domingo, 14 de marzo de 2021

Se siente generoso

La calle iluminada por los numerosos reclamos de las tiendas le dan una sensación de irrealidad al transeúnte que únicamente quiere pasear. Se ve conducido de un escaparate a otro donde la combinación de colores, imágenes, música de moda, e incluso olores, manipulan sutil, o no tan sutilmente, su percepción de los gustos y apetencias. Telefonía, calzado, ropa y artículos deportivos, complementos proteínicos, heladerías, pizzerías, hamburgueserías, ropa juvenil y ropa de alta costura se rifan, como si de una subasta se tratase, a los potenciales clientes que transitan por aquella calle recientemente peatonalizada. Han conseguido convertir una ruidosa y maloliente calle en una zona de paseo donde los olores y el ruido tienen una clara orientación. Un auténtico centro comercial en el corazón de la ciudad.

Pero no solamente las grandes firmas incitan a dejarse su dinero, lo tengan o no, en productos que seguramente no necesiten; otros también quieren esa parte del pastel sin invertir en el marketing adecuado, pero añadiendo un notable riesgo para su salud social e incluso física.

A Luis le duelen las rodillas de estar arrodillado frente a un cartel de cartón donde se lee “no tengo ni para cenar”, escrito con rotulador azul verdoso turquesa. Con el brazo extendido y la mano formando un cuenco, va deseando un feliz fin de semana a todos aquellos que pasan cargados con bolsas de compra donde destaca la marca que ha satisfecho sus necesidades reales o inducidas. Con el rostro triste mira suplicante a los que lo ignoran, excepto a aquellos que le dejan caer alguna moneda, a los que les dirige una sincera sonrisa y un agradecido deseo de felicidad.

Dos chicas de moda se detienen a su lado, ingorándolo completamente, como si fuera parte de la decoración comercial que contrasta con el escaparate de ropa de alta costura. Los maniquíes de corte clásico representan a la nueva mujer que se ve empoderada con las telas diseñadas por los más afamados diseñadores. A su espalda los displays muestran a modelos influencers posando en incómodas posturas que realzan su figura mientras muestran lo bien que les sienta el vestido de noche.

-Jenny, mira, tía, ese vestido es el que me voy a poner para la fiesta.

-¿Qué dices, Merche? Tú no tienes pasta para pagar eso.

-Feliz fin de semana, señoritas.

-Me conseguiré un novio rico.

-Ya vas a tener que perder el culo, porque no queda nada para la fiesta.

-Eso haré: perder el culo.

-Feliz fin de semana, señoritas -dice Luis, mecánicamente mientras mira más allá de las chicas.

El Gorrión, camuflado entre la gente, observa a Jenny y Merche en busca del momento apropiado. El entusiamo de las chicas las hace descuidadas y el ladrón lo sabe. Se acerca disimuladamente y, con la habilidad de un prestidigitador al servicio del mal, extrae la cartera de dentro del bolso. Luis observa la actuación debatiéndose si avisar a las chicas o mantener esa invisibilidad que ellas le profesan. El Gorrión le señala amenazadoramente y, con el dedo en la boca, le indica que guarde silencio mientras se aleja rápidamente. Luis baja la voz hasta convertirse en un murmullo.

-Feliz fin de semana... Eso... Feliz.

Mantiene la mirada fija en El Gorrión mientras se pierde entre la gente. Luis continua con sus felicitaciones convertidas en una monótona cantinela, pero ahora con la mirada perdida en sus pensamientos, sus dudas, sus miserias.

Una figura vestida con abrigo caro y sombrero está plantada como una roca en el arroyo de gente que pasa a su alrededor. Mira fijamente a Luis y, cuando este se da cuenta y le devuelve la mirada, la muchedumbre que va de un lado para otro, oculta a su misterioso observador.

La percepción del tiempo es tan relativa como dicten nuestros sentimientos. Un tiempo que se relentiza hasta casi pararse cuando el tráfico de gente disminuye. Siguen ignorando a Luis, que persiste en sus deseos de felicidad y el cansancio le hace bajar la cabeza y el énfasis de sus felicitaciones.

Ante el riesgo de entrar en un sopor del que le gustaría no despertar hasta el fin de todo, se obliga a levantar la cabeza en una muestra de la dignidad que debe quedarle por algún lado.

