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domingo, 12 de marzo de 2017

Castillos de por ahí


Castillo de Almonacid (Toledo).



Castillo de Jumilla (Murcia),



Castillo de Mula (Murcia),



Esto también es un castillo (Murcia),


Jugando con la luz en el Palacio de Altamira (Elche).

sábado, 20 de febrero de 2016

Recordando a Umberto Eco







En el ocaso del anterior siglo y puesto que todo tiempo pasado no fue ni peor ni mejor, simplemente anterior, mi mente viajaba dispersa por mundos imaginarios. Situaciones fantásticas provocadas por personajes peculiares que se esforzaban en romper el tejido onírico de mis desvaríos y caer en el blanco papel en el que quedarían plasmadas.

Fue "El nombre de la rosa", la novela más recordada de Umberto Eco, la que me dio el empujón para que me pusiera a escribir.
Yo quería contar algo así, pero con mi estilo, aunque no supiera cual era.
Y comencé la ardua tarea de crear un relato, "Un relato de Magia Ancestral".
Aquí os dejo el segundo capítulo.




Un Relato de Magia Ancestral

2 - Tedesio llega al monasterio

El llamador de la gran puerta de entrada al monasterio sonó varias veces. El sol ya estaba escondiéndose tras las montañas que rodeaban el valle donde estaba ubicado el monasterio. No era normal que nadie estuviera allí tan tarde.
La argolla volvió a golpear la puerta, avisando así la llegada de algún visitante. Tras repetir la llamada, el portón se abrió con un chirrido estridente, tan agudo que hacía castañear los dientes. Una vez abierta la puerta por completo, el sirviente observó al visitante que tan insistentemente golpeaba con la argolla.
Plantado ante la puerta, el viajero respiraba agitada y nerviosamente. El largo viaje y la agotadora ascensión al monasterio lo obligaba a respirar con grandes bocanadas, expulsando el aire con tanta fuerza que lo hacía toser. Pero el cansancio no menguaba la impaciencia de sumergirse entre tal acumulación de sabiduría.
Sin dar tiempo al sirviente a pronunciar palabra, el muchacho saludó, se presentó, y dijo a qué había venido. Lo dijo con tal rapidez y atropello que el sirviente se quedó abrumado.
—Buenas tardes, ¿o debería decir noches? Soy Tedesio Vázquez, hijo del administrador del Señor de Villalobos, y he sido enviado por mi señor para adquirir la cultura necesaria para suceder a mi padre en el puesto de administrador de bienes de Don Juan de Villalobos. Si me conduce ante el Abad yo mismo le entregaré la carta y le explicaré con detalle el porqué de mi visita a tan grandioso cúmulo de saber que es este monasterio.
—Don Gerardo de Peña, Abad de este monasterio, me comunicó su inminente llegada. Pero no podrá recibirle. Le conduciré ante Fray Ramiro, el cual le pondrá al corriente de sus obligaciones. Sígame.

