.
La inquietud por no encontrar a Vanesa se había superpuesto a la furia, sumiéndolo en un estado de ansiedad.
–Te encontraré. Este es mi mundo y en él tengo poder absoluto. Yo pongo las reglas, no puedes esconderte.
Una ráfaga de viento se dirigió hacia él, rodeándolo y haciendo ondear su gabardina. Una suave voz acompañaba al viento; la voz de Vanesa.
–Efectivamente, tú pones las reglas. Reglas que, una vez entendidas, dan algo de sentido a este caótico mundo tuyo. Reglas que yo he aprendido a usar y a las que tú también estás sujeto.
–¿Así que quieres jugar? Juguemos pues, pero te advierto que tengo mucha práctica. La lógica de este lugar se rige por mi forma de pensar y eso tú no lo puedes entender.
–No seas ingenuo. Esto no es ningún juego, porque yo no juego con mi vida. No entiendo tus neuras, pero sé lo suficiente como para acabar con esta locura.
La voz, esta vez, procedía de su espalda. Se giró velozmente, y allí estaba ella, plantada, ahora frente a él, con actitud desafiante. El muchacho intentó replicarle pero la visión directa de ella le dejo sin habla.
Vanesa vestía unos ajustados vaqueros que, no solamente insinuaban, sino que marcaban sus curvas. La camiseta, ajustada también, ayudaba a resaltar la provocativa figura. El pelo trenzado caía prieto sobre sus hombros, aunque en su frente ondeaba el desordenado flequillo al son del caprichoso viento.
José Miguel estaba muy nervioso, bien por la sugerente visión de Vanesa, bien porqué no estaban saliendo las cosas como a él le gustaban o una mezcla de ambas cosas. Intentó vocalizar algo, pero lo único que salió de sus labios fue una repetitiva sucesión de sonidos incoherentes. Volvió a irritarse y los jirones de niebla danzaron a su alrededor a gran velocidad formando un torbellino a su alrededor. La fuerza del viento era tal que las piedrecillas del suelo salían despedidas hacia el exterior, impactando en las paredes cercanas.
–Tranquilízate. Así no vas a conseguir nada. ¿Por qué estás cabreado? ¿Es porque entré en tu habitación? No creo. A ti te gustaría tenerme en persona en tu cuarto. Y allí estuve, pero como tú no estabas, me marché.
Vanesa hizo una breve pausa y continuó.
–¡Ah! Es eso. Cuando llegaste, ya me había ido, por eso te has cabreado. Pues chico, haber llegado antes.
–No, no es por eso –consiguió gritar José Miguel. –Es por…, es por…,–volvió a tartamudear –y su irritación aumentó a un estado furioso.
Las persistentes nubes relampaguearon intercambiando ruidosos rayos entre ellas. Se oscurecieron y cada rayo les daba una tonalidad distinta, creando una caleidoscópica combinación. La frecuencia de truenos y relámpagos fue en aumento llegando éstos a salir despedidos fuera de las propias nubes y estrellándose en las cercanías. Vanesa miró despreocupadamente al turbulento cielo y, mostrando seguridad, continuó hablando.
–Bonito despliegue de pirotecnia. Si eso descarga tu furia, adelante, desahoga, pero a mí me es indiferente.
El pensamiento de Vanesa marchaba a toda velocidad. Tenía que mantener la concentración, no podía exteriorizar el miedo que sentía. Aquellos rayos, realmente, si le daban miedo, pero hacía un esfuerzo por que no se notase. Si el chico detectaba su miedo, las cosas se pondrían muy mal. Tenía la esperanza que, al igual que las piedrecillas, los rayos no cayeran donde estaba ella. Sobre todo tenía que seguir hablando. La exageración y la grandilocuencia eran una de las normas de este mundo y, hablando en términos cinematográficos, ella era la protagonista femenina.
–Eso es. Suelta todo lo que llevas dentro. Libera tu furia. Esperaré a que estés más tranquilo –y, antes que le flaqueasen las piernas, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.
Aquello desconcertaba al chico que no comprendía como ella no estaba asustada. Los rayos caían cada vez más cerca, abriendo cráteres en el suelo y levantando multitud de piedras que eran atrapadas por el torbellino y arrojadas con gran velocidad. Los edificios absurdamente inclinados, cayeron al suelo como si, de repente, la fuerza de la gravedad se hubiera acordado de ellos.
–¡Basta! No quiero hacerte daño –gritó José Miguel con lágrimas en los ojos. Acto seguido cayó de rodillas en el suelo, llorando, gritando y golpeando el suelo con el puño.
–¿Basta? Yo no estoy haciendo nada. Simplemente estoy esperando a que quieras hablar conmigo –y optó por callarse para que no se le notase el temblor que le producía su acelerado corazón. Aprovechó la pausa para suspirar disimuladamente pues ya se veía destrozada por la locura de aquel chico.
Esperó a que José Miguel acabase de llorar y lamentarse.

