viernes, 9 de septiembre de 2016

La Bombarda, el cortometraje de animación.

Aunque el blog parezca parado, realmente está en pausa.
Llevo bastante tiempo (el que tengo libre), desarrollando un proyecto de cortometraje.
Basado en mi relato "La Bombarda", he adaptado el guión, para convertirlo en un corto de animación.
Aquí podéis ver un trailer que muestra como será el cortometraje (mejor verlo a pantalla completa).

Próximamente más...
Un saludo.

sábado, 20 de febrero de 2016

Recordando a Umberto Eco







En el ocaso del anterior siglo y puesto que todo tiempo pasado no fue ni peor ni mejor, simplemente anterior, mi mente viajaba dispersa por mundos imaginarios. Situaciones fantásticas provocadas por personajes peculiares que se esforzaban en romper el tejido onírico de mis desvaríos y caer en el blanco papel en el que quedarían plasmadas.

Fue "El nombre de la rosa", la novela más recordada de Umberto Eco, la que me dio el empujón para que me pusiera a escribir.
Yo quería contar algo así, pero con mi estilo, aunque no supiera cual era.
Y comencé la ardua tarea de crear un relato, "Un relato de Magia Ancestral".
Aquí os dejo el segundo capítulo.




Un Relato de Magia Ancestral

2 - Tedesio llega al monasterio

El llamador de la gran puerta de entrada al monasterio sonó varias veces. El sol ya estaba escondiéndose tras las montañas que rodeaban el valle donde estaba ubicado el monasterio. No era normal que nadie estuviera allí tan tarde.
La argolla volvió a golpear la puerta, avisando así la llegada de algún visitante. Tras repetir la llamada, el portón se abrió con un chirrido estridente, tan agudo que hacía castañear los dientes. Una vez abierta la puerta por completo, el sirviente observó al visitante que tan insistentemente golpeaba con la argolla.
Plantado ante la puerta, el viajero respiraba agitada y nerviosamente. El largo viaje y la agotadora ascensión al monasterio lo obligaba a respirar con grandes bocanadas, expulsando el aire con tanta fuerza que lo hacía toser. Pero el cansancio no menguaba la impaciencia de sumergirse entre tal acumulación de sabiduría.
Sin dar tiempo al sirviente a pronunciar palabra, el muchacho saludó, se presentó, y dijo a qué había venido. Lo dijo con tal rapidez y atropello que el sirviente se quedó abrumado.
—Buenas tardes, ¿o debería decir noches? Soy Tedesio Vázquez, hijo del administrador del Señor de Villalobos, y he sido enviado por mi señor para adquirir la cultura necesaria para suceder a mi padre en el puesto de administrador de bienes de Don Juan de Villalobos. Si me conduce ante el Abad yo mismo le entregaré la carta y le explicaré con detalle el porqué de mi visita a tan grandioso cúmulo de saber que es este monasterio.
—Don Gerardo de Peña, Abad de este monasterio, me comunicó su inminente llegada. Pero no podrá recibirle. Le conduciré ante Fray Ramiro, el cual le pondrá al corriente de sus obligaciones. Sígame.

