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miércoles, 17 de febrero de 2021

Un viejo dragón

Era un viejo dragón desdentado al que su peso le había hecho perder la gracilidad de una serpiente, aunque había ganado su astucia. Sus alas crujían estrepitosamente al desplegarlas, mientras sus felinos ojos se entornaban en una mueca de dolor que le obligaba a abrir mucho sus fauces para aspirar todo el aire que le rodeaba, creando un vacío a su alrededor que impedía oírse cualquier terrible rugido. Apoyado en sus zarpas, demasiado largas y que se enroscaban como las de un perezoso colgado de una rama, agitaba su cola como un gato juguetón.

El caballero lo miró con una mezcla de pena y asombro ¿Cómo era posible que todavía siguiera vivo? Nadie había intentado darle caza en su incalculable tiempo de vida.

Se frotó las manos ante lo sencillo de la tarea, tan sencilla como carente de mérito para conseguir fama. Por lo menos la fortuna estaba garantizada, ya que como dragón viejo que era, tendría atesorado una gran cantidad de monedas y joyas.

El caballero sonrió y preparó sus armas.

El dragón sonrió astutamente con sus extrañas fauces y dejó caer las alas torpemente, levantando una nube de polvo que invadió el vacío provocado por su bostezo, con remolinos que danzaban a su alrededor. Aquel era otro pobre imbécil que se iría con las manos vacías. No se llevaría tesoro alguno, ya que los incontables ladrones le había dejado las arcas vacías y, aunque lo matara, cosa no muy difícil por otra parte, nadie sabría si lo había vencido o el monstruo había muerto de un achaque; por lo que su fama no se vería aumentada y menos aún la gloria.

Todavía quedaba la esperanza del fuego, ese terrible infierno desencadenado desde las entrañas de su enorme panza, acelerado por su largo cuello y expulsado por su gran boca.

El dragón inspiró de nuevo, los remolinos de polvo se disolvieron a toda velocidad, entrando incluso en sus pulmones, los ojos se le enrojecieron, brillaron y el pecho hinchado crujió. El caballero se protegió con el escudo, como había entrenado miles de veces, y preparó su espada para atestar el golpe justo después de la llamarada.

Un boqueo dio lugar a un gorgoteo para acabar en una tos profunda y ronca que lanzó la polvareda, cubriendo al caballero de un barro pegajoso, aunque caliente, eso sí.

La épica acabó con el caballero marchándose cabizbajo, arrastrando la espada que dejaba un sinuoso rastro en el suelo y tirando asqueado el escudo a un lado, que quedó amontonado junto a otros tantos escudos mugrientos.

El dragón se enroscó y sumergió en la cálida laguna burbujeante mientras ronroneaba hasta quedar dormido otra larga temporada.

GS.