Tedesio caminaba tras los pasos del sirviente que le conducía en silencio por los pasillos del monasterio. Mientras admiraba curiosamente los tapices, cuadros y decoración en general. El trayecto se recorrió demasiado despacio para el acelerado carácter del chico y cuando empezaba a desesperarse el sirviente se paró ante una puerta. Llamó un par de veces, esperó unos segundos y después se retiró, despidiéndose del muchacho que se quedó allí plantado como un pasmarote, sin saber qué hacer.
Pasó un tiempo, que se le hizo interminable, la puerta se abrió con un crujido seco. Conteniendo el aliento, Tedesio contempló al personaje que estaba frente a él. Era un hombre de unos cuarenta años, con unas arrugas típicas de la edad. Los ojos profundos y penetrantes, con bolsas debido a los años de estudio y lectura, y con marcadas ojeras. Una arreglada barba blanca, disimulaba el resto de sus facciones; sus cariados dientes y resecos labios, consecuencia de humedecerse los dedos para pasar las páginas. De estatura media, aunque confusa, debido al encorvamiento de tanto años de estudio. De complexión recia aunque no gruesa, se movía inquietamente por su excesiva panza.
Con un ademán le indicó al chico que pasara.
—Adelante muchacho. Pasa y siéntate.
Tedesio entró y se dirigió directamente al sillón indicado. Lanzó un sonoro suspiro cuando se dejó caer en la silla de madera maciza.
—Buf. Estoy realmente cansado —el muchacho tomó aire y le repitió mecánicamente la misma parrafada que le había soltado al sirviente nada más llegar.
El fraile también tomó asiento, y cuando estuvo acomodado, se quedó mirando al locuaz muchacho mientras éste proseguía su cháchara.
—... y como puede ver, aquí estoy dispuesto a aprender y a aumentar mi cultura acerca del mundo y las ciencias.
El fraile permanecía quieto y callado. Sentado tras la mesa de roble, decorada con figuras talladas en sus bordes y con las patas retorcidas, haciendo una espiral, semejante  a una escalera de caracol enroscada sobre una torre. Fray Ramiro contemplaba al muchacho que ya empezaba a pesarle el silencio, se movía nerviosamente en su silla, a pesar de que ésta era bastante cómoda. Se le pasó por la cabeza producir un carraspeo para aliviar el pesado silencio, pero cuando estuvo a punto de hacerlo, el fraile comenzó a hablar despacio y pausadamente, como si separara las palabras en sílabas.
—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?
Y antes de que el chico respondiera, Fray Ramiro alzó la mano conteniendo así al muchacho. Tedesio renunció a pronunciar sonido alguno y dejó al fraile continuar.
—Tenemos un muchacho locuaz, hábil con las palabras, nervioso, impertinente y maleducado. Contigo vamos a tener que invertir mucho más tiempo en enseñarte lo mismo que a los demás. Como comprenderás no vamos a variar la rutina del monasterio por ti, así que tendrás que permanecer en este hogar de Dios durante más tiempo que los demás, quizás tres años, o cuatro, o cinco...
Tedesio no pudo aguantarse e interrumpió al fraile.
—Pero Señor, no entiendo, soy persona aplicada y tengo ganas de aprender. No comprendo por qué se me tiene que discriminar. Permanecer por más tiempo del previsto aumentará mucho los gastos de mi Señor al tenerme aquí.
Fray Ramiro esperó pacientemente a que el muchacho se tranquilizase y sobre todo a que se callara.
Ya veo que no lo comprendes, chico. Contigo será más complicado porque antes de enseñarte cultura deberás aprender a callar. Sólo cuando una persona ha aprendido a escuchar en silencio, se le puede enseñar algo.
Tedesio quedó impresionado ante la explicación de fray Ramiro. Durante el resto de la conversación se esforzó en guardar silencio y responder sólo ante preguntas directas.
El fraile hizo una mueca de aprobación y prosiguió.
— “Mens sana in corpore sano”. Tan importante es una cosa como la otra. El águila tiene mejor vista que el hombre, el gato más agilidad, el olfato del perro es superior y la fuerza del toro es incomparable. La inteligencia es lo que Dios nos ha dado para diferenciarnos de los animales y las bestias. Pero no hay que acomodarse y creer que eso es todo. La mente hay que cultivarla, adiestrarla e instruirla. Cuando dejamos de ser niños creemos que lo sabemos todo. Ja —fray Ramiro soltó una carcajada seca y meneó la cabeza de un lado para otro.
—Durante este tiempo aprenderás muchas cosas, cultivaras tu mente. Comprenderás cómo con la meditación y el acercamiento a Dios, la mente se aclara y las ideas surgen. Pero esto no es espontáneo. No chico, no es tan fácil. Con el estudio de las diversas artes y ciencias verás cómo, con la ayuda del Señor, puedes buscar esas ideas y conocimientos, y hacer con ellas algo útil y creativo.
—Ahora dirígete a tus aposentos y descansa. A partir de mañana comenzará la actividad normal.
Fray Ramiro indicó a Tedesio cómo llegar hasta su celda-dormitorio, luego despidiéndose del muchacho, volvió a entrar en el despacho y cerró la puerta con brusquedad, produciendo un ruido seco que retumbó por todo el pasillo.
Tedesio cogió el equipaje y, recordando en voz baja las instrucciones, se dirigió a la zona del monasterio donde estaban situadas las habitaciones.