Tedesio caminaba tras los pasos del sirviente que le conducía en silencio por los pasillos del monasterio. Mientras admiraba curiosamente los tapices, cuadros y decoración en general. El trayecto se recorrió demasiado despacio para el acelerado carácter del chico y cuando empezaba a desesperarse el sirviente se paró ante una puerta. Llamó un par de veces, esperó unos segundos y después se retiró, despidiéndose del muchacho que se quedó allí plantado como un pasmarote, sin saber qué hacer.
Pasó un tiempo, que se le hizo interminable, la puerta se abrió con un crujido seco. Conteniendo el aliento, Tedesio contempló al personaje que estaba frente a él. Era un hombre de unos cuarenta años, con unas arrugas típicas de la edad. Los ojos profundos y penetrantes, con bolsas debido a los años de estudio y lectura, y con marcadas ojeras. Una arreglada barba blanca, disimulaba el resto de sus facciones; sus cariados dientes y resecos labios, consecuencia de humedecerse los dedos para pasar las páginas. De estatura media, aunque confusa, debido al encorvamiento de tanto años de estudio. De complexión recia aunque no gruesa, se movía inquietamente por su excesiva panza.
Con un ademán le indicó al chico que pasara.
—Adelante muchacho. Pasa y siéntate.
Tedesio entró y se dirigió directamente al sillón indicado. Lanzó un sonoro suspiro cuando se dejó caer en la silla de madera maciza.
—Buf. Estoy realmente cansado —el muchacho tomó aire y le repitió mecánicamente la misma parrafada que le había soltado al sirviente nada más llegar.
El fraile también tomó asiento, y cuando estuvo acomodado, se quedó mirando al locuaz muchacho mientras éste proseguía su cháchara.
—... y como puede ver, aquí estoy dispuesto a aprender y a aumentar mi cultura acerca del mundo y las ciencias.
El fraile permanecía quieto y callado. Sentado tras la mesa de roble, decorada con figuras talladas en sus bordes y con las patas retorcidas, haciendo una espiral, semejante  a una escalera de caracol enroscada sobre una torre. Fray Ramiro contemplaba al muchacho que ya empezaba a pesarle el silencio, se movía nerviosamente en su silla, a pesar de que ésta era bastante cómoda. Se le pasó por la cabeza producir un carraspeo para aliviar el pesado silencio, pero cuando estuvo a punto de hacerlo, el fraile comenzó a hablar despacio y pausadamente, como si separara las palabras en sílabas.
—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?
Y antes de que el chico respondiera, Fray Ramiro alzó la mano conteniendo así al muchacho. Tedesio renunció a pronunciar sonido alguno y dejó al fraile continuar.
—Tenemos un muchacho locuaz, hábil con las palabras, nervioso, impertinente y maleducado. Contigo vamos a tener que invertir mucho más tiempo en enseñarte lo mismo que a los demás. Como comprenderás no vamos a variar la rutina del monasterio por ti, así que tendrás que permanecer en este hogar de Dios durante más tiempo que los demás, quizás tres años, o cuatro, o cinco...
Tedesio no pudo aguantarse e interrumpió al fraile.
—Pero Señor, no entiendo, soy persona aplicada y tengo ganas de aprender. No comprendo por qué se me tiene que discriminar. Permanecer por más tiempo del previsto aumentará mucho los gastos de mi Señor al tenerme aquí.
Fray Ramiro esperó pacientemente a que el muchacho se tranquilizase y sobre todo a que se callara.
Ya veo que no lo comprendes, chico. Contigo será más complicado porque antes de enseñarte cultura deberás aprender a callar. Sólo cuando una persona ha aprendido a escuchar en silencio, se le puede enseñar algo.
Tedesio quedó impresionado ante la explicación de fray Ramiro. Durante el resto de la conversación se esforzó en guardar silencio y responder sólo ante preguntas directas.
El fraile hizo una mueca de aprobación y prosiguió.
— “Mens sana in corpore sano”. Tan importante es una cosa como la otra. El águila tiene mejor vista que el hombre, el gato más agilidad, el olfato del perro es superior y la fuerza del toro es incomparable. La inteligencia es lo que Dios nos ha dado para diferenciarnos de los animales y las bestias. Pero no hay que acomodarse y creer que eso es todo. La mente hay que cultivarla, adiestrarla e instruirla. Cuando dejamos de ser niños creemos que lo sabemos todo. Ja —fray Ramiro soltó una carcajada seca y meneó la cabeza de un lado para otro.
—Durante este tiempo aprenderás muchas cosas, cultivaras tu mente. Comprenderás cómo con la meditación y el acercamiento a Dios, la mente se aclara y las ideas surgen. Pero esto no es espontáneo. No chico, no es tan fácil. Con el estudio de las diversas artes y ciencias verás cómo, con la ayuda del Señor, puedes buscar esas ideas y conocimientos, y hacer con ellas algo útil y creativo.
—Ahora dirígete a tus aposentos y descansa. A partir de mañana comenzará la actividad normal.
Fray Ramiro indicó a Tedesio cómo llegar hasta su celda-dormitorio, luego despidiéndose del muchacho, volvió a entrar en el despacho y cerró la puerta con brusquedad, produciendo un ruido seco que retumbó por todo el pasillo.
Tedesio cogió el equipaje y, recordando en voz baja las instrucciones, se dirigió a la zona del monasterio donde estaban situadas las habitaciones.