El señor del abrigo ha aparecido, así de la nada, frente a él. El susto es tal que da un saltito con las rodillas, escuchándose un crujido al volver al suelo. Un grito, mezcla de sorpresa y de dolor, hace que algunos transeúntes se giren curiosos, aunque no lo suficiente para que frenen sus ansias consumistas.

-Sí que es triste pedir, pero no te avergüences por ello.

-Feliz fin de semana, señor ¿Me da unas monedas para comprarme un bocadillo?

-Las noches son frías y nadie debería cenar solo en una fecha tan señalada -le dice el señor mientras se agacha para hablarle confidencialmente-. Estoy organizando una fiesta para esta noche. ¿Quieres venir?

-Oh, no. No quiero molestar. Yo con unas monedas para comprarme un bocadillo ya me apaño.

-Voy a hacer algo mejor, te voy a invitar a cenar.

Luis siente el imperioso impulso de desconfiar y le responde con una extraña mezcla de ira y tristeza:

-Sí, claro. Me va a invitar a cenar en un restaurante y luego a una fiesta. Menos cachondeo, oiga.

Igual que apareció, el señor del abrigo caro o sombrero, desaparece sumergiéndose en el arroyo de gente que pasa a su alrededor. La situación le parece tan extraña y surrealista, que baja la cabeza para volver a su realidad, donde los compradores siguen yendo y viniendo, ignorándolo y llegando a tropezar con él.

-Feliz fin de semana señora, y cuidado no se vaya a caer -es lo único que se le ocurre decir-. Son días extraños y las calles se llenan de gente muy rara.

Cuando la calle se queda vacía, Luis, cansado, agacha la cabeza y cambia sus deseos por una cantinela de maldiciones, lamentos y quejas. Unos zapatos brillantes, presumiblemente caros, le hacen volver a levantar la cabeza para volver a ver al señor del abrigo. Con una bandeja que tiene un bocadillo, unas patatas y un refresco, el señor lo mira desde lo alto, pero la sorpresa y desconfianza de Luis le impiden reaccionar. El señor le deja la bandeja delante, para luego sacar varias tarjetas de plástico del abrigo y darle una a Luis.

-Te dije que te invitaba a cenar. Que aproveche. Esta es la llave y la dirección. Pásate a partir de las doce -le dice mientras se guarda descuidadamente el resto de tarjetas en el bolsillo.

La gente ha vuelto a la calle comercial y también El Gorrión, que quiere redondear la noche. Cuando el señor del abrigo gira para marcharse, el ladrón tropieza deliberadamente con él, robándole una tarjeta. Pero no todo es como parece y, mientras El Gorrión se disculpa y le cede el paso, el señor muestra una sonrisa de satisfacción mientras, disimuladamente, cuenta y se guarda las tarjetas.


Las calles aledañas se han poblado de pubs donde Montse puede buscar clientes sin tener que exponerse a sucios rincones. Pero cuando desde un portal próximo alguien la llama, tras unos momentos de duda y mirar a ambos lados, acude.

-¡Eh! Rubia. Aquí, aquí. Ven un momento -le dice un señor vestido con abrigo caro y sombrero.

-Hola, guapo ¿Quieres pegar un polvo de forma discreta? Yo soy muy discreta.

-Quiero invitarte a una fiesta.

Montse señala con la cabeza la puerta de un pub donde está un tío grandote y malencarado.

-A mi novio lituano no le gustan las fiestas.

-Hacemos una cosa. Tú le das estos veinte euros para que se emborrache, te vienes a la fiesta y te ganas cien euros.

-No sé. El taxi es caro -remolonea Montse.

Con los veinte euros en la mano, el hombre espera a que ella le confirme para dárselos.

-Si vienes, yo pago el taxi.

-Vale tío, cien euros y el taxi.

Con los veinte euros y la tarjeta en la mano, Montse pasa por delante del grandote, que está discutiendo acaloradamente con Jenny y Merche, sin ningún tipo de acento extranjero.

-Si no tenéis dinero para pagaros las copas, iros a emborracharos a otro sitio.

-¿Nos estás llamando borrachas? ¡Capullo!