\`´/

Sentados en los fríos banco de madera pulida, el auditorio escuchaba en silencio el texto que fray Abelardo leía durante la cena, antes de ir a dormir.
—Por lo expuesto anteriormente, puedo decir que, algunas hierbas pueden expandir nuestra mente acercándonos a Dios. Hacernos más receptivos a su mensaje y a su palabra. Pero no debemos confundir el efecto de las infusiones con la santidad. No por beber estos preparados, necesariamente estaremos más cerca de Dios. De hecho, las tribus paganas de algunos lugares las han usado toda la vida y siguen siendo salvajes paganos. Para alcanzar la santidad debemos ser elegidos por El Altísimo y estar en un sublime estado de comunión con él. Los brebajes no hacen santos, pero ayudan a quien sí lo es a comunicarse y entender el mensaje de Dios. Mensaje que está codificado para que sólo los elegidos puedan descifrarlo y entenderlo correctamente.

Mientras fray Abelardo proseguía con su lectura, los monjes, ya terminada su cena, escuchaban en silencio las palabras de su compañero, roto tan sólo por el sonido de los cubiertos al rozar con los platos, alguna orden dada a los sirvientes y algún eructo. Se podía oír, agudizando mucho el oído, un murmullo proveniente de una de las mesas más alejadas. Era la conversación entre dos muchachos estudiantes. 
—Matías, te digo que Eusebio escondía algo en el cuarto, en su cofre, en su camastro o en algún sitio.
El que así hablaba era un muchacho de unos catorce años, de ojillos que, o bien eran pequeños o eso parecía al estar camuflados con los protuberantes pómulos y las sonrosadas mejillas. No cabía duda que su familia era noble, y que la exagerada alimentación, a base de guisos y dulces había hecho de Gonzalo un muchacho obeso.
—No sé. Eusebio era muy reservado, hablaba poco y se relacionaba menos, pero eso no quiere decir que ocultara algo.
Matías era algún año menor que Gonzalo, aunque su edad no se podía calcular con exactitud. Dos monjes, encargados de mantener una pequeña ermita perdida en ningún sitio, encontraron a Matías que vagaba llorando por el bosque. Probablemente se perdió o lo abandonaron, porque el pueblo más cercano se encontraba a varios días de camino a pie.
Los monjes lo recogieron, lo cuidaron hasta que creció y lo enviaron al monasterio para que terminara su aprendizaje. Gonzalo y Matías esperaron a que Fray Abelardo continuara con la lectura. Tras una pausa para tomar un trago de agua, el fraile prosiguió, Gonzalo aprovechó para continuar su conversación con Matías.
—Mira te voy a contar lo que ví el otro día.
Miró con desconfianza si lo observaban y comenzó la narración:
—Me desperté por la noche para beber agua, fue la noche de la tormenta, como no veía nada fui tanteando hacia la botija. De pronto cayó un rayo que iluminó el cuarto y a parte de ver la botija, también ví que el camastro de Eusebio estaba vacío. Creí que se había ido a mear y me volví al mío. Me costaba dormir por los relámpagos y truenos. Eusebio tardaba mucho y pensé que estaría esperando a que aflojase la tormenta para volver. Ya estaba casi dormido cuando entró Eusebio. Volvió jadeando y resoplando. Con la oscuridad no pude ver bien lo que llevaba pero traía algo entre las manos. No paraba de hacer ruido por el cuarto, luego se acostó canturreando algo.
Aunque yo no entendía lo que decía no paraba de repetir una machacona cantinela.