Autor: Gregorio Sánchez Ceresola. 16-02-2021

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

viernes, 3 de abril de 2020

La Bruja y La Muerte

Solamente se oía un rumor a lo lejos. Un murmullo que se iba acercando a la ciudad, hasta distinguirse el ronroneo ronco de una motocicleta de las de tipo custom. Una de esas personalizadas al gusto del usuario, donde el estilo y la comodidad están por encima de la velocidad. Apliques cromados destacaban los detalles sobre el negro generalizado. A juego con su montura, una figura femenina, alta y delgada, cuya juventud le permitía lucir una espesa melena negra que sobresalía por debajo del extraño casco; tan negro como su ropa de cuero que se ajustaba destacando su esbeltez.
Cualquier curioso que observara su chaqueta larga ondeando a modo de capa, sentía la extraña sensación del tiempo ralentizándose mientras cruzaba ante sus ojos. Ella le devolvía la mirada con sus ojos inquietantes, para luego alejarse a toda velocidad.
La Muerte disfrutaba con aquello.
\`´/
En aquel claro de lo más profundo del pantano, una mujer de mediana edad colocaba piedras blancas en el suelo formando un pentagrama, sobre el que revoloteaba una nube de mosquitos. El viento mecía una multitud de tétricos monigotes hechos con ramitas y cuerdas, que colgaban de las ramas de los árboles. Parecían bailar al ritmo del mantra incomprensible, pero repetitivo, que recitaba la mujer.
Solamente los llantos y las quejas de una chica atada y amordazada, ponían una nota disonante a aquella puesta en escena que algunas ratas miraban curiosas. Hasta el monigote que le colgaba del cuello parecía bailar encima de la abultada barriga que denotaba un avanzado embarazo.
Visiblemente molesta, la mujer ordenaba callar a la chica, aunque en un tono suave pero firme; como si le llamara la atención a una niña.
Una vez hubo terminado los preparativos, cogió a la chica por los pelos, descartando cualquier miramiento, y la arrastró al centro del pentagrama. Las ratas que campaban por allí, huyeron asustadas. Tras atarla con fuerza a unas estacas, sacó de su mochila un cuchillo de grandes dimensiones. A pesar de la mordaza, los gritos retumbaron por todo el pantano.
\`´/
Sonia no aguantaba mucho rato sentada en la sala de espera de aquel Centro de Salud. Se levantó a mirar por el ventanal, al tiempo que una moto negra con apliques cromados paraba frente a la puerta. La chica que la conducía se bajó y, deslizándose entre la gente que entraba y salía, se dirigió al interior del control de salud.
Sonia recordó su situación y unos gruesos lagrimones se deslizaron por sus mejillas. Buscó instintivamente un pañuelo en su bolso y, tras un rato de búsqueda infructuosa, una delicada mano femenina le ofreció uno de color morado.
-Gracias. No quiero que me lleve La Muerte -dijo Sonia mientras le devolvía el pañuelo a la chica del pelo negro que vestía con el traje de cuero ajustado-.
-Es humano querer eludir a La Muerte -dijo la otra chica con calma.
-Mi vida es un fracaso. Siempre con dolores, molestias y médicos incompetentes que solamente piensan en su propio ego.
-Tú te lo has buscado. Si hubieras tomado precauciones en su momento, ahora no te verías en esta situación.
Sonia volvió a sentarse y volvió a sollozar mientras se frotaba la abultada barriga.
-No creí necesitar precauciones. Ahora, encima, para complicar la cosa... Ésto. ¿Sabes que conforme crezca acabará con mi vida?
-No creo que La Muerte quiera llevarte antes de tiempo -dijo la otra muchacha mientras le volvía a tender el pañuelo.
Sonia se secaba la cara mientras miraba al suelo.
-De todas maneras nadie la ha evitado -dijo resignada.
-Algunos lo han intentado, pero tarde o temprano la han acompañado al más allá.
Las dos se quedaron en silencio, pensativas, mientras observaban a una señora mayor que acababa de llegar.
-Solamente una persona ha conseguido evitarla, de momento. Si buscas sobre Agustina Méndez y averiguas cómo lo hizo, puede que te ayude con tu problema.
-¿Agustina Méndez? ¿Quién es Agustina Méndez? -preguntó Sonia mientras buscaba a la chica del traje de cuero, que había desaparecido.
La señora que acababa de llegar negaba con la cabeza al sentirse aludida.
\`´/
Sonia se había volcado en la rutina diaria en un intento de no pensar mucho. Sin embargo, el estrés le producía el efecto contrario e incluso le provocaba dolores abdominales. Aquella mañana caminaba deprisa por la calle, con la carpeta de documentos bajo el brazo, cuando le sonó el teléfono móvil. Miró un rato aquel número que no tenía entre sus contactos, intentando reconocer su origen. Descolgó por si fuera algún cliente.
-¿Dígame? ¡Ah! Eres tú. ¿Desde dónde me llamas?
Una motocicleta pasó en ese momento por su lado a toda velocidad.
-Sí, te oigo. Es igual, es que estoy en la calle, pero dime, dime ¿qué has averiguado de Agustina Méndez?
Sonia se apartó de la calzada en un intento por reducir el ruido del tráfico.
-¿No me digas que existe? Pero esa será otra, o bueno, a lo mejor es descendiente ¿Sabes la dirección?
La respuesta la dejó tan sorprendida que detuvo su apresurado paso.
-¿Aquí, en la ciudad? Para que digan que las casualidades no existen. Mira, hacemos una cosa, mándame el libro donde está la historia. No tranqui, no ocurre nada es algo que quiero comprobar, ya te contaré. Gracias.
\`´/
Sonia deambulaba por el casco antiguo de la ciudad. Había dejado atrás las calles anchas de los barrios más nuevos, construidos alrededor de las desordenadas y casi laberínticas callejuelas del centro. Avanzaba entre los edificios de tres o cuatro plantas, con fachadas oscurecidas por la humedad. Entre ellos, de vez en cuando, alguno destacaba en la estrecha calle por su altura, dándole la sensación de que se le caería encima al mirar la cúspide.
Algo le decía que no era en esos más altos en los que tenía que mirar puerta a puerta, timbre a timbre.
Se detuvo ante uno de cuatro plantas, de esos con pequeños balcones, que más parecían ventanales con barandilla y de los que bajaban chorreras negras en la fachada, provocadas por la lluvia. Comprobó sus notas donde llevaba los datos sobre la mujer que buscaba y aquel debía ser el sitio. El anticuado interfono solamente marcaba el piso junto al correspondiente pulsador amarillento.
Apretó un par de veces, sin estar seguro si sonaba o no. Esperó un poco, sin atreverse a insistir. Una voz ininteligible le contestó, entre pitidos y crujidos.
-¿Hola? ¿Hola? Busco a Agustina Méndez.
Entre una variedad de ruidos, Sonia distinguió un:
-Dé... jelo... portería -sonó un persistente chasquido y se abrió la puerta.
El desconchado mostrador destacaba en la oscuridad. Sonia buscó el interruptor de la luz y al accionarlo, otro chasquido dio paso a un persistente sonido de reloj. Una tímida luz iluminaba rellano tras rellano, dejando el resto de la escalera a la intuición del que subía.
Plantada ante la puerta de la vivienda que creía que buscaba, el temor le hacía dudar si tocar el timbre o no. El sonido de una vieja mirilla al otro lado de la puerta le hizo decidirse, pero nadie abrió. Volvió a pulsar el timbre.
Se escucharon algunos cerrojos y la puerta se abrió lo que una cadena permitió. Al otro lado, una mujer de mediana edad la miraba desconfiada.
-¿Quién es? ¿Qué quieres? -preguntó, protegiéndose con la puerta.
La chica dudó y dijo lo primero que le pasó por la cabeza.
-Hola, me llamo Sonia Abad y soy..., soy del Ayuntamiento -mintió-. Busco a Agustina Méndez.
-Yo soy Agustina Méndez. ¿Qué quieres?
En ese momento, a Sonia, un intenso dolor de barriga le hizo retorcerse y caer al suelo. Agustina cerró la puerta con fuerza, dejando a la chica en el suelo, quejándose y manchándose de sangre. Las palabras que le dijo la chica de negro en el Centro de Salud resonaban en su cabeza:
-Averigua como lo hizo Agustina Méndez.
Al poco se abrió la puerta, salió la mujer e introdujo a Sonia en su casa entre maldiciones.
\`´/
Sonia despertó al abrir la puerta en la que salía luz, y a la que acercó caminando mareada por el irreal pasillo, de aquel sueño.
\`´/
Agustina entró al poco con una infusión. La chica se levantó de la cama y fue en busca de sus pantalones.
-Parece que ya te encuentras mejor. Tómate esto, te hará bien -dijo la mujer.
-¿Qué ha pasado? -preguntó Sonia.
-Un desvanecimiento.
Cuando la chica encontró sus pantalones se quedó estupefacta al contemplar que estaban manchados de sangre. Aturdida, se volvió sentar en la cama.
-Esto no es un desvanecimiento, esto es una hemorragia -se alarmó Sonia.
-No es para tanto. La sangre es muy llamativa y no ha sido más que unas gotas. En tu estado, a veces ocurre.
-¿Estado? ¿Qué estado? ¡Oh! No es lo que usted se cree.
Pero Agustina no le dejó continuar y le ayudó a tomarse la infusión.
-No hagas esfuerzos si no quieres volver a sangrar. Tómate las hierbas.
-¿Es usted médico?
-Algo parecido. Hace mucho tiempo me dedicaba a remediar los pequeños males de mis vecinos.
-Eso suena a curandera.
-Hoy día la gente ya no cree en el poder de los remedios ancestrales -se lamentó la mujer.
-¡Ah! Pues yo sí que creo. Cuando era pequeña, tenía muchos dolores de barriga -explicó Sonia-. Entonces mi madre me llevaba a casa de una señora que me daba unas hierbas, que sabían horrible, pero me aliviaban el dolor.
Sonia se quedó pensativa unos momentos, mirando su propia barriga.
-Y ahora cuando todo parecía ir bien -se lamentó-, voy y... y me pasa esto.
Agustina miró complaciente a la chica y le sonrió.
-Vamos, vamos. Eso es una bendición
-¿Bendición? ¿Pero qué dice? No sabe usted lo mal que lo estoy pasando.
Agustina cambió su amable expresión. Con gesto serio e incluso preocupado miró fijamente a Sonia y le dijo:
-Sí que tienes mala suerte, sí.
\`´/
Sonia caminaba por la acera cuando el potente ruido de una moto le hizo girarse y comprobar como la chica de la ropa de cuero había parado junto a ella.
-Hola -saludó la muchacha-.
La chica de la moto no le contestó y se quedó mirando, con sus grandes ojos cargados de rímel, fijamente el monigote de ramitas y cuerdas que Sonia llevaba colgando del cuello.
-Veo que has encontrado a Agustina Méndez -le dijo por fin-.
-Sí. Es una mujer muy extraña. Da un poco de miedo, por lo rara, pero me regaló un amuleto.
La otra chica alargó su mano fina, haciendo destacar sus largas uñas negras, para verlo de cerca. Sonia lo agarró con fuerza, protegiéndolo.
-¡Es mío! -dijo bruscamente-.
-¿Recuerdas cuando me preguntaste si alguien había evitado a la muerte? -explicó, retirando la mano para apartarse el pelo que le caía sobre el rostro-. Ella es muy hábil en el arte del engaño.
Sonia se quedó pensativa, absorta contemplando los penetrantes ojos oscuros de la otra chica. Unos ojos que podían asustar, pero que también podían revelar lo más oculto de cada ser.
-Espera, espera. Agustina me contó una leyenda de hace muchos años atrás, cuando me ayudaba a ir hacia el salón de su casa.
\`´/
-En una época en que el arte de la curación se basaba en hierbas y ungüentos -decía Agustina mientras servía unas infusiones-. Un año de sequía, el pueblo acusó a la curandera de haber envenenado el pozo. Fue sometida a tormento y tras confesar su culpabilidad, fue expulsada del pueblo.