\`´/

Sentados en los fríos banco de madera pulida, el auditorio escuchaba en silencio el texto que fray Abelardo leía durante la cena, antes de ir a dormir.
—Por lo expuesto anteriormente, puedo decir que, algunas hierbas pueden expandir nuestra mente acercándonos a Dios. Hacernos más receptivos a su mensaje y a su palabra. Pero no debemos confundir el efecto de las infusiones con la santidad. No por beber estos preparados, necesariamente estaremos más cerca de Dios. De hecho, las tribus paganas de algunos lugares las han usado toda la vida y siguen siendo salvajes paganos. Para alcanzar la santidad debemos ser elegidos por El Altísimo y estar en un sublime estado de comunión con él. Los brebajes no hacen santos, pero ayudan a quien sí lo es a comunicarse y entender el mensaje de Dios. Mensaje que está codificado para que sólo los elegidos puedan descifrarlo y entenderlo correctamente.

Mientras fray Abelardo proseguía con su lectura, los monjes, ya terminada su cena, escuchaban en silencio las palabras de su compañero, roto tan sólo por el sonido de los cubiertos al rozar con los platos, alguna orden dada a los sirvientes y algún eructo. Se podía oír, agudizando mucho el oído, un murmullo proveniente de una de las mesas más alejadas. Era la conversación entre dos muchachos estudiantes. 
—Matías, te digo que Eusebio escondía algo en el cuarto, en su cofre, en su camastro o en algún sitio.
El que así hablaba era un muchacho de unos catorce años, de ojillos que, o bien eran pequeños o eso parecía al estar camuflados con los protuberantes pómulos y las sonrosadas mejillas. No cabía duda que su familia era noble, y que la exagerada alimentación, a base de guisos y dulces había hecho de Gonzalo un muchacho obeso.
—No sé. Eusebio era muy reservado, hablaba poco y se relacionaba menos, pero eso no quiere decir que ocultara algo.
Matías era algún año menor que Gonzalo, aunque su edad no se podía calcular con exactitud. Dos monjes, encargados de mantener una pequeña ermita perdida en ningún sitio, encontraron a Matías que vagaba llorando por el bosque. Probablemente se perdió o lo abandonaron, porque el pueblo más cercano se encontraba a varios días de camino a pie.
Los monjes lo recogieron, lo cuidaron hasta que creció y lo enviaron al monasterio para que terminara su aprendizaje. Gonzalo y Matías esperaron a que Fray Abelardo continuara con la lectura. Tras una pausa para tomar un trago de agua, el fraile prosiguió, Gonzalo aprovechó para continuar su conversación con Matías.
—Mira te voy a contar lo que ví el otro día.
Miró con desconfianza si lo observaban y comenzó la narración:
—Me desperté por la noche para beber agua, fue la noche de la tormenta, como no veía nada fui tanteando hacia la botija. De pronto cayó un rayo que iluminó el cuarto y a parte de ver la botija, también ví que el camastro de Eusebio estaba vacío. Creí que se había ido a mear y me volví al mío. Me costaba dormir por los relámpagos y truenos. Eusebio tardaba mucho y pensé que estaría esperando a que aflojase la tormenta para volver. Ya estaba casi dormido cuando entró Eusebio. Volvió jadeando y resoplando. Con la oscuridad no pude ver bien lo que llevaba pero traía algo entre las manos. No paraba de hacer ruido por el cuarto, luego se acostó canturreando algo.
Aunque yo no entendía lo que decía no paraba de repetir una machacona cantinela.

Fray Abelardo prosiguió con su lectura.
—De lejanas tierras, vienen algunas plantas que tienen poderosos efectos mágicos. Cuidado debemos tener con ellas y han de ser controladas y evitar que el pueblo haga mal uso, pues corremos el riesgo que aparezcan falsos santificados, como caracoles después de la lluvia. Pero sí podemos utilizarlas nosotros, pues somos los transmisores de la palabra de Dios. Y esa palabra ha de ser entendida, analizada y traducida para que la gente pueda comprenderla en su inmensa ignorancia.