Fray Abelardo prosiguió con su lectura.
—De lejanas tierras, vienen algunas plantas que tienen poderosos efectos mágicos. Cuidado debemos tener con ellas y han de ser controladas y evitar que el pueblo haga mal uso, pues corremos el riesgo que aparezcan falsos santificados, como caracoles después de la lluvia. Pero sí podemos utilizarlas nosotros, pues somos los transmisores de la palabra de Dios. Y esa palabra ha de ser entendida, analizada y traducida para que la gente pueda comprenderla en su inmensa ignorancia.

Matías replicó a Gonzalo y le expuso su versión.
—Hombre yo no lo veo tan raro. Eusebio se fue al establo a cagar. Luego esperó a que la lluvia aflojase para salir del establo, como la tormenta no paraba salió y corrió por el claustro y luego subió a la habitación. Lo que llevaba entre las manos sería la ropa mojada, y el canturreo sería una oración antes de volver a acostarse.
Gonzalo se encogió de hombros y dijo;
—Qué va, hombre, qué va. Eso no puede ser. La ropa mojada no la he visto por ningún lado, y eso que me levanté antes que él. Ya sabes que a Eusebio siempre le ha costado levantarse por las mañanas. El canturreo puede que fuera una oración, pero ¿y el rayo?. Por la luz que hizo tuvo que caer muy cerca, si no encima del monasterio.
Matías se quedó pensativo y antes de que respondiera Gonzalo le dijo;
—¿A qué no oíste ningún relámpago anoche? Si cayó tan cerca tendríais que haberlo oído tú y Diego.
Asintiendo con la cabeza concluyó;
—El rayo, o lo que fuese, no hizo ruido. Yo no he visto nunca ningún rayo que caiga tan cerca y no haga ruido.
Fray Abelardo acababa su sermón elevando la voz para dar más énfasis a sus palabras.
Al tiempo que el fraile terminaba lanzó una mirada de advertencia a los muchachos, los cuáles quedaron en silencio al instante.

