domingo, 16 de febrero de 2014

El miedo al pasado

Ramón caminaba con ese andar pausado que la vejez obliga y el exceso de ocio permite. Gustaba de observar los cambios que el entorno iba adquiriendo: qué tiendas abrían y cerraban, qué edificios se construían y hasta los arreglos que efectuaba el ayuntamiento cada dos por tres en el parquecillo cercano. Estaba convencido que si tomaba nota mental de todo su entorno, jamás se perdería por su propio barrio como le ocurría a algunos de sus amigos.
Absorto en su particular observación, no percibió que se encaminaba hacia el lugar que, durante años, había sido su destino rutinario a esas horas del día: el colegio donde recogía a sus nietos. Ya próximo a la escuela, cayó en la cuenta que no tenía que recogerlos, pues eran suficientemente mayores para necesitar al abuelo. En parte se alegraba, pues no tendría que sufrir el mareo que le producía el tumulto que se formaba a la salida del colegio, tumulto que él achacaba a las mamás de los críos, que gritaban como pescaderas para hacerse oír entre la algarabía de niños excitados.
Por otra parte le quedaba una sensación de soledad e incluso de inutilidad. Miraba con envidia como otros abuelos recogían a sus nietos y se encaminaban alegres a merendar. Cuando la calle se despejó y solamente los remolones pedían cinco minutos más antes de irse, Ramón se decidió a marcharse.
Era pronto para regresar a casa, pero sus ya cansadas piernas no le permitirían un largo paseo; así que optó por regresar dando un rodeo. Se dio la vuelta para caminar en dirección opuesta a su casa, cuando vio un hombre vestido de negro que lo observaba de lejos. Un estremecimiento le recorrió la espalda encendiendo todas las alertas, que los años habían ido desconectando. Los recuerdos de su niñez fueron aflorando y, con ellos, el temor a aquel hombre que lo miraba en la lejanía. Desechó la idea de dar ese rodeo y se dirigió a su casa lo más rápido que pudo. En cada esquina comprobaba si lo seguían, se alejaba de los portales y miraba entre los coches buscando a alguien agazapado, al acecho, dispuesto a saltar sobre él. Las piernas le dolían más y el esfuerzo no ayudaba a su alivio. Llegó cojeando a la puerta de su casa y entre jadeos, sacó como pudo las llaves que tintineaban con el temblor de sus manos. Intentó introducir la llave pero, tras varios intentos infructuosos, se desesperó y golpeó la puerta con la mano.
-¡María! ¡María! Abre. María, abre por Dios -gritaba asustado.
-Señor Ramón, no grite que llamarán a la policía por escándalo público -le dijo, inocentemente una voz infantil.
Carolina era una niña pecosa que iba al mismo colegio que sus nietos, aunque varios cursos por debajo. De carácter extrovertido, Carolina se jactaba de tener más amigos que nadie pues con todos hablaba y a todos les contaba sus locas ocurrencias.
-No me oye. María está sorda y no me oye. Me cago en la mar. ¡María abre! -volvió a gritar.
-¡Señora María! ¡Señora María!, que el señor Ramón se ha quedado en la calle -gritó también Carolina.
Volvió a golpear la puerta, a pesar de notarse muy fatigado. Carolina siguió llamando a gritos a la mujer de Ramón.
-No se preocupe, señor Ramón, que si viene la policía a llevárselo, yo testificaré en su defensa -dijo muy convencida-. Les diré que había perdido las llaves y como la señora María está sorda tenía usted que gritar, pero que no lo hacía por montar escándalo.
-Si las llaves las tengo, pero no puedo abrir -dijo en tono lastimero el anciano, mientras le mostraba las llaves.
-¡Anda!, pues entonces está todo arreglado. Yo le abriré la puerta.
La niña cogió las llaves y buscó la adecuada.
-Vamos, vamos, que vienen.
-No me estrese, que no atino.
La niña miró a ambos lados esperando ver aparecer a la policía.
-Tranquilo que todavía no vienen -le dijo al anciano.
-Sí, han vuelto, después de tantos años han vuelto a por mí.
Por fin atinó con la cerradura y, ayudándose con las dos manos, abrió la puerta.
Casi sin darle tiempo para sacar la llave, Ramón la apartó y entró en su casa.
-¡Señora María! el señor Ramón la busca -dijo Carolina con un grito que retumbó por la casa.
-Voy, voy -se oyó desde el interior.
Ramón fue a cerrar la puerta, pero antes de hacerlo, miró agradecido a la niña.
-Creí que no volverían, pero han vuelto. Vete a casa y no salgas. ¡Hazme caso!
-Señor Ramón, la policía ya no puede hacerle nada. Ya está en su casa.
-Escucha niña el consejo que te da un anciano que ya ha pasado por esto. Buscan la sangre dulce de las buenas personas y tú eres muy buena.
-Pero señor... -intentó decir Carolina.
-¡Corre insensata! -le gritó el anciano, al tiempo que la empujaba fuera y cerraba de un portazo.
Ramón se dejó caer en un butacón de la entrada donde rompió a llorar desconsoladamente.