VIII
José Miguel se recuperó del sofoco. Levantó la vista y miró a la chica. Ella le mantuvo la mirada, asintiendo ligeramente con la cabeza. Estuvieron largo rato mirándose mutuamente, sentados en el suelo. La tormenta se había disipado y las nubes habían vuelto a ascender a las alturas y allí se quedaron girando suavemente. Vanesa estuvo esperando que José Miguel le dijera algo, lo que fuese, para entablar una conversación, pero él seguía mirándola atrapado en su timidez. Incomoda por el escrutinio al que estaba siendo sometida decidió tomar ella la iniciativa.
–¿Te parece que vayamos a un lugar más cómodo? ¿Un café quizás?
–Conozco una cafetería que está bastante bien –dijo José Miguel y acto seguido se levantó del suelo.
Ella lo imitó y le cedió el paso para que él guiase.

IX
La cafetería estaba decorada con ambiente “retro”. Con sofás colocados junto a la pared, y una pequeña mesita a los pies. Lo justo para dejar las bebidas. Colocados por doquier habían objetos antiguos de diferentes épocas, dándole al lugar un aspecto recargado.
Acomodados en uno de los sofás y con los respectivos cafés en la mesita, Vanesa inició la conversación halagando al chico.
–Lo de antes ha sido espectacular. Has conseguido un dominio total de los elementos.
–No. Perdí el control. No dominaba nada, de hecho era la furia la que me dominaba a mí.
–No tenías porqué enfurecerte. Es lógico que mientras tú eres el único que hace y deshace todo va bien, pero cuando hay otra persona las cosas ya no son igual. Este mundo está hecho a tu gusto, es como a ti te gustaría que fueran las cosas. Pero mis gustos son diferentes y eso no lo puedes cambiar.
–Tú no tenías que controlar nada, solamente “estar”.
–Eso no lo entiendo. Por favor explícate –dijo Vanesa mientras se recostaba en el sofá dispuesta a escucharlo.
José Miguel, perdida ya parte de la timidez, sonrió al verla en tan sugerente posición, y se acomodó él a su vez. Le contó cómo había aprendido a evadirse a su particular mundo imaginario, cómo disfrutaba imaginándose sus propias historias en él. Hasta que se fijó en ella. La veía venir por la noche normalmente sola y a veces acompañada de alguna amiga. De vez en cuando con algún chico que despertaba sus celos. En ese punto se desvió del tema principal, y le comentó cómo, cuando estaba celoso, su mundo se corrompía más y aparecían extraños personajes malvados. Retomó el hilo y le contó cómo, el día que llegó ella enferma, transfirió la mente de ella a su mundo de fantasía.
–¿Pero cómo es eso posible? –intervino Vanesa.
–El poder de mi mente. No fue fácil. Tuve que hacer un gran esfuerzo y tu debilidad me ayudó a conseguirlo.
Vanesa se quedó muda, pensativa, mirando a la nada. Al ver que no le prestaba atención, José Miguel se quedó en silencio observándola. Así estuvieron largo rato hasta que ella le miró directamente a los ojos y tras incorporarse en el sofá le dijo severamente:
–Devuélveme a mi cuerpo.
La dura actitud de Vanesa sorprendió al chico que no se lo esperaba.
–N–no –respondió dubitativo.
La penetrante mirada de ella le incomodaba e incluso llegaba a asustarle.
–Te tengo donde quería y no voy a dejarte marchar. Aquí nadie interferirá, nadie nos molestará.
–No pienso repetírtelo –dijo la chica con un tono seco y frío.
–¿Qué…
Vanesa se levantó y se marchó decidida de la cafetería, dejando a José Miguel con la palabra en la boca.