Matías replicó a Gonzalo y le expuso su versión.
—Hombre yo no lo veo tan raro. Eusebio se fue al establo a cagar. Luego esperó a que la lluvia aflojase para salir del establo, como la tormenta no paraba salió y corrió por el claustro y luego subió a la habitación. Lo que llevaba entre las manos sería la ropa mojada, y el canturreo sería una oración antes de volver a acostarse.
Gonzalo se encogió de hombros y dijo;
—Qué va, hombre, qué va. Eso no puede ser. La ropa mojada no la he visto por ningún lado, y eso que me levanté antes que él. Ya sabes que a Eusebio siempre le ha costado levantarse por las mañanas. El canturreo puede que fuera una oración, pero ¿y el rayo?. Por la luz que hizo tuvo que caer muy cerca, si no encima del monasterio.
Matías se quedó pensativo y antes de que respondiera Gonzalo le dijo;
—¿A qué no oíste ningún relámpago anoche? Si cayó tan cerca tendríais que haberlo oído tú y Diego.
Asintiendo con la cabeza concluyó;
—El rayo, o lo que fuese, no hizo ruido. Yo no he visto nunca ningún rayo que caiga tan cerca y no haga ruido.
Fray Abelardo acababa su sermón elevando la voz para dar más énfasis a sus palabras.
Al tiempo que el fraile terminaba lanzó una mirada de advertencia a los muchachos, los cuáles quedaron en silencio al instante.

\`´/

Tedesio avanzó expectante por el pasillo. El único ruido que hacía al caminar era el producido por la arenilla suelta del desgastado suelo . Llegó hasta la puerta que le había indicado Fray Ramiro. Accionó la manivela y esta para su sorpresa, no hizo el característico chirrido que producen las viejas y pesadas puertas de los monasterios. Cuando la puerta estuvo abierta completamente, el muchacho recogió sus pocas pertenencias y entró en el dormitorio.
El cuarto era pequeño pero bien distribuido. Contenía cuatro camastros, sujetos a la pared a modo de literas, dos en la pared de enfrente, justo debajo del enrejado ventanuco que daba al patio interior del monasterio. Los otros dos quedaban semiocultos por el perchero atiborrado de ropa, a la derecha de la puerta. En la otra pared, justo al abrir la puerta, quedaba el soporte con la palangana de agua y una silla con un lienzo colgado en el respaldo.
Acostado en uno de los camastros estaba un chico de la misma edad que Tedesio, más o menos.
Tedesio se acercó a saludar al chico del camastro.
—Hola, me llamo Tedesio —le dijo tendiéndole la mano.
El muchacho del camastro  se incorporó con dificultad y tras toser un par de veces se presentó a su vez.
—Hola. Yo soy Diego —contestó con la voz afónica.
Pero antes de que Tedesio pudiera estrecharle la mano, Diego se volvió a acostar resoplando ruidosamente, tras lo cual volvió a toser un par de veces.
—Vaya tos. ¿Te has resfriado?
Diego contestó a desgana.
—Sí me he acatarrado. Este monasterio puede llegar a ser muy frío. —Tras estas palabras cerró los ojos y se quedó acostado respirando con dificultad.
Tedesio se sentó en uno de los camastros y buscó con la mirada un lugar para dejar sus cosas.
En esto estaba cuando se abrió la puerta de la habitación y entraron dos muchachos. Tedesio se fijó en la gordura de uno de ellos.
