viernes, 3 de abril de 2020

La Bruja y La Muerte

Solamente se oía un rumor a lo lejos. Un murmullo que se iba acercando a la ciudad, hasta distinguirse el ronroneo ronco de una motocicleta de las de tipo custom. Una de esas personalizadas al gusto del usuario, donde el estilo y la comodidad están por encima de la velocidad. Apliques cromados destacaban los detalles sobre el negro generalizado. A juego con su montura, una figura femenina, alta y delgada, cuya juventud le permitía lucir una espesa melena negra que sobresalía por debajo del extraño casco; tan negro como su ropa de cuero que se ajustaba destacando su esbeltez.
Cualquier curioso que observara su chaqueta larga ondeando a modo de capa, sentía la extraña sensación del tiempo ralentizándose mientras cruzaba ante sus ojos. Ella le devolvía la mirada con sus ojos inquietantes, para luego alejarse a toda velocidad.
La Muerte disfrutaba con aquello.
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En aquel claro de lo más profundo del pantano, una mujer de mediana edad colocaba piedras blancas en el suelo formando un pentagrama, sobre el que revoloteaba una nube de mosquitos. El viento mecía una multitud de tétricos monigotes hechos con ramitas y cuerdas, que colgaban de las ramas de los árboles. Parecían bailar al ritmo del mantra incomprensible, pero repetitivo, que recitaba la mujer.
Solamente los llantos y las quejas de una chica atada y amordazada, ponían una nota disonante a aquella puesta en escena que algunas ratas miraban curiosas. Hasta el monigote que le colgaba del cuello parecía bailar encima de la abultada barriga que denotaba un avanzado embarazo.
Visiblemente molesta, la mujer ordenaba callar a la chica, aunque en un tono suave pero firme; como si le llamara la atención a una niña.
Una vez hubo terminado los preparativos, cogió a la chica por los pelos, descartando cualquier miramiento, y la arrastró al centro del pentagrama. Las ratas que campaban por allí, huyeron asustadas. Tras atarla con fuerza a unas estacas, sacó de su mochila un cuchillo de grandes dimensiones. A pesar de la mordaza, los gritos retumbaron por todo el pantano.
\`´/
Sonia no aguantaba mucho rato sentada en la sala de espera de aquel Centro de Salud. Se levantó a mirar por el ventanal, al tiempo que una moto negra con apliques cromados paraba frente a la puerta. La chica que la conducía se bajó y, deslizándose entre la gente que entraba y salía, se dirigió al interior del control de salud.
Sonia recordó su situación y unos gruesos lagrimones se deslizaron por sus mejillas. Buscó instintivamente un pañuelo en su bolso y, tras un rato de búsqueda infructuosa, una delicada mano femenina le ofreció uno de color morado.
-Gracias. No quiero que me lleve La Muerte -dijo Sonia mientras le devolvía el pañuelo a la chica del pelo negro que vestía con el traje de cuero ajustado-.
-Es humano querer eludir a La Muerte -dijo la otra chica con calma.
-Mi vida es un fracaso. Siempre con dolores, molestias y médicos incompetentes que solamente piensan en su propio ego.
-Tú te lo has buscado. Si hubieras tomado precauciones en su momento, ahora no te verías en esta situación.
Sonia volvió a sentarse y volvió a sollozar mientras se frotaba la abultada barriga.
-No creí necesitar precauciones. Ahora, encima, para complicar la cosa... Ésto. ¿Sabes que conforme crezca acabará con mi vida?
-No creo que La Muerte quiera llevarte antes de tiempo -dijo la otra muchacha mientras le volvía a tender el pañuelo.
Sonia se secaba la cara mientras miraba al suelo.
-De todas maneras nadie la ha evitado -dijo resignada.
-Algunos lo han intentado, pero tarde o temprano la han acompañado al más allá.
Las dos se quedaron en silencio, pensativas, mientras observaban a una señora mayor que acababa de llegar.