-Lo raro es que no la quemaran -replicó Sonia absorta en el humo de la infusión-.
\`´/
-Ahora ya era una bruja -dijo la otra chica, apoyada en el manillar de su moto y con la mirada perdida en la lejanía.
-Estando en su casa -continuó Sonia- me volvieron los dolores de barriga. Agustina se acercó a una cómoda. Murmuraba que tenía algo que me podía ayudar. Sacó esto, y cuando le pregunté que era, me dijo que era un amuleto protector.
Sonia aferró el colgante con más fuerza, antes de continuar.
-Me asusté un poco y en vez de ponérmelo fui a guardarlo en el bolso. Ella me sujetó las manos y me dijo:
-Como buen amuleto, solamente te hará efecto si realmente crees en él.
-Aquello sonaba a brujería, y así se lo dije. Me sujetó por los hombros y se puso muy seria. Me dijo que yo no sabía lo que es brujería. Entonces sí me asusté. La obligué a soltarme y me marché.
\`´/
Sonia era de la opinión que cada uno tiene su lugar y hasta su momento para leer. El de ella era aquella cafetería que parecía más vieja de lo que era. Diseñada con múltiples rincones donde perderse en la lectura sin molestias externas.
Pidió su habitual copa de vino, pero las molestias le hicieron cambiar a una infusión. Sacó un libro bastante viejo, lo abrió por una señal y comenzó a leer: “Fue expulsada del pueblo y se recluyó en el pantano donde las ratas, serpientes y mosquitos fueron su única compañía. Pero llegó una gran epidemia y la gente moría por doquier. El pueblo fue al pantano en procesión suplicando su ayuda.”
-Pero ella se negó -dijo una voz conocida.
Sonia levantó la mirada y vio, plantada frente a ella a la chica de la moto, sujetando dos cervezas. La invitó con resignación a sentarse. La otra chica inclinó la cabeza a modo de saludo, dejó una botella delante de Sonia y la otra ante ella. Apartó su larga chaqueta para no pisársela y se sentó cómodamente.
-Les dijo que nadie podía engañar a La Muerte -puntualizó la muchacha mientras le mostró la mitad de un grabado en el que se veía gente portando bastones con un monigote colgando, representando los muertos por la epidemia.
-Mentía. Ella había encontrado la manera -dijo la chica de negro, dejando bruscamente la cerveza en la mesa.
Con un rápido ademán cogió el amuleto del cuello de Sonia y lo miró con curiosidad. Sonia protestó y la otra respondió arrancándoselo de un tirón.
-¡Devuélvemelo! Es mío.
La otra chica se negó y comenzó a recitar de memoria:
-Desesperados, los campesinos le dijeron que pagarían lo que fuera. Ella les dijo que sus servicios les iba a costar muy caro.
Sonia se fijó en el amuleto que se balanceaba en la fina mano. Le pareció que del monigote salían pequeñas volutas de humo, que se confundían con las uñas negras, y así entendió que era parte del ritual de Agustina.
-Ya sé cual era el terrible pago -dijo Sonia para sí misma.
La chica de negro sonrió satisfecha y le devolvió el amuleto, que se volvió a colocar.
\`´/
Sonia volvió a recorrer el casco viejo de la ciudad, pero esta vez con paso decidido hacia un antiguo edificio que ya conocía. Parada ante la puerta, buscó con la mirada a la chica de negro, pero no la vio. Había desaparecido y ni siquiera escuchaba el rugido de su moto.
A pesar de la decepción, inspiró con fuerza para darse valor, y subió a casa de Agustina.
La mujer se hizo de rogar y Sonia tuvo que insistir hasta que le abrió.
-Vaya, eres tú otra vez -dijo con falsa sorpresa.
-Sí, soy yo y sé que usted es más de lo que parece.
Agustina entró en la casa, dejando la puerta abierta para que entrase la muchacha.
-Vaya ¿y qué crees que sabes? -dijo la mujer dirigiéndose al salón.
-La historia que me contó no es una leyenda. La curandera se transformó en una bruja, y esa bruja es usted.
Sonia sujetó el amuleto y le dijo que era el mismo que colgaba en su cabaña del pantano.
-Eso no explica nada -dijo Agustina sentándose despacio frente a una mesa-camilla-. Además ocurrió hace muchos años y como puedes comprobar no soy tan vieja.
-No lo aparenta porque ha conseguido engañar a La Muerte.
Agustina invitó a Sonia a sentarse, quien accedió y sacó el libro. Le mostró el grabado completo donde mostraba gente con bastones de los que colgaba un monigote, que representan los muertos por la epidemia, frente a una chica embarazada atada a un pentagrama en el suelo y a la bruja con un feto en una mano y un gran cuchillo en la otra.
-Si soy quién crees ¿por qué has venido otra vez aquí?
-Por... curiosidad -dijo Sonia con evidentes dudas-. Quería comprobar si realmente estoy en lo cierto.
-¡Mientes! -gritó Agustina en un estallido de locura-. No eres tan valiente ¿Quién te habló de mí? ¿Cómo te has enterado?
-La chica de la moto. La del centro de salud -dijo Sonia asustada ante la ceñuda mirada de la mujer-. Alta, delgada, pelo muy negro, ropa de cuero negro...
-Ojos penetrantes, hablar calmado -interrumpió la mujer- y aparece y desaparece misteriosamente.
Sonia asintió con la cabeza. Agustina se levantó golpeando furiosa la mesa y se acercó amenazadoramente a la chica.
-Maldita sea, eres una estúpida. Te ha utilizado como un títere para que hicieras lo que ella es incapaz.
Sujetó a Sonia por el amuleto y, pese a los esfuerzos de esta por deshacerse, una fuerza invisible le impedía moverse.
-Pero los años me han vuelto sabia y astuta -continuó Agustina a gritos-. No me encontrará y tú misma serás quién lo evite. El sacrificio de lo que llevas en tu vientre me permitirá ocultarme de ella... otra vez.
Apretó el amuleto y Sonia sintió cómo se asfixiaba. Soltó el aire en un grito antes de caer inconsciente.
\`´/
Al igual que el sueño anterior, Sonia avanzaba despacio por el pasillo. Caminando mareada y se fue acercando a una puerta entreabierta por la que salía una luz parpadeante, al compás de unos gritos... sus propios gritos. Abrió la puerta del dormitorio y, estupefacta, se vio a sí misma tumbada en una cama antigua, retorcida de dolor, mientras Agustina plantada ante ella canturreaba una letanía mientras esparcía unas hojas por su hinchada barriga que sangraba por unos cortes. Sonia en la puerta se quejaba, al tiempo que lo hacía Sonia en la cama.
-¡Empuja, zorra! -gritaba Agustina.
Sonia se esforzaba en cumplir las órdenes que le daba la bruja, hasta que notó como salía...
-¿Pero esto qué es? ¡Maldita seas! -dijo Agustina sorprendida.
Sonia, plantada en la puerta, veía como la sangre discurría entre sus piernas. Cuando levantó la cabeza vio a la bruja con un conejo despellejado en la mano. El animal giró la cabeza y miró a la mujer con los ojos saltones. Una mirada que asustó a Agustina, más incluso que la imposible sonrisa del animal.
\`´/
En una carretera solitaria, La Muerte se apoyaba en su moto. Su penetrante mirada se transformó en unos sangrantes ojos saltones que miraban a la lejanía.
-Ahora ya te tengo -sonrió satisfecha.
Arrancó la moto y salió a toda velocidad con el característico chirrido de las ruedas al patinar sobre el asfalto dejando una espesa humareda negra de neumático quemado.
\`´/
Sonia estaba ya consciente, aunque aturdida. Agustina la obligaba a caminar por el sendero que discurría por el pantano, llegando incluso a arrastrarla de los pelos. Llegaron a un claro donde las ratas campaban a sus anchas y las nubes de mosquitos danzaban entre los árboles. Ató las manos de la chica a un árbol y, tras descargar su mochila, se puso a dibujar un pentagrama, colocando cantos rodados, uno a continuación de otro; mientras hablaba con Sonia.
-Ella me odia porque aprendí a curar a la gente -decía Agustina-, evitando así que se los llevara. Volvió a la gente contra mí y consiguió que me desterraran a este infecto pantano. Juré que me escondería tan bien que ni ella me encontraría.
-¿Por qué yo? ¿Por qué tengo que ser yo la víctima de tu macabro ritual? -decía Sonia asustada.
-Te ha utilizado para llegar hasta mí, y eso es algo que no puedo consentir.
-Déjame ir y me alejaré de ti, tanto que no volverás a verme ni a saber nada de mí.
-Mira, eso es justo lo que me vas a ayudar a hacer. Es un ritual complejo en el que el sacrificio del feto crea un manto de oscuridad que ni la propia muerte es capaz de atravesar.
Sonia intentó razonar con la bruja.
-No es lo que crees, vieja loca. Te has equivocado. No estoy embarazada. Tengo un tumor que confunde los síntomas con los del embarazo.
Agustina miró a Sonia con desconfianza, dudando si era verdad o no lo que le decía. A pesar de las dudas, prefirió creer a su propio instinto.
-No te creo. Ahora el niño que llevas en tu vientre me permitirá renovar el manto de oscuridad.
Agustina se fue a por la mascarilla, de donde sacó un cuchillo de grandes dimensiones. A su regreso le llamó la atención algo que se movía entre los árboles. Sabía que no era una alimaña, pues esta la respetaban como una más. Su desconfianza le llevó a la conclusión que solamente podía ser “Ella”.
-Mierda, no sé cómo, pero me ha encontrado -pensó en voz alta-. Rápido, rápido, se me acaba el tiempo.
-Entonces el sueño era cierto. Me estabas preparando para este macabro ritual -dijo Sonia cuando Agustina regresó.
La bruja arrancó la blusa de Sonia, dejando al descubierto las marcas de su barriga. Mientras recitaba un incomprensible cántico, asestó una cuchillada a la chica. A pesar de estar atada, consiguió agitarse, y bien por eso, o por las prisas, Agustina falló el golpe y lo único que consiguió fue herirla en el costado.
Sonia miró a la bruja, pero realmente observaba a La Muerte que se acercaba, con paso tranquilo. A pesar del dolor, la chica sonrió al verse salvada por la propia muerte.
-Te has pasado de lista -dijo Sonia-. Ella ha venido a por ti, y te ha encontrado.
Agustina intentó una segunda puñalada, pero no pudo al tener sujeta la mano por La Muerte.
-Me has evitado durante mucho tiempo, pero ahora ese tiempo se te ha acabado. Esta chica dice la verdad. Lo que lleva en su vientre es La Muerte, pero no para ella, si no para ti.
La bruja fue perdiendo fuerzas, hasta caer rendida en el suelo. La Muerte la introdujo, sin ningún miramiento, en una gran bolsa negra.
Sonia volvía a marearse mientras miraba el charco de sangre.
-¿A mi también me llevarás? -preguntó.
La Muerte se giró hacia Sonia, haciendo ondear coquetamente su melena negra, y señaló las heridas con el dedo.
-Sí, pero este no es el momento. Has terminado tu trabajo, te devuelvo tu vida.
En ese momento se encogió dolorida, sujetándose la barriga. Se incorporó cuando se le pasó y tuvo tiempo de ver a La Muerte alejándose con el conejo despellejado en la mano.
\`´/
El ronco ronroneo de la moto se fue alejando hasta convertirse en un murmullo. A lo lejos, en la carretera, se pudo ver los ocasionales brillos de los apliques cromados que la bolsa negra situada detrás no conseguía ocultar.
\`´/
Sonia, maltrecha, despeinada y con la ropa hecha jirones, pasaba la mano por los muñecos colgados en las ramas, haciendo que se balanceasen, espantando las nubes de mosquitos. En la otra mano llevaba el libro y el cuchillo de la bruja.
-Te aseguro que cuando vuelvas no me encontrarás. Ahora sé como evitarte -hablaba con la locura instalada en su semblante.