-Os estoy llamando jetas, que tenéis mucha jeta; y que coño, que también sois unas borrachas. Que nos conocemos.

-Sí tenemos pasta, pero nos la han robado. ¡Capullo malnacido!

-Ya, claro, os la han robado. Iros por ahí a tomar por culo.

-A tomar por culo te vas tú con tu madre.

Un señor se quita el sombrero, mientras interviene en la discusión.

-Eh, eh. Tengamos la fiesta en paz, que el fin de semana solo acaba de empezar.

-¿Quién eres tú? ¿Su padre?

-No, pero si deben algo, lo pago yo.

-Nos dijo que nos invitaba -dice Merche señalando al portero.

-A la primera, tía jeta -replica el grandote.

El hombre se vuelve a colocar el sombrero, mientras coge suavemente a las chicas del brazo y las aleja del lugar.

-Venga, ya está.

-Joder, ¡qué mal rollo!

-Podemos hacer una cosa: ¿queréis venir a mi fiesta?

-No sé. Yo estoy de bajón total.

-Venga, veniros. Habrá gente sana y divertida.

-Sí tía, por lo menos arreglamos el día de mierda este.

Batiste les da una tarjeta y se aleja satisfecho.

\`´/

Ante la inminencia del fin de semana, el polígono industrial incrementa su actividad a un ritmo frenético en un afán por dejar todas las tareas pendientes terminadas. Sirenas y timbres suenan por doquier en una sinfonía que da el pistoletazo de salida a cientos de coches, en un sprint por ganarle segundos de ocio al fin de semana, y acaban amontonados en la rotonda de acceso. Los últimos en salir ni siquiera miran atrás para no ver la solitaria desolación en que se queda el polígono. Naves industriales grises y compactas, escoltadas por flotas de camiones aparcados en perfecto orden, como si de un Tetris gigantesco se tratara, reflejan la necesidad de anteponer lo práctico a lo estético. Ello permite destacar a las tecnológicas obligadas a dar una imagen de modernidad vanguardista.

Un inquietante silencio obliga al que se interne por sus calles a caminar con discreción, como si ocultase oscuras intenciones. El silbido que precede a los motores automáticos de conserveras rompe la quietud, poniendo los pelos de punta a Luis, que alterna la búsqueda de la pequeña nave de oficinas con la comprobación de la dirección de la tarjeta. No es el único, El Gorrión se le ha adelantado y también anda buscando el lugar indicado. Luis se detiene y observa como el ladrón mira a un lado y a otro para comprobar si lo ve alguien, lo que le obliga a ocultarse por temor a que sepa que comparten destino. La puerta se abre con un chasquido al acercar la tarjeta al lector y El Gorrión entra rápidamente.

Luis se dirige vacilante a la entrada; duda y se aleja. Camina unos cuantos pasos y se para a mirar la puerta, indeciso. Más dudas, más pasos... Hasta que se decide a entrar.

-Te voy a coger in fraganti, cabrón.


Suena un chasquido y la puerta principal se abre.

Luis entra con cautela, intentando no hacer ruido, y cierra tras de sí con cuidado. El recibidor, tenuemente iluminado, no le dejaría ver más allá del mueble recibidor, pero al fondo se aprecia una luz que sale de una puerta entreabierta. Luis camina despacio por el pasillo pero se se detiene de inmediato al escuchar una discusión al fondo. La voz del señor del abrigo está reprendiendo a alguien, que Luis supone que es el El Gorrión. Una extraña mezcla de alivio y fastidio lo confunde, pues parece que lo han pillado antes que él.

-Hola, chaval. Vaya sorpresa te has llevado. Creías que esto iba a estar vacío y podrías robar a tu antojo.

-Yo sólo venía a devolverle la tarjeta.

-Ya, y de paso entraste a curiosear. Venga, que sois todos iguales. Cucarachas que aprovecháis cualquier ocasión para coger lo que no es vuestro. ¿Sabes como se llama eso? Hurto o, hablando en plata, ¡robar!.


Luis se acerca un poco más al despacho del fondo para escuchar mejor la convesación, pero cuando está cerca, por sorpresa, alguien sale corriendo y tropieza con él, cayendo ambos al suelo, enredados y aturdidos.