-Solamente una persona ha conseguido evitarla, de momento. Si buscas sobre Agustina Méndez y averiguas cómo lo hizo, puede que te ayude con tu problema.
-¿Agustina Méndez? ¿Quién es Agustina Méndez? -preguntó Sonia mientras buscaba a la chica del traje de cuero, que había desaparecido.
La señora que acababa de llegar negaba con la cabeza al sentirse aludida.
\`´/
Sonia se había volcado en la rutina diaria en un intento de no pensar mucho. Sin embargo, el estrés le producía el efecto contrario e incluso le provocaba dolores abdominales. Aquella mañana caminaba deprisa por la calle, con la carpeta de documentos bajo el brazo, cuando le sonó el teléfono móvil. Miró un rato aquel número que no tenía entre sus contactos, intentando reconocer su origen. Descolgó por si fuera algún cliente.
-¿Dígame? ¡Ah! Eres tú. ¿Desde dónde me llamas?
Una motocicleta pasó en ese momento por su lado a toda velocidad.
-Sí, te oigo. Es igual, es que estoy en la calle, pero dime, dime ¿qué has averiguado de Agustina Méndez?
Sonia se apartó de la calzada en un intento por reducir el ruido del tráfico.
-¿No me digas que existe? Pero esa será otra, o bueno, a lo mejor es descendiente ¿Sabes la dirección?
La respuesta la dejó tan sorprendida que detuvo su apresurado paso.
-¿Aquí, en la ciudad? Para que digan que las casualidades no existen. Mira, hacemos una cosa, mándame el libro donde está la historia. No tranqui, no ocurre nada es algo que quiero comprobar, ya te contaré. Gracias.
\`´/
Sonia deambulaba por el casco antiguo de la ciudad. Había dejado atrás las calles anchas de los barrios más nuevos, construidos alrededor de las desordenadas y casi laberínticas callejuelas del centro. Avanzaba entre los edificios de tres o cuatro plantas, con fachadas oscurecidas por la humedad. Entre ellos, de vez en cuando, alguno destacaba en la estrecha calle por su altura, dándole la sensación de que se le caería encima al mirar la cúspide.
Algo le decía que no era en esos más altos en los que tenía que mirar puerta a puerta, timbre a timbre.
Se detuvo ante uno de cuatro plantas, de esos con pequeños balcones, que más parecían ventanales con barandilla y de los que bajaban chorreras negras en la fachada, provocadas por la lluvia. Comprobó sus notas donde llevaba los datos sobre la mujer que buscaba y aquel debía ser el sitio. El anticuado interfono solamente marcaba el piso junto al correspondiente pulsador amarillento.
Apretó un par de veces, sin estar seguro si sonaba o no. Esperó un poco, sin atreverse a insistir. Una voz ininteligible le contestó, entre pitidos y crujidos.
-¿Hola? ¿Hola? Busco a Agustina Méndez.
Entre una variedad de ruidos, Sonia distinguió un:
-Dé... jelo... portería -sonó un persistente chasquido y se abrió la puerta.
El desconchado mostrador destacaba en la oscuridad. Sonia buscó el interruptor de la luz y al accionarlo, otro chasquido dio paso a un persistente sonido de reloj. Una tímida luz iluminaba rellano tras rellano, dejando el resto de la escalera a la intuición del que subía.
Plantada ante la puerta de la vivienda que creía que buscaba, el temor le hacía dudar si tocar el timbre o no. El sonido de una vieja mirilla al otro lado de la puerta le hizo decidirse, pero nadie abrió. Volvió a pulsar el timbre.
Se escucharon algunos cerrojos y la puerta se abrió lo que una cadena permitió. Al otro lado, una mujer de mediana edad la miraba desconfiada.
-¿Quién es? ¿Qué quieres? -preguntó, protegiéndose con la puerta.
La chica dudó y dijo lo primero que le pasó por la cabeza.