X
José Miguel seguía llevando su doble vida; en el mundo real y en su fantástico mundo. Cada vez que volvía a sumergirse en su propio mundo iba en busca de Vanesa, y, por cierto, cada vez le costaba más encontrarla. Ella estuvo mucho tiempo buscando la manera de evitar al muchacho. Cuando conseguía dar con ella se la encontraba sentada con las piernas cruzadas en postura de meditación, con los ojos cerrados y la respiración lenta y acompasada.
Llegó el día que no la encontró. Por mucho que buscó por todo su mundo no la encontró. Usó todo su inmenso poder para localizarla y ni aun así. Se puso nervioso, y una mezcla de frío y calor le recorrió de arriba a abajo. ¿Dónde estaba? No podía ser que hubiera regresado al mundo real. Solamente él tenía ese poder. Pero eso no le tranquilizaba. Tenía que comprobarlo. Regresó al mundo real para averiguar si ella se había despertado del coma.
XI
Vanesa estuvo mucho tiempo dedicándose única y exclusivamente a meditar y concentrarse en volver a su cuerpo. Las técnicas de relajación aprendidas en las clases de yoga le ayudaron a conseguirlo. Conforme iba mejorando, a José Miguel le costaba más encontrarla, hasta que lo consiguió. Abandonó el surrealista mundo y despertó en su cuerpo, en la habitación del hospital donde estaba ingresada.
Debido al largo periodo de inactividad, su cuerpo le respondía con lentitud, pero no podía perder el tiempo, tenía que levantarse y acabar con el causante de todo aquello. Estuvo intentándolo durante mucho rato hasta que llegó el equipo médico y le retiró todos los cables y tubos que tenía conectados. Un rápido examen reveló que el estado de salud era bueno, como hasta ahora, pero con la diferencia que ahora estaba consciente. El equipo de fisioterapia trabajó de inmediato masajeando sus músculos y articulaciones y, como si su cuerpo estuviera conectando las funciones corporales una a una, éste fue respondiendo a sus órdenes y antes de lo que esperaban ya era capaz de caminar, hablar y moverse con total libertad. Cuando, pasado un tiempo, pudo moverse, consideró que ya había descansado suficiente y tenía una tarea urgente. Con dificultad se puso su ropa y con más dificultad aún salió con disimulo del hospital rumbo a la casa de su secuestrador.