Fin.
Autor: Gregorio Sánchez Ceresola. 01-04-2020

* Este relato es la adaptación narrativa de un guion que escribí en 2013 para un cortometraje que, de momento, no se ha llegado a rodar. Si alguién está interesado y tiene los medios para rodarlo, puede ponerse en contacto conmigo en mi correo electrónico.
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martes, 27 de agosto de 2019

Leyenda de perros y truenos


Cuenta una antigua leyenda que los perros del lugar, antaño no aullaban cuando los truenos amenazaban con romper el cielo, cubierto de nubarrones.
Un día, que nadie recuerda, llegó uno con conocimientos de más allá del valle. Uno que, con cada trueno, temía que el gran perro viniese a apoderarse de su manada. Por ello, tenía que aullar con más fiereza que el temible trueno, tenía que demostrar que él le haría frente, por muy grandes que fueran sus rugidos. El resto de perros permanecían en silencio, escondidos o ignorantes de lo que venía.
Y la tormenta llegó, y el viento zarandeó los árboles, obligándolos a inclinarse para saludar al monstruo. El perro aullaba sin cesar, respondiendo a los árboles que silbaban y susurraban que ya estaba aquí; y los rayos rasgaron las nubes, dejando caer el agua que atesoraban en su interior. Ya era tarde. El perro buscó el escondrijo más oculto, entre gemidos que alertaban a su manada a que lo imitaran. Algunos prudentes lo imitaron, pero los más ignorantes, valientes, o ambas cosas, decidieron hacer frente al que venía. Ladraron a rabiar, ladraron hasta quedarse afónicos y cuando no pudieron más, enseñaron los colmillos en señal de lo que le esperaba al intruso.
De las montañas bajó, arrasándolo todo a su paso, el gran monstruo. Una tromba de agua imparable que arrancaba árboles, e incluso arrastraba rocas, dejando un rastro de destrucción a su paso marcado por un río de barro.
La manada fue diezmada hasta casi su exterminio. Los supervivientes aprendieron, por las malas, que los truenos eran la presentación del monstruo que una vez casi acabó con ellos.
Desde entonces cada trueno, cada rayo e incluso el viento más feroz es recibido con aullidos de alerta.
Tiempo después, mucho más de lo que nadie podía recordar, otro vino de más allá del valle. De donde venía no existían tales monstruos. Allí todo era árido, llano y lejano... Muy lejano. Cuando llegó no ladraba ni aullaba y no entendía porqué el resto lo hacía. Vio que el miedo se había apoderado de esa manada y vio la oportunidad de erigirse líder. Si él no aullaba a los truenos, el resto dejaría de hacerlo. No fue así: el miedo era más poderoso que el propio recuerdo y él también acabó ladrando y aullando, para luego correr a esconderse del terrible monstruo. Un monstruo que nadie había visto, que nadie recordaba, pero que todos temían.

Texto e ilustración: Gregorio Sánchez Agosto 2019

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

miércoles, 28 de junio de 2017

Proyecto COBAYA-SUN2X

La tranquilidad del viaje en modo automático le permitió relajarse recordando momentos pasados, que no necesariamente gratos. Recordaba los paseos por la playa, sintiendo la arena bajo los pies descalzos. Recordaba como ella se quedaba detrás cada vez que recibía una llamada del laboratorio y anteponía el trabajo al placer. Recordaba aquel día que buscó su mano y encontró el espacio vacío que ella había dejado nuevamente al alejarse para contestar otra videollamada. Mientras él esperaba apurando la botella, ella era informada del resultado de los últimos cálculos y simulaciones, donde se predecía sí se podía rasgar el espacio-tiempo y saltar a otra parte del universo. A través de sus gafas de realidad aumentada consultaba los datos que indicaban la gran cantidad de energía necesaria para el salto, una energía que solamente podrían obtener de una llamarada solar. La veía sonreir, aunque lo hacía a medias ya que el salto sería totalmente aleatorio. Necesitaban pasar a la siguiente fase del proyecto.

La cápsula espacial había llegado a su posición tras un trayecto relativamente corto. Los últimos avances en motores espaciales reducían mucho el tiempo de viaje dentro del sistema solar. Pero su destino era uno mucho más hostil y peligroso; el propio Sol. Construido con los materiales más avanzados, el vehículo era capaz de soportar las extremas temperaturas de la cercanía al astro rey. Aguantaría lo necesario, hasta que una llamarada le transmitiese la energía necesaria para ser catapultado a otro lugar muy lejano, o muy cercano, dependiendo de las distintas teorías.
Aquella iba a ser la prueba definitiva de que el sistema era viable.

Estrés Nivel 0. Estable.
Aniceto desconectó los sistemas electrónicos que lo habían guiado a su posición y se dispuso a operar con los controles manuales.
–Manda huevos que por mucha tecnología que tengamos, terminemos haciéndolo todo de forma manual –se dijo a sí mismo.
–Aniceto, aquí control de seguimiento de misión, ¿me recibes? –sonó una voz femenina en la cabina.
–No jodas –dijo Aniceto con fastidio.
–Aniceto, aquí control de seguimiento de...
No esperó a que acabara la frase y con un brusco movimiento activó las comunicaciones.
–Vale, vale, te escucho ¿y tú a mí?
–Con alguna interferencia, pero te entiendo. Iniciando el protocolo...
–De eso nada. No inicies ningún protocolo –ordenó secamente Aniceto.
–¿Cómo? –se sorprendió la voz femenina.
–¿Donde está el otro controlador? –preguntó desconcertado.
–Pedro ha cambiado el turno y yo voy a ser tu control de misión.
–Ni hablar. Yo quiero al otro. Ya te estás levantando y yendo a buscarlo.
Sonó un clic y una sucesión de pitidos.
–El protocolo de actuación ha sido iniciado, o sea, que eso no va a ser posible –dijo ella sin inmutarse.
–Mira tú no sabes lo que he tenido que sufrir hasta llegar aquí, para que ahora me vengas con que ha cambiado el turno.
–Me da igual lo mal que lo hayas pasado pero, te guste o no, yo voy a ser tu control de misión.
–Me cago en la leche, pues no te quiero en control –dijo Aniceto, con tono de rabieta.
La voz femenina no replicó y el tenso silencio solamente era roto por algunos pitidos y chasquidos.
Aquel imprevisto trajo a su mente los recuerdos del duro entrenamiento para aquella misión. Un entrenamiento que estaba demasiado cerca de la locura.

Estrés Nivel 1. Aumentando.
Hacía meses que la espiral de riñas y reproches había minado su convivencia en pareja hasta que la pérdida de su trabajo terminó por lanzarlo todo por el sumidero.
Necesitaba algo que le devolviera al sendero de la cotidianidad, alejándolo del tedio que solamente conducía a alcohol y drogas.
Fue ella la que le puso en contacto con el proyecto Cobaya–SUN2X, pero fue él quién que aceptó los riesgos. Ser parte de un equipo de investigación era un trabajo deseado por los que, como él, habían estado saltando de trabajo en trabajo, sin oficio ni beneficio. Aniceto no imaginaba que el riesgo era que tenía que franquearle el paso a la locura.
–Protocolo de actuación finalizado –la voz femenina lo devolvió al momento presente. –Permanece atento a las señales ¿Estás preparado?
–No, demonios. No estoy preparado, como tampoco lo estaba durante la selección. Ellos sabían mis problemas con la bebida. Dijeron que no era nada que un buen café no solucionase. Me declararon apto a pesar que mi afición a los psicotrópicos aparecía en el informe médico.
–Ahora ya es tarde para lamentarse –dijo ella. –Estás en órbita solar y lo mejor que puedes hacer es centrarte en la misión.
–¿Cómo voy a centrarme? –gritó él. –Simplemente oír tu voz me saca de mis casillas. ¡Quiero al otro controlador!
–Pues es lo que te toca. Olvídate de Pedro porque ni está, ni se le espera. Como ya te he dicho antes, te guste o no, es lo que hay.
Aniceto volvió a pensar en voz alta ignorando los datos y órdenes que le transmitían desde el control. Uno de los efectos secundarios del terrible entrenamiento era que terminaban hablando solos.
–Pedro me fue guiando en los... –el hombre se interrumpió y contó en voz alta. –Uno..., dos..., tres... ¡Maldita sea! ni me acuerdo del tiempo que llevo metido en esto. El caso es que fue él quién me explicó cómo funcionaba la empresa. Inversores buscando acortar los viajes espaciales. Unos viajes cuya larga duración hacía perder rentabilidad a la carga, por muy valiosa que fuera. Decenas de años desalentaban al que quisiera esperar media vida para recuperar lo invertido.

Estrés Nivel 2. Aumentando.
A pesar que el vacío no transmite el sonido, su imaginación comparaba la llamarada solar con las olas del mar. Recordando mirarse la mano vacía, lanzar la botella vacía y verla girar en el aire para luego caer donde las olas rompían como rompería la llamarada solar sobre la cápsula.
–Chorro de energía en curso. Comprueba los escudos térmicos, las vías de transferencia y los acumuladores –dijo la mujer del control de misión.
–Sí, parece que hace más calor –respondió él con sorna.
–Necesito los valores ¿Qué lectura te dan los indicadores?
–Más o menos... –dudó Aniceto.
–No. Más o menos, no. Necesito las lecturas exactas.
–Pues no va a poder ser porque las agujas analógicas tienen el baile de San Vito. Haber instalado contadores digitales –aclaró el hombre secamente.
Miró a su alrededor y le dio la sensación de estar en una vieja cápsula, cutre y destartalada.
–Sabes que los circuitos no aguantan los chorros de energía –aclaró ella.
–Pues estos indicadores tiemblan como yo cuando me sentaban en la silla de simulación. Me tenían que atar para no caerme. Aquellas inyecciones calmaban mi ansiedad, pero luego la oscuridad y la luz, alternándose con los colores que giraban a mi alrededor volvían a ponerme en un estado alterado de consciencia. Intentaban recrear lo que me encontraría aquí.
–Vale, vale. Corta el rollo y dime lo que muestran los indicadores –interrumpió la mujer del control.
–Por eso no quiero trabajar contigo, eres tan fría y desagradable –dijo él con fastidio, pero se interrumpió antes de acabar la frase.
Los indicadores oscilaban frenéticos.
–Y yo qué sé –respondió al fin. –Aquí cada vez hace más calor y se me nubla la vista.
–Recupérate porque es imposible que suba la temperatura. Los escudos térmicos disipan el calor.