-Hola, me llamo Sonia Abad y soy..., soy del Ayuntamiento -mintió-. Busco a Agustina Méndez.
-Yo soy Agustina Méndez. ¿Qué quieres?
En ese momento, a Sonia, un intenso dolor de barriga le hizo retorcerse y caer al suelo. Agustina cerró la puerta con fuerza, dejando a la chica en el suelo, quejándose y manchándose de sangre. Las palabras que le dijo la chica de negro en el Centro de Salud resonaban en su cabeza:
-Averigua como lo hizo Agustina Méndez.
Al poco se abrió la puerta, salió la mujer e introdujo a Sonia en su casa entre maldiciones.
\`´/
Sonia despertó al abrir la puerta en la que salía luz, y a la que acercó caminando mareada por el irreal pasillo, de aquel sueño.
\`´/
Agustina entró al poco con una infusión. La chica se levantó de la cama y fue en busca de sus pantalones.
-Parece que ya te encuentras mejor. Tómate esto, te hará bien -dijo la mujer.
-¿Qué ha pasado? -preguntó Sonia.
-Un desvanecimiento.
Cuando la chica encontró sus pantalones se quedó estupefacta al contemplar que estaban manchados de sangre. Aturdida, se volvió sentar en la cama.
-Esto no es un desvanecimiento, esto es una hemorragia -se alarmó Sonia.
-No es para tanto. La sangre es muy llamativa y no ha sido más que unas gotas. En tu estado, a veces ocurre.
-¿Estado? ¿Qué estado? ¡Oh! No es lo que usted se cree.
Pero Agustina no le dejó continuar y le ayudó a tomarse la infusión.
-No hagas esfuerzos si no quieres volver a sangrar. Tómate las hierbas.
-¿Es usted médico?
-Algo parecido. Hace mucho tiempo me dedicaba a remediar los pequeños males de mis vecinos.
-Eso suena a curandera.
-Hoy día la gente ya no cree en el poder de los remedios ancestrales -se lamentó la mujer.
-¡Ah! Pues yo sí que creo. Cuando era pequeña, tenía muchos dolores de barriga -explicó Sonia-. Entonces mi madre me llevaba a casa de una señora que me daba unas hierbas, que sabían horrible, pero me aliviaban el dolor.
Sonia se quedó pensativa unos momentos, mirando su propia barriga.
-Y ahora cuando todo parecía ir bien -se lamentó-, voy y... y me pasa esto.
Agustina miró complaciente a la chica y le sonrió.
-Vamos, vamos. Eso es una bendición
-¿Bendición? ¿Pero qué dice? No sabe usted lo mal que lo estoy pasando.
Agustina cambió su amable expresión. Con gesto serio e incluso preocupado miró fijamente a Sonia y le dijo:
-Sí que tienes mala suerte, sí.
\`´/
Sonia caminaba por la acera cuando el potente ruido de una moto le hizo girarse y comprobar como la chica de la ropa de cuero había parado junto a ella.
-Hola -saludó la muchacha-.
La chica de la moto no le contestó y se quedó mirando, con sus grandes ojos cargados de rímel, fijamente el monigote de ramitas y cuerdas que Sonia llevaba colgando del cuello.
-Veo que has encontrado a Agustina Méndez -le dijo por fin-.
-Sí. Es una mujer muy extraña. Da un poco de miedo, por lo rara, pero me regaló un amuleto.
La otra chica alargó su mano fina, haciendo destacar sus largas uñas negras, para verlo de cerca. Sonia lo agarró con fuerza, protegiéndolo.
-¡Es mío! -dijo bruscamente-.
-¿Recuerdas cuando me preguntaste si alguien había evitado a la muerte? -explicó, retirando la mano para apartarse el pelo que le caía sobre el rostro-. Ella es muy hábil en el arte del engaño.
Sonia se quedó pensativa, absorta contemplando los penetrantes ojos oscuros de la otra chica. Unos ojos que podían asustar, pero que también podían revelar lo más oculto de cada ser.