XII
Cada vez que regresaba al mundo real, José Miguel, despertaba de su inconsciencia en su cama, que era el lugar donde dejaba su cuerpo para internarse en su imaginaria realidad. Este despertar fue distinto y no por estar empapado en sudor y algo mareado debido al esfuerzo de la búsqueda. Llevaba días sin encontrarla, pero no podría esconderse mucho más tiempo. Abrió los ojos y vio horrorizado el enloquecido rostro de Vanesa que, plantada junto a su cama, empuñaba un enorme cuchillo de cocina. Sin darle tiempo a reaccionar le clavó el cuchillo en el hombro, retirándolo rápidamente. El muchacho lanzó un grito de dolor y miedo y, sujetándose el hombro herido, intentó evadirse tirándose al suelo en un lado de la cama. Ella rodeó la cama y ante los intentos de él por levantarse, le propinó una tremenda patada en el estomago que lo dejó sin aliento.
–No querías dejarme marchar. Querías que fuese tu juguete para siempre, pero ya lo ves, he conseguido volver y ahora me voy a asegurar que no le hagas lo mismo a nadie más. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad y a ti te falta la mitad del binomio.
El dolor no le dejaba responder, pero la interrogante mirada llegó hasta Vanesa.
–Deberías preocuparte por tu vida, en vez de preguntarte cómo he salido –y, sin dejar de amenazarlo con el cuchillo, le contó como lo había conseguido. –Todo es una cuestión mental. Es cuestión de concentrarse y permanecer ajeno a todo. Hace falta mucho tiempo para conseguirlo, pero no sé por qué, yo lo he conseguido relativamente pronto. Las ganas de escapar, supongo.
Al verla más tranquila, José Miguel hizo intención de levantarse del suelo, pero el dolor se lo impidió, quedándose sentado en el suelo.
Vanesa lo miró y sin mediar más palabras le clavó el cuchillo en la cara, matándolo prácticamente en el acto.

XIII
Sabía que se pasaría mucho tiempo en aquella celda, pero eso no le importaba, ahora ya no. Las revisiones médicas dedujeron que los desvanecimientos periódicos eran secuelas del coma en el que había estado sumida. Algunos especialistas sospecharon de la posibilidad de contagio, pues las internas más conflictivas empezaron a sufrir los mismos síntomas, y tras despertar… no volvían a molestarla.

Gregorio Sánchez. Noviembre 2005.
(Publicado en 2010 en el libro "Relatos de Gregorio Sánchez" de Gregorio Sánchez. I.S.B.N.: 978-84-614-0192-5 - Depósito Legal: A-409-2010)