Se había pasado las últimas noches en duermevela; despertándose cada poco tiempo, cambiando de posición y tras un rato durmiendo se volvía a despertar. Tenía los nervios a flor de piel y además llevaba varios días sin salir de casa. Siempre encontraba una buena razón para quedarse: un partido de fútbol, unas nubes que amenazaban tormenta, demasiado bullicio en la calle, un estornudo que podía acabar en pulmonía o el dolor de piernas cansadas que había aumentado. A su esposa María no le gustaba tenerlo en casa tanto tiempo, pues cualquier cosa se convertía en discusión, pero, por más que le insistía, este se negaba a salir a la calle.
-Ramón, quiero que me acompañes al mercado. A mi sola me cuesta llevar la compra -le dijo su mujer en un intento de sacarlo de casa.
-Es que no hace falta que compres tanto. Cuando vas al mercado compras como si se fuera a acabar el mundo, y claro, no puedes con todo.
María respiró hondo y se preparó para la discusión que se avecinaba, pero esta vez le iba a poner las cosas claras a su marido.
-A ver ¿qué narices te pasa? No me des las escusas de siempre, porque no es verdad. Nunca te ha importado la nubes, ni ver el fútbol en el bar y siempre has dicho que caminar es bueno para la circulación.
María se plantó ante su marido, con los brazos en jarras esperando una respuesta, que de antemano sabía que no le convencería.
-Pues... Pues... -dudó Ramón-. Pues que no me apetece. Siempre por ahí. Ya es hora de disfrutar de mi casa que tantos esfuerzos me ha costado.
-Ramón, no me mientas. A ti te pasa algo y no me lo quieres decir.
-¿A mí?
-Sí, a ti. Y ahora mismo me vas a acompañar -sentenció la mujer.
Ramón podía discutir mucho con su mujer, pero cuando esta se ponía en su sitio siempre se salía con la suya. Esta vez no fue una excepción y cogiéndolo del brazo lo obligó a ir con ella al mercado.
Se aferró a su mujer mientras miraba constantemente a todos lados. Caminaba deprisa y ella tenía que ir frenándolo e incluso pararlo para que no cruzara con el semáforo en rojo. Al llegar al mercado, Ramón se quejó de sus piernas y María le echó en cara que no tenía que haber ido tan deprisa. El mercado tenía un gran recibidor desde donde partían las calles que llevaban a los distintos puestos y en su centro la clásica caseta que albergaba la cafetería. María ayudó a su marido a sentarse, para luego marcharse a comprar.
-¡No! No me dejes solo -pidió Ramón a su mujer.
-Ramón, tengo que comprar. Quédate aquí sentado que yo vuelvo enseguida.
Hizo ademán de incorporarse, entre quejidos por sus doloridas piernas, para acompañarla, pero su mujer se lo impidió.
-A ti te pasa algo. Tienes que ir al médico. A ver si vas a tener azúcar.
-Siempre me han dicho que tengo la sangre dulce, por eso me buscan -dijo Ramón, agarrándole el brazo con fuerza.
María lo miró preocupada, al empezar a entender qué le pasaba. Se vio obligada a sentarse y tras pedir un par de tilas al camarero, intentó tranquilizar a su marido.
-Vamos a ver ¿qué es lo que te pasa? No quieres salir de casa y cuando lo haces, pareces asustado como un chiquillo.
Ramón miraba fijamente a todo el que pasaba a su alrededor como si buscara o esperara ver a alguien. Un chico vestido de negro le llamó especialmente la atención y rápidamente avisó a su mujer para que mirara en esa dirección.
-Mira, mira. Han vuelto. Vienen a por mi. Creía que no volverían, pero ahí están. Míralos.
María se giró y cuando vio al chico se le dibujó en el rostro una media sonrisa que la preocupación no acababa de completar.
-¡Esta si que es buena! A tu edad te preocupa un chiquillo. Ya sabes que los jóvenes ahora se maquillan como las mujeres hasta parecer enfermos y, encima, se visten de negro como la misma muerte.
María continuó contemplando al joven que se perdía entre los clientes del mercado.
-Tu misma lo has visto -dijo Ramón, sujetando con fuerza a su mujer-. Vienen a por lo que no pudieron llevarse en su momento.
María sostuvo entre sus manos arrugadas las de su marido, acariciando las durezas y cicatrices que los años de trabajo habían ido dejando.
-Tú sabes que ocurrió de verdad. Estabas allí conmigo, con nosotros -dijo el anciano.
-Ramón, aquello ocurrió hace mucho tiempo. Toda una vida ¿Por qué iban a volver al cabo de tanto tiempo? Entonces eras un niño y ahora ya no lo eres -reflexionó su mujer.
-No lo sé, pero han vuelto. Vienen a por mí.
Ambos ancianos se quedaron un rato cogidos de la mano, en silencio, mientras sus aromáticas infusiones se enfriaban con los sobrecillos de hierbas flotando en ellas