Los dos chicos se quedaron sorprendidos, pues no esperaban encontrarse con nadie más en el cuarto a parte de Diego.
El más menudo saludó a Tedesio.
—Hola, ¿y tú quién eres?
—Soy Tedesio. Acabo de llegar.
—Esa es mi cama —dijo el muchacho grueso con seriedad.
Tedesio lo miró desafiante y tras algunos momentos de tensión se levantó y preguntó.
—¿Y cuál es el mío?
Matías le indicó con la mano el camastro que antes ocupaba Eusebio, justo debajo del suyo.
Tras esto preguntó a Diego como se encontraba, aliviando así la tensión del ambiente.
—Fray Abelardo ha venido a verme hace un rato —contestó Diego con dificultad y entre toses —y dice que como soy un chico fuerte me recuperaré pronto. Supongo que mañana ya podré levantarme de la cama.
—Ya veo que os habéis presentado —empezó a decir fray Ramiro cuando entró tras Tedesio.
—Sí, ya nos hemos conocido —le interrumpió Tedesio.
Fray Ramiro lanzó una mirada penetrante a Tedesio y le dijo:
—Supongo que sabrás rezar, ¿verdad?
—Por supuesto que sé. —respondió el impaciente chico.
—Pues empieza.
—Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre.
—Haciendo flexiones en el suelo—indicó enérgicamente fray Ramiro con el dedo.
Tedesio iba a replicar, pero ante la penetrante mirada de fray Ramiro, prefirió obedecer y callar.
—Vuestro locuaz compañero, sí, ese que tan bien sabe rezar, se llama Tedesio. Es hijo de Isaías Vázquez, vasallo del señor de Villalobos, y está aquí para lo mismo que vosotros, para, con la bendición de nuestro Señor, aprender todo lo que entre estos muros se puede aprender.
Fray Ramiro hizo una pausa a la vez que miraba al muchacho que había parado de hacer flexiones.
—Ya he terminado —dijo Tedesio con dificultad por el esfuerzo.
—Pues vuelve a comenzar.
Fray Ramiro se dirigió a la puerta y, cuando estuvo allí, les dijo:
—No quiero alborotos. La noche es para dormir y asimilar lo que hemos aprendido durante el día. Si armáis jaleo, os pasaréis toda la noche rezando.
Antes de cerrar la puerta se dirigió a Tedesio.
—Cuando termines ese Padrenuestro, puedes parar y reflexionar sobre tus actos.
Tras esto salió y cerró la puerta tras él.
Tedesio acabó la oración y se quedó tumbado en el suelo respirando a grandes bocanadas. Mientras recuperaba el aliento oyó a fray Ramiro alejarse por el pasillo.
Matías ayudó a Tedesio a sentarse en el camastro, al tiempo que Gonzalo acercaba la oreja a la puerta. Matías esperó la señal de aprobación de su amigo y tras recibirla susurró:
—No vuelvas a interrumpir a fray Ramiro.
Girándose hacia Diego que permanecía postrado en la cama  le indicó:
—Gonzalo tiene algo que contarte.
El otro muchacho, desde la puerta miró con desconfianza a recién llegado y dijo:
—Mañana hablaremos con más tranquilidad. Vamos a dormir.
Con un fuerte soplido apagó la vela dejando la habitación a oscuras.
Tedesio intentó acomodarse en el colchón de paja que tenía incómodos bultos. Con las manos intentó alisar el camastro, pero lo único que conseguía era desplazar los bultos de un lado para otro, sin deshacerlos.
Llegó un momento que el cansancio del viaje le venció y se tumbó en el camastro. Haciendo caso omiso de la incomodidad, se tapó y buscó la posición más adecuada.
—Cof, cof —escuchó antes de quedarse dormido.