El relato en pdf: La realidad a su medida

lunes, 1 de diciembre de 2008

La obra cumbre

I
Recorrió la ciudad en busca de un lugar alto. Lo más alto posible. Pero la altura no lo era todo, tenía que tener ese encanto de la arquitectura antigua. Con ennegrecidas gárgolas que vomitaban el agua de lluvia que recogía el tejado. Llegó frente a la iglesia de estilo gótico y la decepción le subió por el esófago hasta amargarle la boca. Estaba en estado ruinoso y parcialmente derruida. La gente había rezado, suplicado su salvación, y cuando esta no llegó, la furia los dominó convirtiéndolos en una turba que destruyó el templo. Los más religiosos no perdieron la esperanza; perdieron la vida entre sus muros. Ya tenía la boca tan repleta de decepción, que le dolía. Inspiró profundamente y con un grito de rabia la expulsó; quedándole, eso sí, la amargura en la garganta.
–Cabrones. Malditos seáis –gritaba. –Era un lugar ideal. Podía haber quedado estupendo.
La maldición se perdió entre las callejuelas adyacentes sin encontrar respuesta. Nadie le contestó. Nadie le miró, y el silencio volvió a remansarse a su alrededor.
Giró en redondo y se encaminó al bar para ahogar las penas en alcohol. El local estaba patas arriba, todo roto y destartalado. Rebuscó detrás de la barra por si había sobrevivido algo. Un par de desnudas botellas de vino habían resistido heroicamente el asalto. El resto de compañeras habían caído, derramando sus entrañas por el suelo. Las sacó de su escondrijo y volvió a la plaza. Se sentó en el respaldo de un banco, como era su costumbre, y dejó que la bebida le guiase en sus divagaciones.
No tenía mucha idea de, cómo él mismo decía, “se había ido la humanidad a la mierda”. Pero le daba igual. Había encontrado restos de periódicos y se había hecho una idea. Una mortal epidemia se había cargado a millones de personas. Podía haber venido con un meteorito o, como decían otros, haberse fugado de un secreto laboratorio bioquímico. A estas alturas le importaba poco. Los focos de la enfermedad salían por doquier, arrasando la vida a su alrededor. Sin tiempo ni medios para enterrarlos, los muertos generaron otras epidemias que durante meses acabaron con más gente, creando caos y destrucción... y muriendo más gente. Los supervivientes enfermaron, enloquecieron, o ambas cosas. A partir de ahí dejaron de haber informaciones.
De todas maneras le daba igual cómo ocurrió, el caso es que ahora estaba solo, solo y borracho frente a una iglesia que no le servía para nada.
Apuró la botella y cuando se levantó comprobó con fastidio que ni siquiera estaba borracho. El cabreo actuó como un resorte y lanzó la botella vacía, estrellándola contra la pared de la iglesia.
La segunda botella de vino marcó un cambio en sus pensamientos. Perdido el romanticismo de la iglesia, decidió hacer una obra más urbana y cosmopolita. Iba a exponer en el edificio más alto de la ciudad. Aprovechando que todavía estaba sobrio, se dirigió al “Tornillo”, que era como se conocía popularmente el rascacielos. Llevándose la segunda botella consigo, emprendió el camino hacia el singular edificio con forma espiral. Continuó bebiendo y la cantidad de alcohol en el cuerpo le fue soltando la lengua. Elevando la voz a medida que disminuía el vino de la botella, fue compartiendo consigo mismo sus cavilaciones espirituosas.
– “Mediocre artista polifacético”. Vaya un titular de mierda puso el crítico ese listillo en la página de cultura. Vale que vino poca gente, pero si la galería hubiera aguantado algo más de dos días... Menos mal que ya estaba montada si no todavía la habrían cancelado. ¡Cabrones peseteros! Ni siquiera el reclamo de mi último CD atraía a la gente. “Viajes Binarios”, qué título más auténtico. Con las tres mil copias que vendí, más las que se subdistribuyeron, debía de sonarles algo. Pues ni aun así. Encima el de la discográfica va y me dice: “Ánimo chaval. Sigue trabajando y tarde o temprano triunfarás”. Los mandé a tomar por el culo.

II
Anduvo por las estrechas calles de la parte vieja de la ciudad. En esta zona los cadáveres estaban amontonados en ambas aceras. Con el tiempo habían dejado de emitir el nauseabundo olor de la descomposición, pero seguía siendo una terrorífica visión. Aceleró el paso para salir lo antes posible de allí. Al sortear un montón de cadáveres tropezó con uno. La patada desprendió el cráneo, que rodó un par de metros por la empedrada acera. Un grupo de cucarachas salió por las cuencas vacías de la calavera y corrieron en busca de otro refugio.
–¡Puag, qué asco! –exclamó. –Me he acostumbrado a ver muertos desparramados por ahí, pero nunca soportaré a las asquerosas cucarachas. Podían haberse muerto ellas también.
Salió del barrio viejo y tomó la avenida principal. Esta estaba vacía. Ni muertos, ni coches, ni nada de nada.
–¿Por qué fueron a morirse a las callejuelas? –preguntó, esperando que alguien le diera la respuesta que no llegó.

III
Aquel artículo del periódico lo había sumido en una profunda depresión. Se encerró en su ático y se aisló del mundo exterior que no le comprendía.
–Les obligaré a reconocer mi talento. Se van a enterar de lo que es arte. Se creen más listos que nadie y no tienen ni puta idea.
Desconectó la comunicación con el mundo exterior. Compró comida para varios meses y se dispuso a crear. Alternaba su tiempo entre el lienzo y el piano. Componía acordes que luego mezclaba con el ordenador. Otras veces hacía danzar el pincel al ritmo de músicas varias.
–La soledad permite al artista conocerse a sí mismo. El aislamiento permite a la creatividad surgir de las entrañas de su ser –se repetía a menudo para darse ánimos.
Hasta su ático llegaba el ruido de los tumultos callejeros, pero los ignoró. El mundo podía enloquecer si quería, pero eso no le iba a afectar. Los paneles solares evitaron que los cortes de electricidad perturbaran su creación. Continuó con su trabajo.