Aquella misma tarde, el timbre de la puerta sonó y Ramón llamó a su mujer para que fuera a abrir. Durante unos momentos nada ocurrió hasta que el timbre volvió a sonar con insistencia. El hombre gritó a su mujer y reprochó su sordera, pero se levantó del sillón para ir a abrir.
-Hola señor Ramón -dijo Carolina cuando la puerta todavía no estaba abierta del todo.
Se le dibujó una sonrisa cuando vio a su vecina con la niña.
-Hola Ramón. Quería pediros un favor. Tengo que ir a un sitio y me gustaría que Carolina se quedara con vosotros hasta que vuelva -dijo la madre de la niña.
María le ofreció a la pequeña un vaso de leche, a lo que ésta accedió con una sonrisa en la boca.
-Señor Ramón, al final no vino la policía -dijo Carolina, recordando el suceso de hacía unos días.
-No era la policía la que me buscaba. Eran los saiones que han vuelto a por mi.
Carolina lo miró con una mezcla de miedo y curiosidad.
-¿Y esos quiénes son? ¿La mafia?.
-No. Son peor. Vienen a por los que tenemos la sangre dulce para quitárnosla y venderla a los señoritos que están enfermos.
La niña lo miró con espanto y amortiguó un grito llevándose las manos a la boca.
-¡Ramón! -le recriminó su mujer, que entraba con el vaso de leche-. No le cuentes esas cosas a la niña. No le hagas caso que son cuentos de viejos.
-Estás sorda solamente cuando quieres -dijo Ramón a su esposa.
-Si le prometo que no me va a dar miedo ¿me contará la historia?.
-No son cuentos que una niña deba escuchar -dijo María.
-Mi profe dice que los cuentos son para prepararnos para cuando seamos mayores -dijo la niña, resuelta.
La mujer dudó unos instantes, hasta que se cruzó con la mirada vivaracha de Carolina que parecía pedírselo por favor. Suspiró sabiéndose acorralada y accedió con la condición que la niña se bebiera la leche antes que se enfriara.