-Espera, espera. Agustina me contó una leyenda de hace muchos años atrás, cuando me ayudaba a ir hacia el salón de su casa.
\`´/
-En una época en que el arte de la curación se basaba en hierbas y ungüentos -decía Agustina mientras servía unas infusiones-. Un año de sequía, el pueblo acusó a la curandera de haber envenenado el pozo. Fue sometida a tormento y tras confesar su culpabilidad, fue expulsada del pueblo.
-Lo raro es que no la quemaran -replicó Sonia absorta en el humo de la infusión-.
\`´/
-Ahora ya era una bruja -dijo la otra chica, apoyada en el manillar de su moto y con la mirada perdida en la lejanía.
-Estando en su casa -continuó Sonia- me volvieron los dolores de barriga. Agustina se acercó a una cómoda. Murmuraba que tenía algo que me podía ayudar. Sacó esto, y cuando le pregunté que era, me dijo que era un amuleto protector.
Sonia aferró el colgante con más fuerza, antes de continuar.
-Me asusté un poco y en vez de ponérmelo fui a guardarlo en el bolso. Ella me sujetó las manos y me dijo:
-Como buen amuleto, solamente te hará efecto si realmente crees en él.
-Aquello sonaba a brujería, y así se lo dije. Me sujetó por los hombros y se puso muy seria. Me dijo que yo no sabía lo que es brujería. Entonces sí me asusté. La obligué a soltarme y me marché.
\`´/
Sonia era de la opinión que cada uno tiene su lugar y hasta su momento para leer. El de ella era aquella cafetería que parecía más vieja de lo que era. Diseñada con múltiples rincones donde perderse en la lectura sin molestias externas.
Pidió su habitual copa de vino, pero las molestias le hicieron cambiar a una infusión. Sacó un libro bastante viejo, lo abrió por una señal y comenzó a leer: “Fue expulsada del pueblo y se recluyó en el pantano donde las ratas, serpientes y mosquitos fueron su única compañía. Pero llegó una gran epidemia y la gente moría por doquier. El pueblo fue al pantano en procesión suplicando su ayuda.”
-Pero ella se negó -dijo una voz conocida.
Sonia levantó la mirada y vio, plantada frente a ella a la chica de la moto, sujetando dos cervezas. La invitó con resignación a sentarse. La otra chica inclinó la cabeza a modo de saludo, dejó una botella delante de Sonia y la otra ante ella. Apartó su larga chaqueta para no pisársela y se sentó cómodamente.
-Les dijo que nadie podía engañar a La Muerte -puntualizó la muchacha mientras le mostró la mitad de un grabado en el que se veía gente portando bastones con un monigote colgando, representando los muertos por la epidemia.
-Mentía. Ella había encontrado la manera -dijo la chica de negro, dejando bruscamente la cerveza en la mesa.
Con un rápido ademán cogió el amuleto del cuello de Sonia y lo miró con curiosidad. Sonia protestó y la otra respondió arrancándoselo de un tirón.
-¡Devuélvemelo! Es mío.
La otra chica se negó y comenzó a recitar de memoria:
-Desesperados, los campesinos le dijeron que pagarían lo que fuera. Ella les dijo que sus servicios les iba a costar muy caro.
Sonia se fijó en el amuleto que se balanceaba en la fina mano. Le pareció que del monigote salían pequeñas volutas de humo, que se confundían con las uñas negras, y así entendió que era parte del ritual de Agustina.
-Ya sé cual era el terrible pago -dijo Sonia para sí misma.
La chica de negro sonrió satisfecha y le devolvió el amuleto, que se volvió a colocar.
\`´/
Sonia volvió a recorrer el casco viejo de la ciudad, pero esta vez con paso decidido hacia un antiguo edificio que ya conocía. Parada ante la puerta, buscó con la mirada a la chica de negro, pero no la vio. Había desaparecido y ni siquiera escuchaba el rugido de su moto.