IV
Tenía a la vista el rascacielos y a medida que se acercaba le iba impresionando más lo que veían sus ojos. La mole de cemento y cristal estaba parcialmente quemada, con varios ventanales rotos, como cuencas vacías de una cara deforme. Varios vehículos estaban convertidos en chatarra, víctimas de un accidente múltiple. Las auténticas víctimas habían quedado atrapadas en su interior sin que nadie las rescatara. Pero lo que le paralizó de horror fue la numerosa cantidad de cuerpos que habían agrupados en la ancha acera.
La visión de los cuerpos estampados le obligó a taparse la cara con las manos. Las lágrimas resbalaban por sus muñecas y cuando las piernas no lo sostuvieron cayó de rodillas. Sin apartar las manos de la cara, lloraba sin cesar.
–A estos no los han amontonado, se han amontonado solos– dijo mirando hacia arriba. –Perdieron la chaveta y como lemmings suicidas, se tiraron en masa desde lo alto.
Con los ojos todavía llenos de lágrimas, se levantó y corrió al interior del edificio. Una vez dentro del vestíbulo comprendió que el mundo le importaba más de lo que admitía. Instintivamente se dirigió a los ascensores, pero las puertas desvencijadas le recordaron que las escaleras eran la única opción para llegar a la cumbre. Mirando por el hueco de la escalera se confundía arriba con abajo. Los cuarenta pisos daban la sensación de ser un profundo abismo en vez de una interminable ascensión. Sus piernas se negaron a subir y regresó al vestíbulo a meditar la mejor manera de llegar a la azotea. Sus pensamientos tomaron otro camino y recordó el momento que volvió a salir a la calle después de meses de voluntario encierro.

V
Al abrir la puerta de la calle un tufo a muerte le golpeó por sorpresa aturdiéndolo hasta el punto de vomitar la bilis de su estómago vacío. Avanzó por la calle acompañado de la inquietud que prepara el camino al horror. El sonido de sus zapatos rebotaba en los edificios destacando entre el opresivo silencio. La inquietud llegó a su cumbre y al girar la esquina el horror, con el camino despejado, le envolvió, haciéndole dudar de su cordura. Basura amontonada, coches incendiados, escaparates rotos, casas destruidas y multitud de cadáveres esparcidos por doquier.
Volvió a marearse y reculando, cayó sentado en un portal. Llevándose las manos a la cabeza, intentó razonar.
–O estoy soñando, o me he muerto y voy camino del infierno.
Para comprobar si estaba soñando, fijó la mirada en sus manos y dejó que el tiempo transcurriera para que los acontecimientos llegaran hasta él. En sus sueños nunca había dejado la mirada fija en el mismo lugar. Siempre ocurrían acontecimientos consecutivamente.
Poco a poco volvió a levantar la vista y comprobó que todo seguía igual. Caos, destrucción y sobre todo muerte.
–Ya me extrañaba a mí que tuviera esa suerte. No estoy soñando.

VI
Agitó su cabeza para sacudirse los terribles recuerdos y volver a la realidad. Una realidad en la que no tenía ni idea de cómo subir los materiales a lo alto del rascacielos.
Cada vez que se acercaba a las escaleras se mareaba al pensar en los 40 pisos de altura. Eso le hacía volver a plantearse si hacerlo o no. Después de todo, una exposición sin público era un absurdo. Pero absurda era la nueva realidad, absurdo que todo el mundo le hubiera dado por morirse y él ni se hubiera enterado y como no se le ocurrió nada mejor que hacer, continuó preparando la absurda exposición.
La única opción era poner el ascensor en marcha y tras mucho pelear con él, lo consiguió. Durante días estuvo preparando la azotea del rascacielos para su gran obra, su obra cumbre y definitiva.