\`´/

Tedesio avanzó expectante por el pasillo. El único ruido que hacía al caminar era el producido por la arenilla suelta del desgastado suelo . Llegó hasta la puerta que le había indicado Fray Ramiro. Accionó la manivela y esta para su sorpresa, no hizo el característico chirrido que producen las viejas y pesadas puertas de los monasterios. Cuando la puerta estuvo abierta completamente, el muchacho recogió sus pocas pertenencias y entró en el dormitorio.
El cuarto era pequeño pero bien distribuido. Contenía cuatro camastros, sujetos a la pared a modo de literas, dos en la pared de enfrente, justo debajo del enrejado ventanuco que daba al patio interior del monasterio. Los otros dos quedaban semiocultos por el perchero atiborrado de ropa, a la derecha de la puerta. En la otra pared, justo al abrir la puerta, quedaba el soporte con la palangana de agua y una silla con un lienzo colgado en el respaldo.
Acostado en uno de los camastros estaba un chico de la misma edad que Tedesio, más o menos.
Tedesio se acercó a saludar al chico del camastro.
—Hola, me llamo Tedesio —le dijo tendiéndole la mano.
El muchacho del camastro  se incorporó con dificultad y tras toser un par de veces se presentó a su vez.
—Hola. Yo soy Diego —contestó con la voz afónica.
Pero antes de que Tedesio pudiera estrecharle la mano, Diego se volvió a acostar resoplando ruidosamente, tras lo cual volvió a toser un par de veces.
—Vaya tos. ¿Te has resfriado?
Diego contestó a desgana.
—Sí me he acatarrado. Este monasterio puede llegar a ser muy frío. —Tras estas palabras cerró los ojos y se quedó acostado respirando con dificultad.
Tedesio se sentó en uno de los camastros y buscó con la mirada un lugar para dejar sus cosas.
En esto estaba cuando se abrió la puerta de la habitación y entraron dos muchachos. Tedesio se fijó en la gordura de uno de ellos.
Los dos chicos se quedaron sorprendidos, pues no esperaban encontrarse con nadie más en el cuarto a parte de Diego.
El más menudo saludó a Tedesio.
—Hola, ¿y tú quién eres?
—Soy Tedesio. Acabo de llegar.
—Esa es mi cama —dijo el muchacho grueso con seriedad.
Tedesio lo miró desafiante y tras algunos momentos de tensión se levantó y preguntó.
—¿Y cuál es el mío?
Matías le indicó con la mano el camastro que antes ocupaba Eusebio, justo debajo del suyo.
Tras esto preguntó a Diego como se encontraba, aliviando así la tensión del ambiente.
—Fray Abelardo ha venido a verme hace un rato —contestó Diego con dificultad y entre toses —y dice que como soy un chico fuerte me recuperaré pronto. Supongo que mañana ya podré levantarme de la cama.
—Ya veo que os habéis presentado —empezó a decir fray Ramiro cuando entró tras Tedesio.
—Sí, ya nos hemos conocido —le interrumpió Tedesio.
Fray Ramiro lanzó una mirada penetrante a Tedesio y le dijo:
—Supongo que sabrás rezar, ¿verdad?
—Por supuesto que sé. —respondió el impaciente chico.
—Pues empieza.
—Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre.
—Haciendo flexiones en el suelo—indicó enérgicamente fray Ramiro con el dedo.
Tedesio iba a replicar, pero ante la penetrante mirada de fray Ramiro, prefirió obedecer y callar.
—Vuestro locuaz compañero, sí, ese que tan bien sabe rezar, se llama Tedesio. Es hijo de Isaías Vázquez, vasallo del señor de Villalobos, y está aquí para lo mismo que vosotros, para, con la bendición de nuestro Señor, aprender todo lo que entre estos muros se puede aprender.
Fray Ramiro hizo una pausa a la vez que miraba al muchacho que había parado de hacer flexiones.
—Ya he terminado —dijo Tedesio con dificultad por el esfuerzo.
—Pues vuelve a comenzar.
Fray Ramiro se dirigió a la puerta y, cuando estuvo allí, les dijo:
—No quiero alborotos. La noche es para dormir y asimilar lo que hemos aprendido durante el día. Si armáis jaleo, os pasaréis toda la noche rezando.
Antes de cerrar la puerta se dirigió a Tedesio.
—Cuando termines ese Padrenuestro, puedes parar y reflexionar sobre tus actos.
Tras esto salió y cerró la puerta tras él.
Tedesio acabó la oración y se quedó tumbado en el suelo respirando a grandes bocanadas. Mientras recuperaba el aliento oyó a fray Ramiro alejarse por el pasillo.
Matías ayudó a Tedesio a sentarse en el camastro, al tiempo que Gonzalo acercaba la oreja a la puerta. Matías esperó la señal de aprobación de su amigo y tras recibirla susurró:
—No vuelvas a interrumpir a fray Ramiro.
Girándose hacia Diego que permanecía postrado en la cama  le indicó:
—Gonzalo tiene algo que contarte.
El otro muchacho, desde la puerta miró con desconfianza a recién llegado y dijo:
—Mañana hablaremos con más tranquilidad. Vamos a dormir.
Con un fuerte soplido apagó la vela dejando la habitación a oscuras.
Tedesio intentó acomodarse en el colchón de paja que tenía incómodos bultos. Con las manos intentó alisar el camastro, pero lo único que conseguía era desplazar los bultos de un lado para otro, sin deshacerlos.
Llegó un momento que el cansancio del viaje le venció y se tumbó en el camastro. Haciendo caso omiso de la incomodidad, se tapó y buscó la posición más adecuada.
—Cof, cof —escuchó antes de quedarse dormido.

Registro de la Propiedad Intelectual: Asiento 09/2009/1973
Textos, portada, diseño y maquetación: Gregorio Sánchez Ceresola.

domingo, 9 de febrero de 2014

Un relato de magia ancestral

Para los que realmente estén interesados en leerla, ya se puede adquirir mi primera novela (escrita en 2007).

Un relato de magia ancestral.