Luis se recupera antes, sujeta al ladrón por el brazo y lo mete a empujones al despacho.

-Señor, lo tengo, ahora ya no irá a ningún lado.

Batiste, también sorprendido por la irrupción de Luis, baja el tono agresivo e intenta razonar con el ladrón.

-Mira, chaval. Ya que has venido, ¿por qué no te quedas a la fiesta? Veo que sois amigos y me encantan las reuniones de amigos.

El Gorrión saca una navaja y amenaza señalando con la punta al mendigo.

-Apártate de la puerta o te corto el cuello.

Batiste saca una pistola de un cajón y la deja encima de la mesa, despacio y sin dejar de mirar al ladrón.

-Estas no son fechas para pasarlas entre rejas. Nadie debería estar encerrado, lejos de los suyos, en unas fechas tan bonitas. No has hecho nada, todavía... Pero, donde vas a estar mejor que aquí.

El Gorrión baja despacio la navaja y se la guarda. Su desconfianza le impide acercarse a ninguno de los otros dos, pero no hace ademán de huir. Luis se aleja, sobre todo se aleja de la navaja. Ni siquiera pensó en que podía sacar una navaja y ahora, solamente con pensarlo, se asusta.

Batiste se levanta y les pide que lo acompañen. Cuando están saliendo y va a apagar la luz, Luis, atento a todo lo que le rodea, observa cómo el hombre mira la pistola que se la ha dejado encima de la mesa. La mirada triste y sombría de Batiste le hace volar la imaginación sobre la historia que gira sobre esa pistola. Algo en esa mirada le provoca inquietud. Un gesto de dolor se desliza entre la oscuridad en la que queda el despacho.

\`´/

Batiste estaba sentado en su despacho, de espaldas a la puerta. Le gustaba entretenerse limpiando la pistola que acababa de comprar. Con movimientos mecánicos, estuvo practicando el montaje para hacerlo cada vez más rápido. Mientras comprobaba que todo funcionaba como debería, entró un chico, todavía un niño, en el despacho y se lanzó sobre su padre para abrazarlo. El hombre se quejó en broma y, dejó la pistola encima de la mesa para compartir el momento de felicidad con su hijo Ricky.

Por encima del hombro de su padre, la mirada del chico se quedó fija, maravillada, con la pistola. Alargó la mano para alcanzarla y jugar con ella. La primera reacción de Batiste fue apartarlo pero como todos los chicos, insistió.

-¿Puedo cogerla, papá? Ya soy mayor.

Batiste se lo pensó unos momentos. Asumiendo que, estándo él pendiente, no podía ocurrir nada, imaginó a su hijo posando chulo, como en las películas y le sonrió.

-Sí hijo, ya te estás haciendo un hombre.

Recogió unos documentos que estaban esparcidos por la mesa, para poder prestarle toda la atención a su hijo.

-Vamos a hacer una cosa. Voy a dejar estos papeles y luego te enseño cómo se hace.

Salió del despacho y, desde la puerta, se giró y vió a Ricky jugando con la pistola.

-Espérate hasta que papá vuelva. No tardo -le dijo con una sonrisa complaciente.

Al darse la vuelta para salir, un disparo retumbó por el despacho. Más allá del dolor de oídos del estruendo, un punzante dolor le atravesó el pecho, como si él mismo hubiera recibido el disparo.

Se giró gritando para ver impotente a su hijo Ricky caer al suelo con la cabeza ensangrentada.

\`´/

Batiste rechaza todo pensamiento de dejarse la pistola en la mesa. Regresa y se la guarda bajo el cinturón. Ahora sí apaga la luz y cierra la puerta.


Un taxi para frente a la entrada de la nave de oficinas. Luis aparta una cortina y se asoma curioso.

La ventanilla baja y una chica mira a la puerta mientras le pregunta al taxista.

- ¿Seguro que es aquí? Esto está desierto.

- Esta es la dirección que me habéis dado. Está desierto porque es fin de semana y la gente está de fiesta.

Jenny y Merche se apean del coche y se acercan a la puerta del edificio de oficinas. Comprueban que la tarjeta funciona. Se escucha el chasquido de apertura.

Jenny le indica al taxista que sí es ahí, pero este ya se está marchando, provocando las protestas de las chicas.