Estrés Nivel 3. Aumentando.
El corazón le latía con fuerza y las bocanadas de aire no aliviaban la sensación de asfixia. Tenía la sensación que los ojos se le salían de las órbitas hasta que recuperaba la vista.
–Voy a apretar el botón mágico –dijo Aniceto.
–No, no lo hagas todavía. Espera a que todo esté en óptimas condiciones –avisó con urgencia la voz femenina.
–Tengo mucho calor, me tiemblan las manos y empieza a escasear el aire.
–No puedes hacer el salto todavía. Recuerda el entrenamiento, la cápsula está diseñada para aguantar las radiaciones de la llamarada.
–¿Ahora sí quieres que recuerde? ¿Sabes qué recuerdo? El dolor, el sueño y el sufrimiento.
Aniceto volvió a ensimismarse con sus recuerdos.
–Cuando me levantaba del sillón las muñecas me sangraban de las amarras. Me fallaban las piernas y me llevaban a rastras al camastro donde me dejaban hecho un ovillo. Dormía mucho o poco, no lo sé, pues siempre parecía que me acababa de acostar. Perdí la noción del tiempo. El único alimento era aquella papilla asquerosa y agua para poder tragarla. Parecía un preso al que trataban con especial sadismo.
–Pero si a ti te encantaba la ensaladilla –intervino ella.
–La ensaladilla sí, pero aquello era un mejunje avinagrado donde los trozos de "yo qué sé qué" burbujeaban hasta danzar como bichos nerviosos.
–Eso era por las drogas... –se le escapó a ella.
–¿Qué drogas? Hace mucho que no tomo psicotrópicos.
Aniceto se quedó un momento en silencio, mientras otro chorro de energía procedente del sol agitaba la cápsula y todo en su interior.
El dolor volvió y se miró las muñecas. Ahora no sangraban aunque la sensación era la misma. Tampoco estaba atado por lo que tuvo que sujetarse con fuerza para no caer. Todo le daba vueltas, la cabeza estaba a punto de estallar y el sudor se le metía en los ojos.
–Voy... a... pulsar –dijo con dificultad.
–Todavía no es el momento –le dijo la mujer.
–No lo... soporto –gimió Aniceto.
–Aguanta, tienes que aguantar como sea.
Respiraba con dificultad, notaba el corazón desbocado, pero intentaba tranquilizarse.

Estrés Nivel 4. Aumentando.
Desvió su mente de toda aquella vorágine y cayó en la cuenta de las palabras de la controladora.
–¿Drogas? ¿De qué drogas me hablas? –interrogó a la chica.
–Nada, nada, olvídalo –respondió ella, apurada.
–¡Me cago en la leche! Me estabais drogando. Las inyecciones eran alucinógenos. Los más fuertes que yo haya tomado. Hacían quedar a los otros como gominolas. Pero ¿para qué?
–Para nada, eran fármacos para ayudarte a aguantar la tensión.
–¿Te crees que soy tonto? Los mareos, los sudores, alucinaciones y posterior resaca eran por drogas. Sé cómo es un colocón; he estado muchas veces.
–Un poco tonto sí que eres para no darte cuenta. Ahora ya da igual. Solamente una persona con hipersensibilidad y en un estado alterado de consciencia puede detectar la ráfaga adecuada.
–Desarrollar mi intuición, decían ellos.
–Sí, hasta límites inimaginables.
–¿Y mi cordura? ¿No os importaba mi salud ni el peligro?
–Pues no, para qué te voy a engañar. Sólo eres un experimento.
Aniceto recordó como, con el agua del mar hasta el cuello, unos brazos fornidos lo sacaban brúscamente del agua.
–O sea, que me habéis traído hasta aquí para que me ase como un pollo –gritó Aniceto, enojado.
–¡Premio! Ya vas entendiendo como funciona esto. Te ha costado pero no todos lo cogen igual de rápido –dijo la mujer en un tono sarcástico.
La mezcla de humillación y cabreo llevó a Aniceto a amenazar, no solamente a la controladora, sino a toda la empresa.
–Si le doy al botón ahora mismo, provoco el salto. Eso mandaría al carajo la misión, estropeándolo todo –amenazó el hombre.
La mujer del control de misión se quedó un tenso momento en silencio hasta que contestó precipitadamente.
–Naa, no te hagas ilusiones. No se llegaría a producir el salto y serías engullido por una lengua solar como un mosquito en la boca de un dragón.
–Pero os jodería la misión. Todo se iría a tomar viento.
–No eres tan valiente de sacrificar tu vida por fastidiarnos. Además no te serviría de nada porque antes de ser destruida, la cápsula enviaría los datos a la base para usarlos en futuras misiones.
Aniceto se quedó en silencio, pensativo. No le encontraba sentido alguno a todo aquello, aunque tal vez fuera porque no podía pensar con claridad.
En aquella nave todo era analógico y mecánico: contadores, indicadores, palancas, interruptores, etc. El calor, el magnetismo y las radiaciones dejarían inservible cualquier electrónica. Por eso necesitaban una persona y no se podía hacer de forma automática. Nada podía enviar datos. ¿Por qué le mentía?

Estrés Nivel 5. Aumentando.
–No pienses ¡actúa! –le urgió ella, que de repente parecía haberle entrado las prisas.
–Intuición, hipersensibilidad, estado alterado de consciencia... –pensó en voz alta por la dificultad para concentrarse.
-¿Cuándo dejó de importarte lo nuestro? -dijo Aniceto.
–Vale cariño, te voy a hablar claro. Durante los años que vivimos juntos te portaste como un auténtico imbécil. En las fiestas con amigos bebías en exceso e intentabas hacer gracias con las que conseguías que se rieran de ti y no contigo. Cuando el desfase llegaba al esperpento, todos se marchaban al no poder aguantar la vergüenza ajena. Entonces caías al suelo víctima de tus propios lloriqueos babosos ¡Patético! Aquellas pastillas de colores te permitían comportarte correctamente, o todo lo correcto que se podía estar sentado en un sillón con sonrisa de alucinado. La mejora temporal solamente duró hasta que quedaste enganchado, alucinado e igual de patético.
–Y entonces me echaron del trabajo –intervino Aniceto.
–Creí que con drogas la cosa mejoraría, pero te enganchaste y todo fue a peor. Entre colocón y colocón, saltabas de la euforia a la depresión hundiéndote cada vez más. Tu soberbia solamente era superada por tu estupidez. Nuestra situación cayó en picado. Entonces vi una solución. Podías ser el candidato idóneo para el Proyecto COBAYA. Para bien o para mal era la única salida. Solución o destrucción, todo o nada.
–O sea que ya sabías lo que me esperaba. Conocías los detalles, las drogas, las torturas y la locura; y aún así me...
–Por supuesto que lo sabía –le interrumpió ella–. Llámalo desesperación o llámalo venganza, el caso es que moví mis contactos, y me rebajé pidiendo favores para que entraras como cobaya.
–¡Maldita seas! Eres una sádica. Siempre me has utilizado. Nunca imaginé que el rencor te llevara tan lejos –gritó él, impotente.
Aniceto lloraba, gritaba y el calor lo abrasaba. Llegó a la conclusión que aquello era un auténtico infierno.
Miró por las ventanillas en el momento que una gran masa de luz lo inundó todo, cegándolo a pesar de la protección de las gafas oscuras.
Aquel era el fin. Aquello no parecía el famoso túnel, era más parecido a una pista de despegue, iluminada por colores que silbaban al moverse hacia una grieta negra que destacaba en la inundación de luz. Siguió las chispas con la mirada hasta ver como confluyeron al frente en una grieta que rasgaba el espacio.
Su intuición le dijo que aquel sí era el camino que le conduciría a su destino. Era el momento adecuado. Tanteó a ciegas hasta que golpeó con furia el botón del sistema de salto.

Estrés Nivel 3. Descendiendo.
Recostada en el sillón, la controladora suspiraba para recuperar la calma.
–Maldita sea, esa llamarada lo ha engullido reduciéndolo a polvo estelar. El satélite de seguimiento no detecta ningún rastro. Le ha faltado estrés, tensión y cabreo. No he llegado a provocarlo suficiente. Terminó el entrenamiento al borde de la locura, pero el tiempo apremiaba y querían resultados. No se podía esperar más. He intentado llevarlo al límite de su cordura pero no ha sido suficiente. No ha podido intuir la grieta y no ha podido saltar. Tendremos que usar otra cobaya y volver a intentarlo.

Estrés Nivel 0. Estable.
Pasado un periodo de tiempo, que según la relatividad, podía ser mucho o poco, un comité gubernamental de científicos estudiaba el informe del primer hombre que había conseguido usar una grieta solar para viajar por el espacio.
En la rueda de prensa posterior, Marga intentó pasar desapercibida mientras los periodistas preguntaban a Aniceto
-Usted es el primer hombre que ha conseguido usar una grieta solar para viajar por el espacio. ¿Por qué ha decidido poner a disposición de toda la comunidad lo descubierto "al otro lado"? Nadie es tan altruista. ¿Qué busca a cambio: dinero, fama, poder...?
–¿Qué busco? Busco la venganza del que creyeron muerto, para así tranquilizar mi cordura.
–respondió Aniceto mostrando la máscara metálica que cubría la mitad de su rostro.
A pesar de todo sonrío mientras contemplaba a Marga como se marchaba abatida.

Autor: Gregorio Sánchez. Junio 2017.