(Gregorio Sánchez, 2007)
Un monasterio perdido entre las montañas es el lugar ideal para que los monjes puedan cumplir sus funciones, sin preocuparse por envidias, temores o fanatismos propios de la época medieval.
Allí cuatro chicos, con sus particularidades y diferencias, estudian, juegan y se preparan para afrontar sus oficios futuros con garantías de éxito. Pero unos extraños pergaminos se cruzan en su camino cuando además alguien los está buscando con ansia, un ansia capaz de llevarlo a los más terribles actos.
Esto les llevará a iniciar una carrera por aprender a dominar artes ancestrales, una carrera donde el aliento de un escurridizo enemigo les acecha en cada rincón. Este será un misterio cargado de pura magia que los hará vivir extrañas aventuras repletas de emociones y terribles peligros.
UN RELATO DE MAGIA ANCESTRAL es una novela en la que se mezcla el ambiente medieval de un remoto monasterio con detalles fantásticos; en una trama de misterio cargada de acción en un entorno que procura ser fiel a las costumbres de un monasterio medieval y sus habitantes, salvando las distancias que la fantasía permite.

(Registro de la Propiedad Intelectual: 09/2009/1973)

Pedidos a mi correo electrónico y envío por contrareembolso de 10 € (solamente en España. Otros lugares, consultar).

martes, 23 de diciembre de 2008

La bombarda

En este año de mil cuatrocientos y veinte tengo el convencimiento que ha llegado el momento de hacer el viaje sin retorno. ¿Estoy asustado? Pues si, tengo miedo a morir, un loco sería si no lo tuviera. A pesar de lo que parece, estoy convencido que así será. Además, no lo haré solo, pues el bocazas de mi señor encabezará el desfile fúnebre que nos lleve hasta el infierno de los pecadores.
Míralo, ahí está, en lo alto de la torre. Cree poseer el mayor arma de la cristiandad, la bombarda, y por eso está arengando a las tropas, insultando al enemigo o ambas cosas.
Yo me limito a mantenerme firme a su lado, sujetándole el escudo y la espada para que él gesticule y haga aspavientos, enfatizando sus bravuconadas. Se cree invencible, y nos cree invencibles, el muy imbécil… cuando vuelve otra vez con el asunto de la bombarda. Asegura que liquidará a la primera fila asaltante con un atronador disparo. Como un aviso para que La Muerte venga a recoger las pobres almas de los caídos. No hace falta que la avises, ella está ahí, a la sombra de la higuera, esperando pacientemente a sus víctimas que, en esta contienda, seremos nosotros.
Con la bombarda nuestro destino, efectivamente, sería otro, triunfal y heroico. Pero nadie parece acordarse que no la tenemos. Se la dejamos a nuestros vecinos para repeler una incursión morisca y, sin la ventaja de tan poderoso ingenio de guerra, seremos nosotros los que acompañemos a La Parca.

Por fin dice algo sensato, esta batalla es un sinsentido, donde mucha gente morirá o, en el mejor de los casos, quedará mutilada por los disparos de... la bombarda. Por Dios, que alguien le diga que no tenemos bombarda alguna. Que alguien tenga la valentía de interrumpirlo y avisarle que bolaños de piedra tenemos muchos, pero nada con qué dispararlos. Que alguien ponga en juego su cuello por el bien de todos nosotros.

Cómodamente situada a la sombra, La Muerte muestra su dentadura en una macabra sonrisa. Sonríe con sarcasmo, pues no se irá de vacío, y además sabe que no tenemos el arma definitiva que nos daría la victoria.
No me extraña que se ría, pues es gracioso que estemos en esta situación por defender a unos ladrones y asesinos. Que ironía, nosotros, los adalides de la justicia, vamos a caer por la chulería de mi señor al defender a unos criminales. Robaron y saquearon la huerta, dando muerte a algunos labriegos al ser descubiertos. Por varias villas fueron perseguidos por la milicia del gobernador que buscaban justicia y sangre, hasta estos mismos muros, donde encontraron refugio.