Registro de la Propiedad Intelectual: Asiento 09/2009/1973
Textos, portada, diseño y maquetación: Gregorio Sánchez Ceresola.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

La crueldad de la red social

Hechas para que reacciones aunque seas pasivo, o simplemente no te salga de las narices decir, mostrar o hacer; los “bots” de las redes sociales están programados para estimular tu interacción con ellas. Unas de las formas más rastreras de tocarte esa fibra sensible es apelar a tus recuerdos. Ya que sus esbirros no descansan y rastrean constantemente tus publicaciones, fotos y pensamientos, pueden saber lo que hiciste tal día, dónde estuviste o si estabas alegre, pensativo o directamente jodido.
Y precisamente es aquí cuando la cosa se pone peliaguda.
Digamos que regresas a casa después de una estresante jornada de repartidor de gusanitos por calles estrechas atestadas de coches mal aparcados y todo lo que eso conlleva: malas caras, pitidos, insultos y hasta alguna abolladura en la chapa de la furgoneta.
Pero al fin en casa.
Abres la puerta como puedes, acordándote del técnico del ascensor que todavía no ha cambiado el tubo que parpadea, dejándote medio ciego y que al entrar en tu casa, a oscuras todavía, ves chirivitas.
Repites, pero al fin en casa.
Dejas la barra de pan recién comprada, todavía caliente y crujiente, preguntándote ¿para qué el empeño de venderla caliente, si se va a enfriar para cuando me la coma?
Y qué más da
Enciendes el ordenador para consultar tranquilamente lo que han publicado “esos tus amigos” ya que en el móvil ni se ve bien, ni has tenido tiempo; y lo primero que te muestra es lo que inconscientemente publicaste tal día como hoy de hace ¿dos, tres años? Joder ¿tanto tiempo ya?
Las fotos del festorro que os pegastéis en la barbacoa del cumple de la... ¡Mierda! “La Esther”, sí la tipa esa que te ha estado haciendo la vida imposible los últimos ¿dos, tres años? Joder ¿solamente?
Te imaginas a los “bots” con una estúpida sonrisa insensible creyendo que te han alegrado el día, porque en las fotos estás sonriendo. A ver quien no sonreiría estando abrazado a semejante pivón.
En un ataque de masoquismo, pasas a la siguiente foto y medio sonríes al ver a todo el grupo brindando con las copas llenas de aquel mejunje que “El Carlos” dijo que nos pondría como motos
¿Pero qué mierda llevaba aquello?
Desde luego nos puso a cien, pues en el resto de fotos cada vez tenemos menos ropa, fotos cada vez peor encuadradas o directamente movidas. Creo que “La Sonia” decía algo así como “Arte conceptual, esto es puto arte conceptual”, mientras disparaba sin parar.
Y en la siguiente foto es donde todo se empieza a ir a la mierda.
“El Carlos” abre la puerta mientras “La Sonia” nos pilla a “La Esther” y a mí, en pelotas, mientras le meto el dedo en el...
A ver, mentes sucias, en el gaznate. Le metía el dedo en el gaznate para que vomitara todo lo que había bebido y de paso también lo que había comido, que no era poco.
Entre la fotito de marras y la peña comentando que estábamos en pelotas (como casi todo el mundo), que yo le estaba metiendo el dedo en el..., y están listadas la mayor variedad de posibles agujeros que la anatomía humana es capaz de imaginar; que ya os digo que es mucho.
Y aquí comenzó el calvario de dos años de mensajes, llamadas, notitas y gritos por la calle de ¿qué le había hecho? que era un miserable, un cerdo aprovechado que la había intentado violar. Si no fuera porque apareció “El Carlos” y “La Sonia”, la habría dejado preñada.
Nadie le dijo a la loca esa que yo estaba primero y que apareció ella tambaleándose hasta que cayó encima de mi. Y uno que a veces se pasa de listo, la había visto tan mal que pensó en obligarle a vomitar todo lo que había bebido, y ¡zas! va y se abre la puerta.
Pues por más que lo he intentado explicar, las pruebas son concluyentes y a las fotos se remite.
Al final uno la tiene que mandar a la mierda queriendo zanjar el tema y lo que consigue es que le rayen la furgoneta de lado a lado, para luego tener que liarse a guantazos con un tipo, al que no conoce, pero ¡oh, casualidad! es el nuevo novio de “La Esther”.
Gracias por recordarme que fue una fiesta “de puta madre”, o más bien “de su puta madre”.
A la mierda.
Licencia de Creative Commons
La crueldad de la red social by Gregorio Sánchez Ceresola is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://relatosgregorio.blogspot.com.es/2015/11/la-crueldad-de-la-red-social.html.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Grotesca Compaña

El lejano sonido de la ciudad, con sus coches, sirenas y gritos, fue invadido por un estridente chirrido. Ruedas oxidadas que acompañaban a una sinfonía de hierros y alambres de un destartalado carrito de la compra.
Dos chicos, ya no tan jóvenes como ellos creían, se habían apartado de las calles más iluminadas para orinar en el asfalto. Toda la tarde bebiendo, les obligó a evacuar la vejiga pasada la media noche. El exceso de alcohol les llevaba a hacer dibujitos que se deformaban al esparcirse y les provocaba estúpidas risas. Si algo les divertía más que miccionar en la calle, era molestar a los mendigos cuando les demandaban un gesto de buena voluntad. Entre sus bromas de mal gusto preferidas estaba la de verter el resto del cubata en el cartón de vino del pobre hombre que, alcoholizado, no dudaba en beber con ansia. El más locuaz animaba a que lo apurase de un trago, mientras el otro le premiaba con un chorrito extra si lo conseguía. Cuando el mendigo se atragantaba con las prisas, no dudaban en golpearle exageradamente la espalda entre risas y mofas.

A pesar de haber acabado, se negaron a apartarse del camino del supuesto mendigo. Hincharon la espalda, como era su costumbre frente a las chicas del gimnasio, para aparentar más musculatura de la que ocultaban sus impecables chaquetas de marca. Mantuvieron la posición, cruzando miradas cómplices al maquinar cómo humillarían al desgraciado.