Safe Creative #1706282745125 Licencia de Creative Commons
Proyecto COBAYA-SUN2X by Gregorio Sánchez Ceresola is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://relatosgregorio.blogspot.com.es/2017/06/proyecto-cobaya-sun2x.html.

sábado, 20 de febrero de 2016

Recordando a Umberto Eco







En el ocaso del anterior siglo y puesto que todo tiempo pasado no fue ni peor ni mejor, simplemente anterior, mi mente viajaba dispersa por mundos imaginarios. Situaciones fantásticas provocadas por personajes peculiares que se esforzaban en romper el tejido onírico de mis desvaríos y caer en el blanco papel en el que quedarían plasmadas.

Fue "El nombre de la rosa", la novela más recordada de Umberto Eco, la que me dio el empujón para que me pusiera a escribir.
Yo quería contar algo así, pero con mi estilo, aunque no supiera cual era.
Y comencé la ardua tarea de crear un relato, "Un relato de Magia Ancestral".
Aquí os dejo el segundo capítulo.




Un Relato de Magia Ancestral

2 - Tedesio llega al monasterio

El llamador de la gran puerta de entrada al monasterio sonó varias veces. El sol ya estaba escondiéndose tras las montañas que rodeaban el valle donde estaba ubicado el monasterio. No era normal que nadie estuviera allí tan tarde.
La argolla volvió a golpear la puerta, avisando así la llegada de algún visitante. Tras repetir la llamada, el portón se abrió con un chirrido estridente, tan agudo que hacía castañear los dientes. Una vez abierta la puerta por completo, el sirviente observó al visitante que tan insistentemente golpeaba con la argolla.
Plantado ante la puerta, el viajero respiraba agitada y nerviosamente. El largo viaje y la agotadora ascensión al monasterio lo obligaba a respirar con grandes bocanadas, expulsando el aire con tanta fuerza que lo hacía toser. Pero el cansancio no menguaba la impaciencia de sumergirse entre tal acumulación de sabiduría.
Sin dar tiempo al sirviente a pronunciar palabra, el muchacho saludó, se presentó, y dijo a qué había venido. Lo dijo con tal rapidez y atropello que el sirviente se quedó abrumado.
—Buenas tardes, ¿o debería decir noches? Soy Tedesio Vázquez, hijo del administrador del Señor de Villalobos, y he sido enviado por mi señor para adquirir la cultura necesaria para suceder a mi padre en el puesto de administrador de bienes de Don Juan de Villalobos. Si me conduce ante el Abad yo mismo le entregaré la carta y le explicaré con detalle el porqué de mi visita a tan grandioso cúmulo de saber que es este monasterio.
—Don Gerardo de Peña, Abad de este monasterio, me comunicó su inminente llegada. Pero no podrá recibirle. Le conduciré ante Fray Ramiro, el cual le pondrá al corriente de sus obligaciones. Sígame.

Tedesio caminaba tras los pasos del sirviente que le conducía en silencio por los pasillos del monasterio. Mientras admiraba curiosamente los tapices, cuadros y decoración en general. El trayecto se recorrió demasiado despacio para el acelerado carácter del chico y cuando empezaba a desesperarse el sirviente se paró ante una puerta. Llamó un par de veces, esperó unos segundos y después se retiró, despidiéndose del muchacho que se quedó allí plantado como un pasmarote, sin saber qué hacer.
Pasó un tiempo, que se le hizo interminable, la puerta se abrió con un crujido seco. Conteniendo el aliento, Tedesio contempló al personaje que estaba frente a él. Era un hombre de unos cuarenta años, con unas arrugas típicas de la edad. Los ojos profundos y penetrantes, con bolsas debido a los años de estudio y lectura, y con marcadas ojeras. Una arreglada barba blanca, disimulaba el resto de sus facciones; sus cariados dientes y resecos labios, consecuencia de humedecerse los dedos para pasar las páginas. De estatura media, aunque confusa, debido al encorvamiento de tanto años de estudio. De complexión recia aunque no gruesa, se movía inquietamente por su excesiva panza.
Con un ademán le indicó al chico que pasara.
—Adelante muchacho. Pasa y siéntate.
Tedesio entró y se dirigió directamente al sillón indicado. Lanzó un sonoro suspiro cuando se dejó caer en la silla de madera maciza.
—Buf. Estoy realmente cansado —el muchacho tomó aire y le repitió mecánicamente la misma parrafada que le había soltado al sirviente nada más llegar.
El fraile también tomó asiento, y cuando estuvo acomodado, se quedó mirando al locuaz muchacho mientras éste proseguía su cháchara.
—... y como puede ver, aquí estoy dispuesto a aprender y a aumentar mi cultura acerca del mundo y las ciencias.
El fraile permanecía quieto y callado. Sentado tras la mesa de roble, decorada con figuras talladas en sus bordes y con las patas retorcidas, haciendo una espiral, semejante  a una escalera de caracol enroscada sobre una torre. Fray Ramiro contemplaba al muchacho que ya empezaba a pesarle el silencio, se movía nerviosamente en su silla, a pesar de que ésta era bastante cómoda. Se le pasó por la cabeza producir un carraspeo para aliviar el pesado silencio, pero cuando estuvo a punto de hacerlo, el fraile comenzó a hablar despacio y pausadamente, como si separara las palabras en sílabas.
—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?
Y antes de que el chico respondiera, Fray Ramiro alzó la mano conteniendo así al muchacho. Tedesio renunció a pronunciar sonido alguno y dejó al fraile continuar.
—Tenemos un muchacho locuaz, hábil con las palabras, nervioso, impertinente y maleducado. Contigo vamos a tener que invertir mucho más tiempo en enseñarte lo mismo que a los demás. Como comprenderás no vamos a variar la rutina del monasterio por ti, así que tendrás que permanecer en este hogar de Dios durante más tiempo que los demás, quizás tres años, o cuatro, o cinco...
Tedesio no pudo aguantarse e interrumpió al fraile.
—Pero Señor, no entiendo, soy persona aplicada y tengo ganas de aprender. No comprendo por qué se me tiene que discriminar. Permanecer por más tiempo del previsto aumentará mucho los gastos de mi Señor al tenerme aquí.
Fray Ramiro esperó pacientemente a que el muchacho se tranquilizase y sobre todo a que se callara.
Ya veo que no lo comprendes, chico. Contigo será más complicado porque antes de enseñarte cultura deberás aprender a callar. Sólo cuando una persona ha aprendido a escuchar en silencio, se le puede enseñar algo.
Tedesio quedó impresionado ante la explicación de fray Ramiro. Durante el resto de la conversación se esforzó en guardar silencio y responder sólo ante preguntas directas.
El fraile hizo una mueca de aprobación y prosiguió.
— “Mens sana in corpore sano”. Tan importante es una cosa como la otra. El águila tiene mejor vista que el hombre, el gato más agilidad, el olfato del perro es superior y la fuerza del toro es incomparable. La inteligencia es lo que Dios nos ha dado para diferenciarnos de los animales y las bestias. Pero no hay que acomodarse y creer que eso es todo. La mente hay que cultivarla, adiestrarla e instruirla. Cuando dejamos de ser niños creemos que lo sabemos todo. Ja —fray Ramiro soltó una carcajada seca y meneó la cabeza de un lado para otro.
—Durante este tiempo aprenderás muchas cosas, cultivaras tu mente. Comprenderás cómo con la meditación y el acercamiento a Dios, la mente se aclara y las ideas surgen. Pero esto no es espontáneo. No chico, no es tan fácil. Con el estudio de las diversas artes y ciencias verás cómo, con la ayuda del Señor, puedes buscar esas ideas y conocimientos, y hacer con ellas algo útil y creativo.
—Ahora dirígete a tus aposentos y descansa. A partir de mañana comenzará la actividad normal.
Fray Ramiro indicó a Tedesio cómo llegar hasta su celda-dormitorio, luego despidiéndose del muchacho, volvió a entrar en el despacho y cerró la puerta con brusquedad, produciendo un ruido seco que retumbó por todo el pasillo.
Tedesio cogió el equipaje y, recordando en voz baja las instrucciones, se dirigió a la zona del monasterio donde estaban situadas las habitaciones.

\`´/

Sentados en los fríos banco de madera pulida, el auditorio escuchaba en silencio el texto que fray Abelardo leía durante la cena, antes de ir a dormir.
—Por lo expuesto anteriormente, puedo decir que, algunas hierbas pueden expandir nuestra mente acercándonos a Dios. Hacernos más receptivos a su mensaje y a su palabra. Pero no debemos confundir el efecto de las infusiones con la santidad. No por beber estos preparados, necesariamente estaremos más cerca de Dios. De hecho, las tribus paganas de algunos lugares las han usado toda la vida y siguen siendo salvajes paganos. Para alcanzar la santidad debemos ser elegidos por El Altísimo y estar en un sublime estado de comunión con él. Los brebajes no hacen santos, pero ayudan a quien sí lo es a comunicarse y entender el mensaje de Dios. Mensaje que está codificado para que sólo los elegidos puedan descifrarlo y entenderlo correctamente.