Ramón miró a la niña, y mientras sus ojos la observaban, su mente retrocedía más y más, creando un silencio que provocaba en ella una cierta inquietud. Habían pasado muchos años, tantos como una vida. Una vida que se vio amenazada demasiado pronto para que su mente llegara a asumirlo. Se vio a sí mismo jugando en los huertos y caminos. Sin asfalto, sin coches ni ruidos. Recordaba claramente que podía oír los pájaros, las ranas en verano, el viento entre los árboles e incluso los pasos de quien se acercara por el camino. El ruido que no había cambiado tanto era la algarabía de unos niños jugando a luchar, perseguirse o cazar fabulosos monstruos de tierras lejanas.
-No los oímos llegar -dijo Ramón con voz temblorosa.
La sonrisa de Carolina al imaginarse a los niños jugar cambió junto con la expresión de Ramón.
-Algunos los vieron, pero yo ni siquiera eso. Me cogieron por la espalda, me levantaron y lo único que podía ver era el faldón de una capa negra que ondeaba entre las botas también negras. Me revolvía como una culebra, pero me sujetaba con tanta fuerza que me hacía daño.
Ramón se calló un momento mientras se frotaba los hombros, como si el recuerdo del aquel dolor hubiera regresado. Carolina lo miraba con una mezcla de curiosidad, preocupación y miedo.
-¿Y le hicieron daño? -preguntó la niña, para que el anciano siguiera contándole.
-Sí, dolía mucho; era muy fuerte. Oí que algunos corrían a pedir ayuda, otros se quedaron pero no podían hacer mucho frente a unos hombres tan fuertes y fieros. El dolor... no, espera -rectificó el anciano- el miedo, era el miedo el que no me dejaba moverme. El miedo nos protege de los peligros, pero es como el agua hirviendo, se va calentando, haciéndose más grande y fuerte hasta que te obliga a hacer cosas que tu no quieres. Puede dejarte paralizado, acurrucado en el suelo tapándote la cabeza con las manos, con la esperanza de que así no te vean. También puede hacerte correr a lo loco sin mirar atrás y sin saber a donde vas, hasta que acabas perdido en un lugar que ni conoces, ni sabes como salir.

La madre de Carolina se despidió de los ancianos agradeciéndoles haberse quedado un rato con la niña.
-¿Qué te ha contado, el señor Ramón?
-Me ha contado una historia que fue de verdad ¿Te la cuento?
María contemplaba a Carolina y a su madre alejarse mientras le preguntaba a su marido si había sido una buena idea contárselo a la niña.
-Los saiones han vuelto y si conoce la verdad podrá protegerse.
-¿Protegerse ella? o ¿protegerte a ti? Si es solamente una niña... ¡Puñetas! No pienso seguirte el juego -dijo María tras reflexionar sobre lo que estaba diciendo, y se alejó.

Cabizbajo, Ramón se dejó caer en el sillón. Un característico chasquido dio comienzo a la pieza clásica de la que disfrutaba muchas tardes. Pero en aquella ocasión la sonata, en vez de relajarlo, o quizás por eso, lo transportó lejos en el tiempo, a unos terribles recuerdos de su niñez que se abrían paso a codazos para poder aflorar.
Le volvió el primer recuerdo del hombro clavándose en sus costillas mientras lo transportaban, el olor pestilente del saco, la falta de visión y el dolor de cabeza. Lo echaron encima de una camilla manchada de chorretones de sangre y cuando se quiso dar cuenta los hombres ya se habían marchado, cerrando la puerta tras de sí, dejándolo solo en aquel lugar con olor a cerrado. Luego... silencio.