VII
El grupo de supervivientes conducían velozmente por las calles vacías. Sin código que respetar ni contrarios que vigilar, parecían estar compitiendo en una endiablada carrera. La noche cerrada permitía ver los faros del vehículo serpentear entre los coches abandonados hasta llegar a la base del rascacielos.
–¡Eh¡ Ahí parece que hay alguien. Mira las luces.
El conductor frenó en seco, obligando al coche a hacer un trompo y al otro coche a esquivarlo por los pelos. Un poco más adelante el otro coche también paró.
Estás tonto ¿o que? Casi me estampo contigo. –El que así hablaba era el conductor del otro coche que no se había apercibido de las luces en lo alto del “Tornillo”.
–Sshh. Escuha eso. –Le dijo el primer conductor al segundo mientras señalaba a lo lejos.
El otro miró a donde le indicaban, y al volver el silencio escuchó una música que llegaba hasta ellos.
El grupo de supervivientes era una pequeña comunidad de gente que pertenecía al selecto grupo que las estadísticas decían que se habían salvado de las sucesivas catástrofes. Se habían trasladado al monte, alejándose de las ciudades atestadas de muertos. Evitaban internarse en ellas, y cuando lo hacían, lo hacían protegidos hasta el extremo. Las ciudades se habían convertido en lugares malditos.
Los cuatro chicos bajaron de los vehículos todo–terreno y se quedaron boquiabiertos observando desde la base del rascacielos el despliegue de luz y sonido.
Otro chico algo mayor hizo una reflexión en voz alta:
– Lo que está sonando no es muy allá, pero después de tanto tiempo, suena a gloria.
Una de las chicas del grupo que miraba con unos prismáticos llamó la atención de los otros.
–Hay alguien arriba. Parece un tío con una gabardina. Y está…. está bailando.
–Será otro que se la “ido la olla”– dijo el chico pelirrojo.

VIII
Frente al cuadro de grandes dimensiones bailaba un chico, agitando su gabardina como si se tratase de una capa. En el cuadro se reflejaba una iglesia de dimensiones imposibles, donde destacaban la cantidad de gárgolas y criaturas de leyenda talladas en ella. De fondo una apocalíptica ciudad ardía pasto de las llamas. Rayos de luz de colores chillones atravesaban las nubes de espeso humo que cubrían los edificios y convergían en una robótica figura humana que, con los brazos extendidos, parecía orquestar la destrucción de la ciudad en el pórtico de la iglesia. La machacona música hacía las veces de banda sonora, dándole al conjunto un efecto devastador.
En uno de los giros de su alocada danza, el muchacho vio a los cuatro chicos que acababan de llegar a la azotea y su cara, desencajada por la locura, sonrió.
–Las almas de los muertos asisten al espectáculo. Jua, jua, jua. –Gritaba como un poseso.
Su cuerpo no aguantó más, y agotado cayó al suelo inconsciente. En la penumbra previa a la inconsciencia pudo ver como lo recogían del suelo y pudo oír una angelical voz femenina que decía:
–Pobre chico, está al borde de la locura, si no la ha encontrado ya. Por lo menos no se ha tirado abajo como otros tantos. Nos lo llevaremos a ver si se recupera.
Cargaron el cuerpo inconsciente del muchacho en el coche y salieron de la ciudad, dejando que la luz y el sonido acompañarán a los muertos a los que poco les importaba si era una obra de arte o no.

Gregorio Sánchez. Junio 2006.

(Publicado en 2010 en el libro "Relatos de Gregorio Sánchez" de Gregorio Sánchez. I.S.B.N.: 978-84-614-0192-5 - Depósito Legal: A-409-2010)

El relato en pdf: La obra cumbre