A pesar de la decepción, inspiró con fuerza para darse valor, y subió a casa de Agustina.
La mujer se hizo de rogar y Sonia tuvo que insistir hasta que le abrió.
-Vaya, eres tú otra vez -dijo con falsa sorpresa.
-Sí, soy yo y sé que usted es más de lo que parece.
Agustina entró en la casa, dejando la puerta abierta para que entrase la muchacha.
-Vaya ¿y qué crees que sabes? -dijo la mujer dirigiéndose al salón.
-La historia que me contó no es una leyenda. La curandera se transformó en una bruja, y esa bruja es usted.
Sonia sujetó el amuleto y le dijo que era el mismo que colgaba en su cabaña del pantano.
-Eso no explica nada -dijo Agustina sentándose despacio frente a una mesa-camilla-. Además ocurrió hace muchos años y como puedes comprobar no soy tan vieja.
-No lo aparenta porque ha conseguido engañar a La Muerte.
Agustina invitó a Sonia a sentarse, quien accedió y sacó el libro. Le mostró el grabado completo donde mostraba gente con bastones de los que colgaba un monigote, que representan los muertos por la epidemia, frente a una chica embarazada atada a un pentagrama en el suelo y a la bruja con un feto en una mano y un gran cuchillo en la otra.
-Si soy quién crees ¿por qué has venido otra vez aquí?
-Por... curiosidad -dijo Sonia con evidentes dudas-. Quería comprobar si realmente estoy en lo cierto.
-¡Mientes! -gritó Agustina en un estallido de locura-. No eres tan valiente ¿Quién te habló de mí? ¿Cómo te has enterado?
-La chica de la moto. La del centro de salud -dijo Sonia asustada ante la ceñuda mirada de la mujer-. Alta, delgada, pelo muy negro, ropa de cuero negro...
-Ojos penetrantes, hablar calmado -interrumpió la mujer- y aparece y desaparece misteriosamente.
Sonia asintió con la cabeza. Agustina se levantó golpeando furiosa la mesa y se acercó amenazadoramente a la chica.
-Maldita sea, eres una estúpida. Te ha utilizado como un títere para que hicieras lo que ella es incapaz.
Sujetó a Sonia por el amuleto y, pese a los esfuerzos de esta por deshacerse, una fuerza invisible le impedía moverse.
-Pero los años me han vuelto sabia y astuta -continuó Agustina a gritos-. No me encontrará y tú misma serás quién lo evite. El sacrificio de lo que llevas en tu vientre me permitirá ocultarme de ella... otra vez.
Apretó el amuleto y Sonia sintió cómo se asfixiaba. Soltó el aire en un grito antes de caer inconsciente.
\`´/
Al igual que el sueño anterior, Sonia avanzaba despacio por el pasillo. Caminando mareada y se fue acercando a una puerta entreabierta por la que salía una luz parpadeante, al compás de unos gritos... sus propios gritos. Abrió la puerta del dormitorio y, estupefacta, se vio a sí misma tumbada en una cama antigua, retorcida de dolor, mientras Agustina plantada ante ella canturreaba una letanía mientras esparcía unas hojas por su hinchada barriga que sangraba por unos cortes. Sonia en la puerta se quejaba, al tiempo que lo hacía Sonia en la cama.
-¡Empuja, zorra! -gritaba Agustina.
Sonia se esforzaba en cumplir las órdenes que le daba la bruja, hasta que notó como salía...
-¿Pero esto qué es? ¡Maldita seas! -dijo Agustina sorprendida.
Sonia, plantada en la puerta, veía como la sangre discurría entre sus piernas. Cuando levantó la cabeza vio a la bruja con un conejo despellejado en la mano. El animal giró la cabeza y miró a la mujer con los ojos saltones. Una mirada que asustó a Agustina, más incluso que la imposible sonrisa del animal.