Empiezo a desquiciarme y ahí lo tienes, él sigue con su bombarda. Bombarda por aquí, bombarda por allá, y yo temblando de desesperación porqué no sé si es que no se entera o no quiere enterarse.

Nuestras tropas empiezan a rugir, los muy insensatos. La arenga ha surtido efecto y tanto los peones como los caballeros tienen la moral tan alta que les enrojece los ojos y eso les impide ver con claridad al ejercito que nos amenaza. Pero yo si puedo ver a las tropas del gobernador apostadas a los pies de la muralla, vamos, a un tiro de piedra. A primera vista puedo ver que son unos cuatrocientos o más y además, hablando de piedras, tienen una balista. Como una ballesta pero en gigante y que lanza piedras capaces de derribar los muros de cualquier ciudad.

Mi señor sigue empecinado con eso de que no podemos permitir que venga un gobernador de una lejana ciudad a imponer su ley en nuestras propias tierras. Pero será desgraciado. ¿Porqué no cuenta las cosas como son? Dirá que no son las nuestras, si no sus propias tierras y tendría que decir que el hecho ocurrió en las tierras del gobernador, nombrado por el mismísimo rey, y no en estas. Quizás también deberían saber nuestras tropas que más que defender este lugar, están ayudando a mi señor a reivindicar una antigua rivalidad con el gobernador con el que nunca hubo un buen entendimiento. Ambos son unos hipócritas porque a ninguno le importan, ni los labriegos ni sus asesinos. Lo que les importa es quien tiene autoridad para mandar sobre el otro. Quien es más, más… más prepotente, vamos.
La arenga ha terminado. Un pesado silencio cae sobre todos nosotros. Ha llegado la hora de morir. Hasta Ella se ha levantado y se prepara para recoger nuestros despojos. Me tiemblan las piernas y estoy a punto de dejar caer las armas de mi señor y salir corriendo al más oculto agujero. Todavía me mira con orgullo porque se cree que tiemblo de emoción ante el combate y todavía sigue con su falsa creencia que nuestra bombarda nos dará la victoria.

No lo soporto más, me da igual las consecuencias, pues ya estamos muertos. Voy a gritarle que la única artillería que hay es la que tiene el gobernador, cuando el galope de un caballo rompe el silencio.
Llega el paje real con un mensaje urgente del monarca que rápidamente se lo comunica a ambos contendientes.
Su majestad recrimina al gobernador el uso de la fuerza de las armas para ejercer justicia, así como manifiesta a mi señor su indignación por reunir tropas para resistir dicha justicia. Ordena que los culpables sean detenidos por mi señor y juzgados por el gobernador en nuestra ciudad.
Decisión salomónica.

La tensión libera mi cuerpo dejándolo fláccido y caigo pesadamente al suelo como una hierba pisoteada. Una polvareda en el camino me hace fijarme que la bombarda viene en nuestro auxilio. Tarde, pues el asunto está resuelto, pero menos mal que no ha hecho falta su intervención.

Todavía no creo mi suerte. Miro directamente a las vacías cuencas de La Muerte y rio histéricamente hasta que las lágrimas caen abundantemente por mi cara. Con un obsceno gesto la conmino a que se marche por donde demonios haya venido. Ella, resignada, se encoge de hombros y se marcha con un destino más allá del crepúsculo.
Sabe que pronto volverá, como mínimo a llevarse a los criminales una vez sean juzgados, pero creo que se llevará a alguien más, sobre todo cuando al cruzarse con la bombarda, esta estalla en mil pedazos quedando absolutamente inservible.
Sin arma intimidatoria, en la próxima contienda se llevará algunas almas más que ahora, ella lo sabe y, antes de desaparecer, se gira y me señala con su huesudo dedo.

Gregorio Sánchez. Agosto 2008.
(Publicado en 2010 en el libro "Relatos de Gregorio Sánchez" de Gregorio Sánchez. I.S.B.N.: 978-84-614-0192-5 - Depósito Legal: A-409-2010)

La bombarda en audiorelato






El relato en pdf: La bombarda