- Será capullo.

Luis se aparta de la ventana para asomarse al pasillo.


La entrada está iluminada con la única luz que llega de uno de los cruces del pasillo, sumada a la poca que se filtra por la puerta. Merche y Jenny caminan despacio, temerosas por la oscuridad y el silencio roto por el taconeo de sus pasos, que parecen multiplicarse con el eco.

-¿Seguro que es aquí? -dice Jenny antes de seguir avanzando

-Si no fuera aquí, no se habría abierto la puerta.

Alguien pasa por el lado de Luis, tan rápido que no aprecia quién es. Cuando las chicas llegan al cruce, se asustan al encontrarse por sorpresa con Batiste que las recibe con una risita algo falsa.

-Hola chicas, pasad. Pasad por propia voluntad.

-¿En qué película he oído yo eso? -dice Merche en voz baja.

-Seguro que en una de esas raras que ves tú. Esto no me da buen rollo.

-Joer, tía. Relájate y vamos a disfrutar de la fiesta.


La sala de reuniones se ha decorado para una fiesta con escasa iluminación que pretende mitigar el poco sentido de la estética con que ha sido adornada; quedando a medio camino entre una fiesta de cumpleaños adolescente y un guateque hortera. La música de radio fórmula suena más fuerte de lo que debería, llegando a una estridencia distorsionada. Luis le pide una copa a una chica joven que se ha presentado como Verónica. Su ropa, adornos y extraño maquillaje no le hace parecer una camarera, más bien parece una hippy de las que venden colgantes de cuero en los mercadillos. Pero poco le importa el aspecto de la chica y aprovecha para beberse hasta el agua de los floreros, obligándola a autorizarle para que él mismo se sirva lo que quiera. La chica se aparta del mendigo para comprobar que el gran bulto de la mesa está bien cubierto por una sábana y no se aprecia que es un cuerpo humano.

Algo apartado, El Gorrión pone cara de circunstancias cuando ve entrar a Merche y Jenny, evitando un inoportuno cruce de miradas que lo pueda delatar. Las chicas, sin embargo, están más ocupadas en criticar lo cutre que les parece la fiesta, aprovechando la música alta que evita que los demás las oigan. Por lo menos hay bebida y Jenny se acerca a Verónica para que le sirva una copa.

Batiste, cerca de la puerta, y con cara de satisfacción, enumera a los asistentes.

-Verónica, ponles algo de beber.

-Me suena tu cara ¿No estabas tú en medicina? -pregunta Jenny, fijándose en Verónica.

-Sí, ya terminé la carrera.

-¡Oh, que suerte! Entonces, ¿ya eres médica?

-No, que va. No entendieron mi estudio y no puedo ejercer -contesta Verónica con cara de decepción.

Jenny no entiende lo que quiere decir la otra chica, pero cree conveniente mostrar su apoyo sumándose a una posible queja.

-Si es que son unos cabrones. Hacen lo que les da la gana y dejan a la gente sin trabajo.

-Bueno, realmente gracias a ese estudio conseguí este trabajo -dice Verónica, cruzando la mirada con Batiste, que vuelve a asentir satisfecho.

El riesgo de quedarse sola en la fiesta, o peor, que se le arrime el malencarado o el mendigo, hace que Merche se una a la conversación con la excusa de querer una copa.

-¿Y de qué iba la tesis?

-Rituales mágicos aplicados a la medicina. Pero no era una tesis, era un estudio propio que hice de forma independiente.

-¡Hostias!¡Qué chulo! A mí me encantan los amuletos y las cosas esas esotéricas.

Un chasquido en la puerta indica que alguien más acaba de entrar. Luis hace una indicación a Batiste, quién le responde que no se preocupe. Él mismo irá al recibidor.

-¿Y él te ha dado el trabajo? -dice Jenny señalando al hombre que se dirige a la puerta.

-Sí. Él leyó mi estudio y me ha dado la oportunidad de probarlo.

A Luis no le interesa la conversación de las chicas y prefiere prestar atención a la chica que está entrando del brazo de Batiste. Viene muy ligera de ropa para la época del año que es. Las botas altas, la falda corta y una camiseta que está más cerca de la ropa interior, hace que Luis sonría con picardía. No se le escapa que El Gorrión también sonríe cuando la ve guardarse unos billetes en el bolso.