El chirrido cesó, y los crujidos del carrito fueron sustituidos por un inquietante caminar, que se arrastraba con desgana mientras las farolas se iban apagando a su paso.
Temieron que no fuera un sólo mendigo y se giraron rápidamente. Encarados a la más extraña comitiva que jamás habían visto, se quedaron inmóviles a pesar que su instinto les avisaba que se marcharan. Pero la estupidez se imponía a la razón del instinto.
Varias figuras escoltaban un desvencijado carrito, alumbrando tenuemente el camino con faroles de gas. Con paso lento y solemne, la comitiva avanzaba hacia los chicos que les cortaban el paso, hasta detenerse con un riguroso silencio.
Los faroles siseaban como serpientes que amenazaban a su presa, mientras titilaban creando un extraño efecto de parpadeo en las demacradas caras de sus portadores. Caras ocultas bajo sombreros de copa que hacía mucho habían perdido su forma. Zurcidas chaquetas caían sobre los hombros, arrugándose para cubrir sus cuerpos, varias tallas más pequeños. Viejos zapatos que alguna vez tuvieron brillo y esplendor completaban un grotesco vestuario que tenía poco de elegante.

Los chicos continuaron plantados en medio de la calle, a pesar del temor, inconfesable eso sí, que les producían tan extraños personajes. No se apartarían por un puñado de desarrapados.
Los mendigos balanceaban las lamparas mientras canturreaban algo ininteligible, mezcla de lloriqueo con algún tipo de oración. La calle, iluminada por el resplandor de los faroles impedía ver más allá de la comitiva, aunque se podía intuir los rostros en las sombras que los miraban mientras continuaban inmóviles. Uno de los mendigos sonrió, mostrando su estropeada dentadura y provocando la reacción airada de uno de los chicos.
Visiblemente enfadado combinó amenazas e insultos mientras animaba a su amigo a apoyarlo. Su reacción fue tan agresiva que parecía que sus tatuajes serpenteaban por las venas hinchadas. La mezcla de nervios con alcohol le animó a retarlos a enfrentarse con él.
Los mendigos respondieron soltando el carrito, que se deslizó calle abajo obligándolos a apartarse ante el riesgo de ser atropellados.
El paso del carrito por su lado les permitió observar curiosos su macabro contenido. Una exquisita combinación de flores de plástico polvorientas y hojas secas, todavía embarradas, adornaban un neumático desgastado que lo coronaba. Cruzándolo, una cinta policial en la que alguien había tachado el “No pasar”, y sustituido por alguna dedicatoria de difícil lectura. Varios ramos de flores marchitas caían por los bordes, como seres apenados que se lamentan por la pérdida de un compañero. Observaron, apretujado en el interior, el cuerpo inerte de un hombre que yacía sobre un lecho de mantas viejas. Lo habían vestido con lo que en su día fue un traje plateado, adornado con brillantes que habían sido arrancados. La cara del finado que, con la piel apretada a los huesos, los ojos hundidos en sus cuencas y los labios cuarteados cubiertos por una descuidada barba amarillenta, temblaba al ritmo del traqueteo. Hasta que el carrito tropezó con algo, se paró y la cabeza se agitó bruscamente con un desagradable crujido.
Uno de los chicos intentó tocar al muerto, desconfiando de su autenticidad, pero su amigo lo interrumpió provocando un sobresalto en él que les asustó. Entre gritos, descargaron la tensión con empujones mutuos hasta darse cuenta que estaban rodeados por la comitiva, que había parado la cantinela buscando respeto a su compañero fallecido.
El otro chico, más cauto, tiraba de su amigo para apartarlo; el cual, con mezcla de curiosidad y tozudez, insistía en quedarse a ver de que iba todo aquel carnaval macabro. Los mendigos arremolinados alrededor, se apartaron, dejando un hueco para los muchachos.
Reservado o cauto, el caso es que mientras uno se apartaba, su amigo, más decidido, se unió al círculo mirando con desafío a los mendigos a su lado. A pesar de las recomendaciones para que se marcharán, parecía fascinado con el extraño ritual.
Los mendigos miraron al unisono al chico que se había quedado fuera. Intuyendo las inexpresivas caras envueltas en sombras, no pudo aguantar la mirada y bajó la cabeza. Reanudaron los cánticos superponiéndose levemente unos a otros, pero acompasados para crear un efecto hipnótico que llegaba incluso a marear. Se dio cuenta que el alcohol estaba aumentando todas aquellas sensaciones y al momento ya estaba arrodillado en el suelo sujetándose la cabeza con una mano.