Ramón abrió los ojos y regresó al presente, mientras la aguja del tocadiscos volvía a su posición original entre chasquidos. Todavía temblaba por el miedo que no le había abandonado. Unos gruesos lagrimones le resbalaban por la mejilla y rompió a llorar desconsoladamente.
-¡Ramón! ¡Que te estoy llamando! la mesa está puesta.
Al ver que su marido no le hacía caso, María se acercó y le vio aferrado a la funda del sillón que mordisqueaba mientras continuaba llorando.
-¡Oh, Ramón!, ya vale -le dijo María mientras le consolaba, como cuando sus hijos tenían pesadillas de pequeños.
-María, tengo miedo. Han vuelto otra vez a por mi.
-No puede ser. No me creo que después de tantos años hayan vuelto a por ti ¿A santo de qué?.
-No lo sé. A terminar el trabajo.
María negaba con la cabeza sin querer creérselo, mientras recordaba las veces que su marido le había contado su cautiverio.

En aquel sótano, la única luz era la que entraba por el ventanuco en lo alto de la pared. Ramón se acercó todo lo que pudo a la abertura, pero estaba demasiado alta para mirar por ella, y menos para alcanzarla. Gritó con todas sus fuerzas pidiendo auxilio, con la esperanza de ser oído fuera. La única respuesta que encontró fue un persistente zumbido en su cabeza.
Con la espalda en la pared, observó el sótano tanto como le dejaba la escasa luz que se colaba por el ventanuco. Mirara donde mirara, solamente veía extrañas formas danzando. Todo se fue haciendo cada vez más borroso, hasta que un goteo en su barbilla le descubrió que estaba llorando. Incapaz de ver claramente, cerró los ojos buscando desesperadamente el consuelo que ni el moqueo, ni los gemidos, ni siquiera los gritos podían darle.
Así estuvo mucho tiempo, hasta que el dolor de cabeza se aplacó. Con la vista más adaptada a la oscuridad, pudo adivinar que los bichos correteaban por un montón de ropa ensangrentada y, asqueado, se apretó contra la pared reblandecida por la humedad y que se descascarillaba al menor contacto. Volvió a llorar, con más intensidad si cabe.

Ramón continuó llorando hasta que las arrugadas manos de María le acariciaron la calva con cariño, mientras le conminaba a beberse la tila todavía caliente.
-Voy a llamar a la Policía -dijo María, resuelta.
-¿Te crees que te van a hacer caso? -preguntó Ramón mientras se bebía la infusión. -Vendrán, se tomarán nota y luego se irán diciendo que dos viejos chochos les han hecho perder el tiempo con cuentos del hombre del saco.
-Está bien, le voy a pedir a la vecina que me acompañe. Ella es una chica joven y sabrá con quién hay que hablar.
María estuvo un rato hablando por teléfono y al colgar el aparato le explicó la situación a su marido.
-Me ha dicho que sí me acompaña, pero tienes que ir tú a recoger a Carolina.
Ramón dudó por un momento, pero el ver a su mujer con los brazos en jarras, le hizo decidirse de inmediato.
-Sí, yo la recogeré. Dile que no se preocupe.
-Ahora descansa que yo no tardo.
Le acompañó hasta el sillón y al ayudarle a sentarse, le notó más envejecido
-Acuérdate de ir a recoger a Carolina. No se te olvide.