Mientras fray Abelardo proseguía con su lectura, los monjes, ya terminada su cena, escuchaban en silencio las palabras de su compañero, roto tan sólo por el sonido de los cubiertos al rozar con los platos, alguna orden dada a los sirvientes y algún eructo. Se podía oír, agudizando mucho el oído, un murmullo proveniente de una de las mesas más alejadas. Era la conversación entre dos muchachos estudiantes. 
—Matías, te digo que Eusebio escondía algo en el cuarto, en su cofre, en su camastro o en algún sitio.
El que así hablaba era un muchacho de unos catorce años, de ojillos que, o bien eran pequeños o eso parecía al estar camuflados con los protuberantes pómulos y las sonrosadas mejillas. No cabía duda que su familia era noble, y que la exagerada alimentación, a base de guisos y dulces había hecho de Gonzalo un muchacho obeso.
—No sé. Eusebio era muy reservado, hablaba poco y se relacionaba menos, pero eso no quiere decir que ocultara algo.
Matías era algún año menor que Gonzalo, aunque su edad no se podía calcular con exactitud. Dos monjes, encargados de mantener una pequeña ermita perdida en ningún sitio, encontraron a Matías que vagaba llorando por el bosque. Probablemente se perdió o lo abandonaron, porque el pueblo más cercano se encontraba a varios días de camino a pie.
Los monjes lo recogieron, lo cuidaron hasta que creció y lo enviaron al monasterio para que terminara su aprendizaje. Gonzalo y Matías esperaron a que Fray Abelardo continuara con la lectura. Tras una pausa para tomar un trago de agua, el fraile prosiguió, Gonzalo aprovechó para continuar su conversación con Matías.
—Mira te voy a contar lo que ví el otro día.
Miró con desconfianza si lo observaban y comenzó la narración:
—Me desperté por la noche para beber agua, fue la noche de la tormenta, como no veía nada fui tanteando hacia la botija. De pronto cayó un rayo que iluminó el cuarto y a parte de ver la botija, también ví que el camastro de Eusebio estaba vacío. Creí que se había ido a mear y me volví al mío. Me costaba dormir por los relámpagos y truenos. Eusebio tardaba mucho y pensé que estaría esperando a que aflojase la tormenta para volver. Ya estaba casi dormido cuando entró Eusebio. Volvió jadeando y resoplando. Con la oscuridad no pude ver bien lo que llevaba pero traía algo entre las manos. No paraba de hacer ruido por el cuarto, luego se acostó canturreando algo.
Aunque yo no entendía lo que decía no paraba de repetir una machacona cantinela.

Fray Abelardo prosiguió con su lectura.
—De lejanas tierras, vienen algunas plantas que tienen poderosos efectos mágicos. Cuidado debemos tener con ellas y han de ser controladas y evitar que el pueblo haga mal uso, pues corremos el riesgo que aparezcan falsos santificados, como caracoles después de la lluvia. Pero sí podemos utilizarlas nosotros, pues somos los transmisores de la palabra de Dios. Y esa palabra ha de ser entendida, analizada y traducida para que la gente pueda comprenderla en su inmensa ignorancia.

Matías replicó a Gonzalo y le expuso su versión.
—Hombre yo no lo veo tan raro. Eusebio se fue al establo a cagar. Luego esperó a que la lluvia aflojase para salir del establo, como la tormenta no paraba salió y corrió por el claustro y luego subió a la habitación. Lo que llevaba entre las manos sería la ropa mojada, y el canturreo sería una oración antes de volver a acostarse.
Gonzalo se encogió de hombros y dijo;
—Qué va, hombre, qué va. Eso no puede ser. La ropa mojada no la he visto por ningún lado, y eso que me levanté antes que él. Ya sabes que a Eusebio siempre le ha costado levantarse por las mañanas. El canturreo puede que fuera una oración, pero ¿y el rayo?. Por la luz que hizo tuvo que caer muy cerca, si no encima del monasterio.
Matías se quedó pensativo y antes de que respondiera Gonzalo le dijo;
—¿A qué no oíste ningún relámpago anoche? Si cayó tan cerca tendríais que haberlo oído tú y Diego.
Asintiendo con la cabeza concluyó;
—El rayo, o lo que fuese, no hizo ruido. Yo no he visto nunca ningún rayo que caiga tan cerca y no haga ruido.
Fray Abelardo acababa su sermón elevando la voz para dar más énfasis a sus palabras.
Al tiempo que el fraile terminaba lanzó una mirada de advertencia a los muchachos, los cuáles quedaron en silencio al instante.

\`´/

Tedesio avanzó expectante por el pasillo. El único ruido que hacía al caminar era el producido por la arenilla suelta del desgastado suelo . Llegó hasta la puerta que le había indicado Fray Ramiro. Accionó la manivela y esta para su sorpresa, no hizo el característico chirrido que producen las viejas y pesadas puertas de los monasterios. Cuando la puerta estuvo abierta completamente, el muchacho recogió sus pocas pertenencias y entró en el dormitorio.
El cuarto era pequeño pero bien distribuido. Contenía cuatro camastros, sujetos a la pared a modo de literas, dos en la pared de enfrente, justo debajo del enrejado ventanuco que daba al patio interior del monasterio. Los otros dos quedaban semiocultos por el perchero atiborrado de ropa, a la derecha de la puerta. En la otra pared, justo al abrir la puerta, quedaba el soporte con la palangana de agua y una silla con un lienzo colgado en el respaldo.
Acostado en uno de los camastros estaba un chico de la misma edad que Tedesio, más o menos.
Tedesio se acercó a saludar al chico del camastro.
—Hola, me llamo Tedesio —le dijo tendiéndole la mano.
El muchacho del camastro  se incorporó con dificultad y tras toser un par de veces se presentó a su vez.
—Hola. Yo soy Diego —contestó con la voz afónica.
Pero antes de que Tedesio pudiera estrecharle la mano, Diego se volvió a acostar resoplando ruidosamente, tras lo cual volvió a toser un par de veces.
—Vaya tos. ¿Te has resfriado?
Diego contestó a desgana.
—Sí me he acatarrado. Este monasterio puede llegar a ser muy frío. —Tras estas palabras cerró los ojos y se quedó acostado respirando con dificultad.
Tedesio se sentó en uno de los camastros y buscó con la mirada un lugar para dejar sus cosas.
En esto estaba cuando se abrió la puerta de la habitación y entraron dos muchachos. Tedesio se fijó en la gordura de uno de ellos.
Los dos chicos se quedaron sorprendidos, pues no esperaban encontrarse con nadie más en el cuarto a parte de Diego.
El más menudo saludó a Tedesio.
—Hola, ¿y tú quién eres?
—Soy Tedesio. Acabo de llegar.
—Esa es mi cama —dijo el muchacho grueso con seriedad.
Tedesio lo miró desafiante y tras algunos momentos de tensión se levantó y preguntó.
—¿Y cuál es el mío?
Matías le indicó con la mano el camastro que antes ocupaba Eusebio, justo debajo del suyo.
Tras esto preguntó a Diego como se encontraba, aliviando así la tensión del ambiente.
—Fray Abelardo ha venido a verme hace un rato —contestó Diego con dificultad y entre toses —y dice que como soy un chico fuerte me recuperaré pronto. Supongo que mañana ya podré levantarme de la cama.
—Ya veo que os habéis presentado —empezó a decir fray Ramiro cuando entró tras Tedesio.
—Sí, ya nos hemos conocido —le interrumpió Tedesio.
Fray Ramiro lanzó una mirada penetrante a Tedesio y le dijo:
—Supongo que sabrás rezar, ¿verdad?
—Por supuesto que sé. —respondió el impaciente chico.
—Pues empieza.
—Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre.
—Haciendo flexiones en el suelo—indicó enérgicamente fray Ramiro con el dedo.
Tedesio iba a replicar, pero ante la penetrante mirada de fray Ramiro, prefirió obedecer y callar.
—Vuestro locuaz compañero, sí, ese que tan bien sabe rezar, se llama Tedesio. Es hijo de Isaías Vázquez, vasallo del señor de Villalobos, y está aquí para lo mismo que vosotros, para, con la bendición de nuestro Señor, aprender todo lo que entre estos muros se puede aprender.
Fray Ramiro hizo una pausa a la vez que miraba al muchacho que había parado de hacer flexiones.
—Ya he terminado —dijo Tedesio con dificultad por el esfuerzo.
—Pues vuelve a comenzar.
Fray Ramiro se dirigió a la puerta y, cuando estuvo allí, les dijo:
—No quiero alborotos. La noche es para dormir y asimilar lo que hemos aprendido durante el día. Si armáis jaleo, os pasaréis toda la noche rezando.
Antes de cerrar la puerta se dirigió a Tedesio.
—Cuando termines ese Padrenuestro, puedes parar y reflexionar sobre tus actos.
Tras esto salió y cerró la puerta tras él.
Tedesio acabó la oración y se quedó tumbado en el suelo respirando a grandes bocanadas. Mientras recuperaba el aliento oyó a fray Ramiro alejarse por el pasillo.
Matías ayudó a Tedesio a sentarse en el camastro, al tiempo que Gonzalo acercaba la oreja a la puerta. Matías esperó la señal de aprobación de su amigo y tras recibirla susurró:
—No vuelvas a interrumpir a fray Ramiro.
Girándose hacia Diego que permanecía postrado en la cama  le indicó:
—Gonzalo tiene algo que contarte.
El otro muchacho, desde la puerta miró con desconfianza a recién llegado y dijo:
—Mañana hablaremos con más tranquilidad. Vamos a dormir.
Con un fuerte soplido apagó la vela dejando la habitación a oscuras.
Tedesio intentó acomodarse en el colchón de paja que tenía incómodos bultos. Con las manos intentó alisar el camastro, pero lo único que conseguía era desplazar los bultos de un lado para otro, sin deshacerlos.
Llegó un momento que el cansancio del viaje le venció y se tumbó en el camastro. Haciendo caso omiso de la incomodidad, se tapó y buscó la posición más adecuada.
—Cof, cof —escuchó antes de quedarse dormido.