-¿Está todo?

-Sí. Joder, vaya orgía vamos a montar aquí.

-Sí, vamos a montar una buena -dice Batiste con ironía.


La música cambia a ritmos más repetitivos e hipnóticos, de forma progresiva, y tan sutilmente que ni se dan cuenta mientras bailan y siguen bebiendo. El volumen baja hasta quedarse en un murmullo que se les va metiendo en la cabeza como un gusano musical.

-Y ahora vamos a repartir los regalos -anuncia Batiste-. Sentaos, sentaos. Ahí, donde os indica Verónica.

-Jenny, ¿tú sabías algo de los regalos? Tía, qué palo, no hemos traído nada -se preocupa Merche, mientras el resto de invitados ni se lo plantea.


Ya sentados en lugares geométricamente simétricos, Luis curiosea debajo de la sábana, descubriendo una mano que yace inerte sobre la mesa. El susto inicial da paso a un ataque de pánico que le impulsa como un resorte lejos de la mesa. Aunque su huida se queda en un intento, pues conforme se levanta, vuelve a caer al suelo, arrastrando la sábana. Su visión se va nublando mientras consigue ver al resto cómo van cayendo inconscientes.


Los sueños, por muy profundos que sean, pueden ser interrumpidos por sonidos muy penetrantes. Ni siquiera una música hipnótica, unida a un escogido cóctel de drogas, puede evitar que despierte entre brumas y, a pesar de todo, no le duela la cabeza. Un dolor que ha sido sustituido por el que sufre Luis al sentir que le atornillan las manos, después de habérselas taladrado. Intenta levantarse, pero los tornillos, y luego el dolor, le impiden moverse, aunque sí puede gritar histérico.

Luis piensa en sus manos y, por alguna extraña razón, recuerda la mano inerte de debajo de la sábana. El resto de invitados van despertando entre una jauría de gritos, lamentos y confusión.

-¡Callad todos, joder! -grita Batiste.

-Ya está desapareciendo el efecto de la droga.

Ahora, además de la mano, hay todo un cuerpo joven tumbado en la mesa. Ricky tiene un gotero conectado al brazo y unas cuerdas de colores incrustadas en cada mano, pie y otro que le sale de la nuca.

Merche vuelve a gritar histérica y Montse intenta levantarse, pero los tornillos se lo impiden. Grita de dolor mientras sus manos sangran abundantemente.

Batiste saca la pistola y amenaza con ella, aunque no esté apuntando a nadie.

-¿Os queréis callar, miserables de mierda? -dice en un intento de tono conciliador.

Verónica va atando los extremos de las cuerdas a los tornillos de las víctimas. Cuando es el turno de la cabeza, se da cuenta que Jenny no está atornillada.

-Esta no está sujeta. Tienen que estar todos para que el conjuro funcione.

-Tienes razón, esta no vale. No quería venir.

Batiste se acerca y, ante el estupor de todos, le dispara en la cabeza. El shock los deja a todos en silencio, roto, quizás, por algún sollozo y gemido.

-¿Pero, qué haces? -increpa Verónica-. Ahora no se puede completar porque falta una.

Verónica se gira a tiempo de ver como Batiste le pega un culatazo, pero no el suficiente como para apartarse.

-Ya lo sé, chica sabionda. Yo también he leído tu tesis.

Antes de desplomarse, Verónica consigue decir:

-No es una tesis, gilipollas.

\`´/

Batiste estaba sentado en su despacho repasando unas carpetas con documentos. Tras un par de golpes suaves a la puerta entró un hombre trajeado y con un maletín en la mano. Su gesto serio indicaba que tenía malas noticias.

-Buenos días, Batiste ¿Cómo estás?

-Hombre, mi amigo el doctor Bermúdez. Pues estoy impaciente por tu diagnóstico.

-Pues mira, ya sabes que cada vez que hemos despertado a Ricky del coma se ha convulsionado entre terribles dolores. Ante un riesgo de colapso siempre hemos tenido que volver a inducirle el coma.

-Sabes que no me voy a dar por vencido. Algo se podrá hacer. No soportaría perder a mi hijo.