Los muelles del sillón protestaron con chirridos. Una vez calmada la sinfonía de ruidos, el salón quedó en silencio, solamente roto por el zumbido añejo del frigorífico, que tosía al conectarse el motor.
El silencio total le oprimía hasta causarle claustrofobia que le daba la sensación de venirse la paredes encima. Ese era el motivo de su amor por la música clásica, que anulaba el odiado silencio.
El tiempo de su cautiverio, aunque breve, fue suficientemente intenso para traumatizar su mente infantil. Trauma que los años llegaron a camuflar y mantenerlo tapado hasta que la vejez lo sacó a la luz de nuevo.

El silencio y la oscuridad aplacaron el dolor de cabeza que la incómoda posición no conseguía. Con la vista acostumbrada a la penumbra observó la pequeña estancia. Poco nuevo se ofrecía ante sus ojos salvo la escasa luz que entraba por la puerta. El ruido que hacían los pasos arrastrándose al caminar, junto con el aumento de luz que se acercaba a la puerta, delataba la llegada de su carcelero. El corazón se aceleró y buscó atropelladamente un lugar donde esconderse. El montón de ropa era un buen lugar, y allí se dirigió rápidamente.
Los pasos se oían cada vez más próximos hasta que se detuvieron delante de la puerta. El cerrojo, antiguo y oxidado, crujió al descorrer el pestillo, así como las bisagras que sujetaban la envejecida puerta. Un fuerte golpe la abrió del todo, provocando que el involuntario grito de Ramón revelase su escondite. El hombre protegió el candil que el fuerte empujón había estado a punto de apagar. Lo colgó en la pared y, tras pasear la mirada por la estancia, se dirigió presto al montón de ropa de dónde sacó al niño a empellones.
Lo alzó en vilo y lo sentó en la camilla. El hombre lo observaba con detenimiento y, de vez en cuando lo olfateaba provocando el inmediato rechazo de Ramón que se apartaba rehuyendo del hedor que despedía su carcelero.
El ruido de un carrito al entrar en aquel sótano llamó la atención del chico, que se quedó horrorizado al ver la variedad de instrumental de aspecto amenazante que tintineaba sobre la repisa metálica. Tubos de caucho, de cristal retorcidos formando una espiral y redomas con líquidos variados, daban un toque siniestro entre las pinzas, tijeras y sierras que no auguraban nada bueno.
Con el carrito ya colocado cerca de ellos, el segundo hombre le dio al otro unas roñosas muñequeras de cuero provistas de una gruesa hebilla con las que se dispuso a sujetar al chico. La mugre atascó la primera hebilla obligando al hombre a usar ambas manos. La presión fue excesiva y provocó un intenso dolor en Ramón que, voluntariamente o no, golpeó el carrito con los pies, tumbándolo y derramando los líquidos entre un estruendo de cristales rotos.
Los hombres blasfemaron, insultaron y maldijeron al chico hasta que uno de ellos terminó abofeteándolo. Un hilillo de sangre resbalaba por su inflamada barbilla y rápidamente el otro colocó uno de los frascos que había sobrevivido para recogerla. El que lo había golpeado se puso a ordenar el instrumental esparcido por el suelo, mientras el otro buscaba un lugar adecuado para dejar el frasco y, al no encontrarlo, se marchó por la puerta. Una vez recogido el instrumental, el hombre que quedaba, también se marchó con el carrito, cuyos chirridos se confundían con algún tipo de maldición ininteligible que terminó en un portazo.
Con la mano que se habían olvidado de sujetar, Ramón se restregaba la cara, en un intento de aliviar el picor que el llanto le producía. Miró al suelo y le llamó la atención como los líquidos derramados discurrían hacia una losa con agujeros y se filtraban entre gorgojeos cómo si fuera un desagüe. Aquello tenía que salir por algún lado, pensó. Mientras se estiraba todo lo que la mano sujeta a la camilla le permitía, cogió uno de los cristales rotos que quedaban y se aplicó a romper la muñequera de cuero. La mugrosa cinta se partió con facilidad, liberando a Ramón de la camilla.
Levantó como pudo la losa, dejando al descubierto un amplio agujero que hacía las veces de nauseabundo desagüe perdiéndose en la oscuridad del subsuelo. El hedor le hizo recular, pero su miedo espoleó sus ansias por huir de aquel sitio. Oyó los característicos pasos de sus captores y, sin pensárselo mucho se introdujo de cabeza en el agujero. Intentaba reptar pero lo angosto del pasadizo le dificultaba el avance teniendo para ello que introducir las manos en el viscoso fango. Algo le recorría el pelo y no quiso saber si eran gusanos, barro o simplemente su propio sudor producto del esfuerzo y la tensión. Escuchó gritos detrás de él y su corazón se desbocó al sentir unas manos que le agarraban los pies. Pataleó tan fuerte como pudo hasta que, fortuitamente golpeó al hombre que lo sujetaba, consiguiendo así liberarse. Olvidándose de las inmundicias, se esforzó en avanzar todo lo rápido que pudo con la esperanza que sus perseguidores no pudieran entrar. Los gritos y maldiciones confirmaron que el pasaje era demasiado estrecho para ellos y Ramón continuó avanzando en la oscuridad.