Registro de la Propiedad Intelectual: Asiento 09/2009/1973
Textos, portada, diseño y maquetación: Gregorio Sánchez Ceresola.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Grotesca Compaña

El lejano sonido de la ciudad, con sus coches, sirenas y gritos, fue invadido por un estridente chirrido. Ruedas oxidadas que acompañaban a una sinfonía de hierros y alambres de un destartalado carrito de la compra.
Dos chicos, ya no tan jóvenes como ellos creían, se habían apartado de las calles más iluminadas para orinar en el asfalto. Toda la tarde bebiendo, les obligó a evacuar la vejiga pasada la media noche. El exceso de alcohol les llevaba a hacer dibujitos que se deformaban al esparcirse y les provocaba estúpidas risas. Si algo les divertía más que miccionar en la calle, era molestar a los mendigos cuando les demandaban un gesto de buena voluntad. Entre sus bromas de mal gusto preferidas estaba la de verter el resto del cubata en el cartón de vino del pobre hombre que, alcoholizado, no dudaba en beber con ansia. El más locuaz animaba a que lo apurase de un trago, mientras el otro le premiaba con un chorrito extra si lo conseguía. Cuando el mendigo se atragantaba con las prisas, no dudaban en golpearle exageradamente la espalda entre risas y mofas.

A pesar de haber acabado, se negaron a apartarse del camino del supuesto mendigo. Hincharon la espalda, como era su costumbre frente a las chicas del gimnasio, para aparentar más musculatura de la que ocultaban sus impecables chaquetas de marca. Mantuvieron la posición, cruzando miradas cómplices al maquinar cómo humillarían al desgraciado.

El chirrido cesó, y los crujidos del carrito fueron sustituidos por un inquietante caminar, que se arrastraba con desgana mientras las farolas se iban apagando a su paso.
Temieron que no fuera un sólo mendigo y se giraron rápidamente. Encarados a la más extraña comitiva que jamás habían visto, se quedaron inmóviles a pesar que su instinto les avisaba que se marcharan. Pero la estupidez se imponía a la razón del instinto.
Varias figuras escoltaban un desvencijado carrito, alumbrando tenuemente el camino con faroles de gas. Con paso lento y solemne, la comitiva avanzaba hacia los chicos que les cortaban el paso, hasta detenerse con un riguroso silencio.
Los faroles siseaban como serpientes que amenazaban a su presa, mientras titilaban creando un extraño efecto de parpadeo en las demacradas caras de sus portadores. Caras ocultas bajo sombreros de copa que hacía mucho habían perdido su forma. Zurcidas chaquetas caían sobre los hombros, arrugándose para cubrir sus cuerpos, varias tallas más pequeños. Viejos zapatos que alguna vez tuvieron brillo y esplendor completaban un grotesco vestuario que tenía poco de elegante.

Los chicos continuaron plantados en medio de la calle, a pesar del temor, inconfesable eso sí, que les producían tan extraños personajes. No se apartarían por un puñado de desarrapados.
Los mendigos balanceaban las lamparas mientras canturreaban algo ininteligible, mezcla de lloriqueo con algún tipo de oración. La calle, iluminada por el resplandor de los faroles impedía ver más allá de la comitiva, aunque se podía intuir los rostros en las sombras que los miraban mientras continuaban inmóviles. Uno de los mendigos sonrió, mostrando su estropeada dentadura y provocando la reacción airada de uno de los chicos.
Visiblemente enfadado combinó amenazas e insultos mientras animaba a su amigo a apoyarlo. Su reacción fue tan agresiva que parecía que sus tatuajes serpenteaban por las venas hinchadas. La mezcla de nervios con alcohol le animó a retarlos a enfrentarse con él.
Los mendigos respondieron soltando el carrito, que se deslizó calle abajo obligándolos a apartarse ante el riesgo de ser atropellados.
El paso del carrito por su lado les permitió observar curiosos su macabro contenido. Una exquisita combinación de flores de plástico polvorientas y hojas secas, todavía embarradas, adornaban un neumático desgastado que lo coronaba. Cruzándolo, una cinta policial en la que alguien había tachado el “No pasar”, y sustituido por alguna dedicatoria de difícil lectura. Varios ramos de flores marchitas caían por los bordes, como seres apenados que se lamentan por la pérdida de un compañero. Observaron, apretujado en el interior, el cuerpo inerte de un hombre que yacía sobre un lecho de mantas viejas. Lo habían vestido con lo que en su día fue un traje plateado, adornado con brillantes que habían sido arrancados. La cara del finado que, con la piel apretada a los huesos, los ojos hundidos en sus cuencas y los labios cuarteados cubiertos por una descuidada barba amarillenta, temblaba al ritmo del traqueteo. Hasta que el carrito tropezó con algo, se paró y la cabeza se agitó bruscamente con un desagradable crujido.
Uno de los chicos intentó tocar al muerto, desconfiando de su autenticidad, pero su amigo lo interrumpió provocando un sobresalto en él que les asustó. Entre gritos, descargaron la tensión con empujones mutuos hasta darse cuenta que estaban rodeados por la comitiva, que había parado la cantinela buscando respeto a su compañero fallecido.
El otro chico, más cauto, tiraba de su amigo para apartarlo; el cual, con mezcla de curiosidad y tozudez, insistía en quedarse a ver de que iba todo aquel carnaval macabro. Los mendigos arremolinados alrededor, se apartaron, dejando un hueco para los muchachos.
Reservado o cauto, el caso es que mientras uno se apartaba, su amigo, más decidido, se unió al círculo mirando con desafío a los mendigos a su lado. A pesar de las recomendaciones para que se marcharán, parecía fascinado con el extraño ritual.
Los mendigos miraron al unisono al chico que se había quedado fuera. Intuyendo las inexpresivas caras envueltas en sombras, no pudo aguantar la mirada y bajó la cabeza. Reanudaron los cánticos superponiéndose levemente unos a otros, pero acompasados para crear un efecto hipnótico que llegaba incluso a marear. Se dio cuenta que el alcohol estaba aumentando todas aquellas sensaciones y al momento ya estaba arrodillado en el suelo sujetándose la cabeza con una mano.

Entre el coro de voces distinguió la de su amigo. Con esfuerzo levantó la cabeza y lo vio como, divertido, intentaba seguir la cantinela. Quería rescatar a su amigo, de verdad lo quería, pero el miedo le impedía acercarse.
Las risas se fueron tornando un solemne cántico a medida que iba cogiendo el ritmo. Aquello era de locos y su tatuado amigo empezaba a perder la razón. Se levantó, manteniendo la mirada en el suelo sobre el que las sombras danzaban al compás de la titilante iluminación. Entre las sombras se distinguía, impecable, la de su compañero. Se dirigió hasta el grupo de dolientes, evitando con cautela todo contacto, hasta que pudo agarrar la chaqueta y tirar hacia fuera del corrillo. Sin dejar de canturrear, se resistía a ser movido, obligando a dar un fuerte tirón para apartarlo. Ahora sí consiguió moverlo, haciéndole perder un zapato y despegar la suela del otro. Los mendigos lo rodearon tirando con firmeza hacia el otro lado. A pesar de sus esfuerzos no pudo evitar que su amigo se marchara con la Compaña, desgarrando incluso la impecable chaqueta, que quedó en el mismo estado lamentable que las de sus nuevos compañeros.
Uno de los mendigos sacó un sombrero de algún lado y se lo colocó al nuevo miembro, mientras con una voz cavernosa decía: “Ahora es nuestro y su destino es ser un plañidero de pobres difuntos”.
Ante la insistencia de los mendigos por incorporarle a la Compaña, el chico no dudó en salir huyendo todo lo deprisa que sus piernas le permitieron, mientras los otros se perdían por callejuelas adyacentes.

Ya nunca volvió a ser el mismo y se volvió introvertido hasta extremos absurdos. Abandonó el aseo personal y cada vez aparecía menos por casa. Cuando lo hacía era para tumbarse al borde del coma etílico, hasta recuperarse y combatir la resaca con más bebida. Lo único que guiaba sus pasos era la obsesión por encontrar a su amigo para rescatarlo de aquel destino miserable.
Hasta tal punto llegó su obsesión que cuando oía un carrito ser arrastrado, no dudaba en correr hacia el lugar e interrogar al portador. La negación era la respuesta más habitual, para acabar en insultos mutuos cuando el chico insistía, sin estar convencido de la respuesta.
En su deambular cotidiano vio el resplandor de una hoguera en un callejón, proyectando sombras en las paredes. Con premura fue al lugar donde varios mendigos se calentaban alrededor de una estufa improvisada en un bidón. Uno por uno fue descubriéndolos de sus capuchas con la esperanza que alguno fuera su amigo desaparecido. Molestos por la intrusión, los mendigos se defendieron con empujones, provocando la ira del chico que comenzó a golpearlos. La violencia aumentó y no tardaron en aprovechar su número para apalear al chico que acabó tendido en el suelo sollozando entre hilillos de sangre.
Cansado y dolorido, se resguardó en un portal donde se quedó dormido.
Un liquido caliente lo despertó acompañado de una fuerte jaqueca. Levantó la mirada y apenas pudo ver a dos muchachos que orinaban sobre él entre risas y mofas, en un bautismo que definitivamente lo convertía en “uno de ellos”.

FIN
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