-La medicina no puede hacer más hasta que desarrollen nuevas técnicas.

-Si no sois capaces de curar a mi hijo, tendré que buscar alternativas.

-Lleva cuidado con lo que haces porque puedes poner en peligro a tu hijo, a ti mismo, y no sólo físicamente.

Batiste se despidió del doctor y, tras contemplar un momento la foto de su hijo, abrió un dossier con un estudio sobre Rituales Mágicos aplicados a la Medicina, que firmaba Verónica Castro.

\`´/

Luis se esfuerza en quedarse todo lo quieto posible, a pesar del dolor. Un dolor que ya le ha superado, llegando irónicamente a hacerle pensar en el tiempo que se ha pasado arrodillado pidiendo limosna, como si de un entrenamiento se tratara. La taladradora y el destornillador vuelven a sonar, distrayéndolo y provocando una punzada de dolor en las manos sujetas a la mesa.

Verónica se despierta con gritos de dolor al estar atornillada a la mesa también. Intenta levantarse pero, al igual que sus compañeros de mesa, los tornillos y sobre todo, el dolor, se lo impiden.

-¡Suéltame, malnacido! Me necesitas para completar el conjuro -consigue decir la chica.

-En eso te equivocas. Usa tu cabecita.

Batiste golpea la herida de la cabeza de Verónica, haciéndole gritar. Con un efecto contagio, el resto de atornillados también grita.

-Si dejáis de gritar -dice Batiste en el tono conciliador de antes- quisiera agradeceros que hayáis venido por propia voluntad y donéis vuestra vida por la de mi hijo. Sois un atajo de desgraciados inútiles para esta sociedad, de la que os habéis marginado por vuestra incapacidad de ser productivos, más allá de convertiros en carne de consumo de la peor calidad. ¡Parásitos! Ahora por fin vais a servir para algo bueno, para salvar una vida.


La sangre se va escapando por las heridas de las manos atornilladas, como una guía que transporta la vida por encima de la mesa. La sangre fluye por las cuerdas, cambiándoles el color a un desagradable marrón parduzco. La música ha cambiado a unas voces corales que Luis asocia con ópera o algo similar. Como parte de una grotesca coreografía, los atornillados se van poniendo rígidos, mientras les sangran los oidos, ojos y la comisura de los labios. Las cuerdas, saturadas de fluido vital, gotean sobre la mesa.

Batiste cierra el gotero al que está conectado el cuerpo de Ricky.

-Ahora, hijo, es hora de despertar para que recibas el don que te están concediendo.

El cuerpo se convulsiona, agitando las cuerdas que le unen a sus donantes y salpicando sangre por doquier. A Luis se le cierran los ojos y hace un esfuerzo por mantenerlos abiertos, por fijarse en lo que le parece una gran marioneta recibiendo descargas eléctricas.

-Vamos, hijo mío, tú puedes.

Unos golpes le indican al mendigo que los otros van perdiendo la conciencia y cayendo uno tras otro, hasta que él también se desploma, pero no se deja vencer y se esfuerza en mantener los ojos abiertos. Entre las brumas se da cuenta que han cesado las convulsiones y la única que permanece sentada es Verónica.

-Hijo, ya está. Lo peor ya ha pasado. Ahora te despertarás y podrás levantarte.

Verónica habla con dificultad, entre esputos, toses y gemidos.

-Batiste, se ha pasado de listo. Usted creía poder controlar la situación, pero no ha podido completar el proceso. He investigado durante años los ritos ancestrales. Usted creyó que con una simple lectura ya podría controlarlo. Se equivocó. Como puede comprobar, yo todavía aguanto.

-Pero no durante mucho tiempo. Cuanto te fallen las fuerzas caerás y se completará el proceso.

-Equivocó el concepto de voluntarios. Ellos vinieron por propia voluntad, pero no se ofrecieron para sacrificarse.

El hombre le mira con desconfianza, pero la deja terminar de hablar.

-Ahora el resultado es impredecible... Y maligno.

El cuerpo se levanta por sorpresa, rompiendo las cuerdas que le conectan. Se lanza sobre su padre al que sujeta del cuello. El hombre intenta, sin éxito, quitárselo de encima, pero Ricky lo tiene sujeto con fuerza. Aprieta cada vez más hasta que la cara de terror deja de gesticular mientras está siendo estrangulado. Luego pierde fuerzas y ambos caen abrazados.