El túnel era tan largo que parecía interminable. No lo perseguían pero no iba a retroceder, ahora no. Por suerte a medida que avanzaba parecía ensancharse, aunque los residuos estancados dificultaban por igual el avance. La nariz, saturada por los olores, ya no apreciaba nada excepto un punzante picor que no se atrevía a aliviar por no tocarla con las manos, de las que chorreaba un espeso barro.
Escuchó una voz que provenía del fondo del túnel. Le parecía el de una niña que lo llamaba por su nombre con urgencia. Tras un recodo por fin vio una luz al fondo que podía ser la salida. Esto le dio la energía suficiente para continuar más deprisa, aunque la inquietante voz de la niña llamándole le hacía dudar si ése era el camino correcto. La luz del fondo se hizo más intensa a medida que avanzaba y la voz de su amiga era más clara a medida que se acercaba al final del túnel. La silueta de la pequeña se recortaba al trasluz de la salida del túnel y con sus manitas le urgía a darse prisa. Llegó al final y su desesperación fue mayúscula al toparse con una reja que le impedía salir. La niña lloraba, gritaba y rogaba que no le abandonase, que ellos venían y solamente él podía ayudarla. Sujetó la reja, pero sus arrugadas manos de anciano no tenían la fuerza suficiente para apartarla.
-Aguanta, ya voy -gritó Ramón.
-Prometiste venir a por mí, lo prometiste -lloraba Carolina al otro lado de la reja.
Ramón sacudía la reja, cuando Carolina miró a un lado con una expresión de auténtico pánico. Una figura oscura, difuminada por el contraluz, apareció y con un brusco movimiento, la cogió en volandas  y se alejó con premura, entre los gritos desesperados de la niña.