Entre el coro de voces distinguió la de su amigo. Con esfuerzo levantó la cabeza y lo vio como, divertido, intentaba seguir la cantinela. Quería rescatar a su amigo, de verdad lo quería, pero el miedo le impedía acercarse.
Las risas se fueron tornando un solemne cántico a medida que iba cogiendo el ritmo. Aquello era de locos y su tatuado amigo empezaba a perder la razón. Se levantó, manteniendo la mirada en el suelo sobre el que las sombras danzaban al compás de la titilante iluminación. Entre las sombras se distinguía, impecable, la de su compañero. Se dirigió hasta el grupo de dolientes, evitando con cautela todo contacto, hasta que pudo agarrar la chaqueta y tirar hacia fuera del corrillo. Sin dejar de canturrear, se resistía a ser movido, obligando a dar un fuerte tirón para apartarlo. Ahora sí consiguió moverlo, haciéndole perder un zapato y despegar la suela del otro. Los mendigos lo rodearon tirando con firmeza hacia el otro lado. A pesar de sus esfuerzos no pudo evitar que su amigo se marchara con la Compaña, desgarrando incluso la impecable chaqueta, que quedó en el mismo estado lamentable que las de sus nuevos compañeros.
Uno de los mendigos sacó un sombrero de algún lado y se lo colocó al nuevo miembro, mientras con una voz cavernosa decía: “Ahora es nuestro y su destino es ser un plañidero de pobres difuntos”.
Ante la insistencia de los mendigos por incorporarle a la Compaña, el chico no dudó en salir huyendo todo lo deprisa que sus piernas le permitieron, mientras los otros se perdían por callejuelas adyacentes.

Ya nunca volvió a ser el mismo y se volvió introvertido hasta extremos absurdos. Abandonó el aseo personal y cada vez aparecía menos por casa. Cuando lo hacía era para tumbarse al borde del coma etílico, hasta recuperarse y combatir la resaca con más bebida. Lo único que guiaba sus pasos era la obsesión por encontrar a su amigo para rescatarlo de aquel destino miserable.
Hasta tal punto llegó su obsesión que cuando oía un carrito ser arrastrado, no dudaba en correr hacia el lugar e interrogar al portador. La negación era la respuesta más habitual, para acabar en insultos mutuos cuando el chico insistía, sin estar convencido de la respuesta.
En su deambular cotidiano vio el resplandor de una hoguera en un callejón, proyectando sombras en las paredes. Con premura fue al lugar donde varios mendigos se calentaban alrededor de una estufa improvisada en un bidón. Uno por uno fue descubriéndolos de sus capuchas con la esperanza que alguno fuera su amigo desaparecido. Molestos por la intrusión, los mendigos se defendieron con empujones, provocando la ira del chico que comenzó a golpearlos. La violencia aumentó y no tardaron en aprovechar su número para apalear al chico que acabó tendido en el suelo sollozando entre hilillos de sangre.
Cansado y dolorido, se resguardó en un portal donde se quedó dormido.
Un liquido caliente lo despertó acompañado de una fuerte jaqueca. Levantó la mirada y apenas pudo ver a dos muchachos que orinaban sobre él entre risas y mofas, en un bautismo que definitivamente lo convertía en “uno de ellos”.

FIN
Licencia de Creative Commons
Grotesca Compaña by Gregorio Sánchez Ceresola is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://relatosgregorio.blogspot.com.es/2015/10/grotesca-compana_14.html.

jueves, 24 de septiembre de 2015

El desierto de las ideas errantes

    Pues parece que se van encontrando mis ideas, esas que vagabundean algo perdidas por mi cabeza, con las palabras adecuadas que las puedan expresar.
    Es en el momento de manchar el papel, cuando se agolpan todas intentando salir en tropel, creando tal confusión, que se mezclan en un paroxismo de estupideces sin sentido. Algo que me hace lamentar el momento que en que decidí que el desierto es muy grande para andar sin rumbo, esperando encontrar eso que nadie sabe muy bien como utilizar, pero que te ayuda a ordenar el caos.
    Un caos confuso como una amalgama de colores que, cuando los juntas, esperas que por lo menos aparezca un gris neutro y termina saliendo ese horroroso tono marronaceo que te hace recordar todo lo que no pretendías.

    Todo este sinsentido para ilustrar una foto que muestra que lo importante no es dónde, ni el cuándo, ni siquiera el “qué”. Lo importante es... que no lo hay, pues lo importante te distrae y termina perdido en el desierto de las ideas errantes.