\`´/

La calle iluminada por los numerosos reclamos de las tiendas, le dan una sensación de irrealidad al transeúnte que únicamente quiere pasear.

A Luis le duelen las rodillas de estar arrodillado frente a un cartel donde se lee “no tengo ni para cenar”. Con el brazo extendido y la mano formando un cuenco que permite ver un feo agujero cicatrizado. Un estigma que anula su deseo de olvidar.

-Yo ya he pagado mi penitencia. Ahora me toca, me merezco, la resurreción.

Con el rostro triste mira suplicante a los que lo ignoran, excepto a aquellos que le dejan caer alguna moneda, a los que les dirige una sincera sonrisa y un agradecido deseo de felicidad.

GS

Autor: Gregorio Sánchez.Ceresola..13-03-2021.

Gracias a Ayla Sánchez March por sus correcciones.

Registrado en Safe Creative con el Identificador: 2103147167556

Fecha de registro 14-mar-2021 7:57 UTC

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Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional

Basado en el guión para cortometraje: "El amigo invisible" de Gregorio Sánchez Ceresola.
Registrado en Safe Creative con el Identificador 2103147167167
Fecha de registro 14-mar-2021 7:03 UTC 

 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Un viejo dragón

Era un viejo dragón desdentado al que su peso le había hecho perder la gracilidad de una serpiente, aunque había ganado su astucia. Sus alas crujían estrepitosamente al desplegarlas, mientras sus felinos ojos se entornaban en una mueca de dolor que le obligaba a abrir mucho sus fauces para aspirar todo el aire que le rodeaba, creando un vacío a su alrededor que impedía oírse cualquier terrible rugido. Apoyado en sus zarpas, demasiado largas y que se enroscaban como las de un perezoso colgado de una rama, agitaba su cola como un gato juguetón.

El caballero lo miró con una mezcla de pena y asombro ¿Cómo era posible que todavía siguiera vivo? Nadie había intentado darle caza en su incalculable tiempo de vida.

Se frotó las manos ante lo sencillo de la tarea, tan sencilla como carente de mérito para conseguir fama. Por lo menos la fortuna estaba garantizada, ya que como dragón viejo que era, tendría atesorado una gran cantidad de monedas y joyas.

El caballero sonrió y preparó sus armas.

El dragón sonrió astutamente con sus extrañas fauces y dejó caer las alas torpemente, levantando una nube de polvo que invadió el vacío provocado por su bostezo, con remolinos que danzaban a su alrededor. Aquel era otro pobre imbécil que se iría con las manos vacías. No se llevaría tesoro alguno, ya que los incontables ladrones le había dejado las arcas vacías y, aunque lo matara, cosa no muy difícil por otra parte, nadie sabría si lo había vencido o el monstruo había muerto de un achaque; por lo que su fama no se vería aumentada y menos aún la gloria.

Todavía quedaba la esperanza del fuego, ese terrible infierno desencadenado desde las entrañas de su enorme panza, acelerado por su largo cuello y expulsado por su gran boca.

El dragón inspiró de nuevo, los remolinos de polvo se disolvieron a toda velocidad, entrando incluso en sus pulmones, los ojos se le enrojecieron, brillaron y el pecho hinchado crujió. El caballero se protegió con el escudo, como había entrenado miles de veces, y preparó su espada para atestar el golpe justo después de la llamarada.

Un boqueo dio lugar a un gorgoteo para acabar en una tos profunda y ronca que lanzó la polvareda, cubriendo al caballero de un barro pegajoso, aunque caliente, eso sí.

La épica acabó con el caballero marchándose cabizbajo, arrastrando la espada que dejaba un sinuoso rastro en el suelo y tirando asqueado el escudo a un lado, que quedó amontonado junto a otros tantos escudos mugrientos.

El dragón se enroscó y sumergió en la cálida laguna burbujeante mientras ronroneaba hasta quedar dormido otra larga temporada.

GS.

Autor: Gregorio Sánchez Ceresola. 16-02-2021

Licencia de Creative Commons
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