Ramón despertó en el sillón de su casa, con la respiración agitada y mirando a todos lados sin saber dónde estaba. Se incorporó y cuando se recuperó del susto recordó...
-¡Dios mío! ¡La niña!
En su mente los acontecimientos se reordenaron, dándole una percepción distinta de lo ocurrido.
-No iban a por mi, van a por Carolina. Ella es su nueva presa. Solamente querían atemorizarme para alejarme de ella.
No se lo pensó dos veces. Se levantó y salió corriendo de su casa, todo lo deprisa que sus doloridas piernas le permitían. Tarde, llegaba tarde, muy tarde. Lo presentía.
Se encontró con la marea de mamás que volvían con sus inquietos hijos corriendo de aquí para allá. Ramón no dudaba en apartarlos a empujones provocando las iras e insultos de sus madres, pero no estaba dispuesto a pararse por nada del mundo. Aquella niña estaba en grave peligro y le necesitaba. Todo este tiempo había sido tan egoísta de creer que la víctima era él, cuando realmente era aquella amable niña que tan valientemente se había ofrecido a ayudarle.
Le faltaba aliento y un par de señoras le cogieron por detrás para recriminar su desconsiderada actitud. Se giró furioso y las amenazó con el puño para que le soltaran. La violencia del anciano las puso histéricas y, como lobas que protegen a sus cachorros, le sacudieron enérgicamente. Sacando fuerzas de algún lugar que ni él conocía, empujó a las mujeres y reemprendió su carrera hacia el colegio.
Al doblar la esquina comprobó con desesperación que la puerta del colegio estaba vacía, como si todo el mundo hubiera tenido demasiada prisa en marcharse. Llamó a Carolina a gritos, pero nadie contestó. Volvió a llamarla, esta vez con lágrimas en los ojos que le nublaban la vista cuando miraba a todos lados con la esperanza de verla.
-¡Estoy aquí! -dijo la niña desde detrás.
El anciano se giró asustado y tras un momento de indecisión, la cogió en sus brazos y la abrazó con fuerza.
-Pequeña, pequeña ¿estás bien?
-Sí, pero como siga estrujándome me va a desmontar.
El anciano la besó y la volvió a abrazar cuando un comentario de Carolina lo volvió a poner en tensión.
-¿Veis como ha venido a por mi? No me vais a llevar a ningún sótano como hicisteis con él. Sabía que el señor Ramón vendría y ahora ya no me dais miedo.
Ramón se giró y se topó de bruces con los blanquecinos rostros de los saiones que lo miraban amenazantes desde detrás de sus anticuadas gafas. Sus narices se ensanchaban al olfatear el miedo que volvía a desprender Ramón. Con sus huesudas manos estiradas le pedían a la niña, intentando aprovechar el pánico que podía paralizar al anciano. Pero esta vez no fue así. Los apretones que Carolina le daba al sujetarse con fuerza, le dieron el valor necesario para gritar.
-¡No! No os la llevaréis. No mientras yo pueda sujetarla y os aseguro que solamente me la arrancaréis de mis manos muertas.
-Sea así pues -susurraron los saiones.
Ramón se giró para salir huyendo, cuando se encontró con un coche de policía que había acudido ante el revuelo montado.
Giró la cabeza un momento para ver la reacción de los siniestros hombres que, entre maldiciones huyeron en dirección contraria, pero se encontraron con la turba enfurecida de mamás que venían en pie de guerra a pedirle explicaciones al anciano por su malos modos.
En su desesperada huida, la emprendieron a golpes y empujones con las mamás que no dudaron en responder con violencia, llegando a rodearlos y apalearlos hasta que quedaron tendidos en el suelo.
Los policías tuvieron que pedir refuerzos para poder parar a aquella muchedumbre enfervorecida que, por suerte parecía haberse olvidado del anciano y se había centrado en destrozar a aquellos dos malencarados.

La madre de Carolina descendió de uno de los coches de policía que había llegado de refuerzo y tras recoger a su hija la emprendió a besos y agradecimientos a Ramón que permanecía sentado en los escalones del colegio intentando frenar los lagrimones que le caían por la mejilla.
María también bajó del coche, se acercó a su marido para ayudarle a levantarse y, abrazados, se marcharon a casa con el caminar pausado que la vejez obliga.

Gregorio Sánchez. Febrero 2014.

Licencia de Creative Commons
El miedo al pasado by Gregorio Sánchez Ceresola is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://relatosgregorio.blogspot.com.es/2014/02/el-miedo-al-pasado_1748.html.

2 comentarios:

VEGA dijo...

Un relato intenso. Muy visual y muy detallado. Casi se ve como en una película. Enhorabuena.

Inmaculada Jiménez Gamero dijo...

Querido Gregorio, un placer haber leído tu relato...o más bien cuento.Es muy bueno, se puede sentir , detallas muy bien la escena y las emociones. Prometo volver a leerte. Un abrazo y feliz día del libro.