\`´/
En una carretera solitaria, La Muerte se apoyaba en su moto. Su penetrante mirada se transformó en unos sangrantes ojos saltones que miraban a la lejanía.
-Ahora ya te tengo -sonrió satisfecha.
Arrancó la moto y salió a toda velocidad con el característico chirrido de las ruedas al patinar sobre el asfalto dejando una espesa humareda negra de neumático quemado.
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Sonia estaba ya consciente, aunque aturdida. Agustina la obligaba a caminar por el sendero que discurría por el pantano, llegando incluso a arrastrarla de los pelos. Llegaron a un claro donde las ratas campaban a sus anchas y las nubes de mosquitos danzaban entre los árboles. Ató las manos de la chica a un árbol y, tras descargar su mochila, se puso a dibujar un pentagrama, colocando cantos rodados, uno a continuación de otro; mientras hablaba con Sonia.
-Ella me odia porque aprendí a curar a la gente -decía Agustina-, evitando así que se los llevara. Volvió a la gente contra mí y consiguió que me desterraran a este infecto pantano. Juré que me escondería tan bien que ni ella me encontraría.
-¿Por qué yo? ¿Por qué tengo que ser yo la víctima de tu macabro ritual? -decía Sonia asustada.
-Te ha utilizado para llegar hasta mí, y eso es algo que no puedo consentir.
-Déjame ir y me alejaré de ti, tanto que no volverás a verme ni a saber nada de mí.
-Mira, eso es justo lo que me vas a ayudar a hacer. Es un ritual complejo en el que el sacrificio del feto crea un manto de oscuridad que ni la propia muerte es capaz de atravesar.
Sonia intentó razonar con la bruja.
-No es lo que crees, vieja loca. Te has equivocado. No estoy embarazada. Tengo un tumor que confunde los síntomas con los del embarazo.
Agustina miró a Sonia con desconfianza, dudando si era verdad o no lo que le decía. A pesar de las dudas, prefirió creer a su propio instinto.
-No te creo. Ahora el niño que llevas en tu vientre me permitirá renovar el manto de oscuridad.
Agustina se fue a por la mascarilla, de donde sacó un cuchillo de grandes dimensiones. A su regreso le llamó la atención algo que se movía entre los árboles. Sabía que no era una alimaña, pues esta la respetaban como una más. Su desconfianza le llevó a la conclusión que solamente podía ser “Ella”.
-Mierda, no sé cómo, pero me ha encontrado -pensó en voz alta-. Rápido, rápido, se me acaba el tiempo.
-Entonces el sueño era cierto. Me estabas preparando para este macabro ritual -dijo Sonia cuando Agustina regresó.
La bruja arrancó la blusa de Sonia, dejando al descubierto las marcas de su barriga. Mientras recitaba un incomprensible cántico, asestó una cuchillada a la chica. A pesar de estar atada, consiguió agitarse, y bien por eso, o por las prisas, Agustina falló el golpe y lo único que consiguió fue herirla en el costado.
Sonia miró a la bruja, pero realmente observaba a La Muerte que se acercaba, con paso tranquilo. A pesar del dolor, la chica sonrió al verse salvada por la propia muerte.
-Te has pasado de lista -dijo Sonia-. Ella ha venido a por ti, y te ha encontrado.
Agustina intentó una segunda puñalada, pero no pudo al tener sujeta la mano por La Muerte.
-Me has evitado durante mucho tiempo, pero ahora ese tiempo se te ha acabado. Esta chica dice la verdad. Lo que lleva en su vientre es La Muerte, pero no para ella, si no para ti.
La bruja fue perdiendo fuerzas, hasta caer rendida en el suelo. La Muerte la introdujo, sin ningún miramiento, en una gran bolsa negra.
Sonia volvía a marearse mientras miraba el charco de sangre.
-¿A mi también me llevarás? -preguntó.
La Muerte se giró hacia Sonia, haciendo ondear coquetamente su melena negra, y señaló las heridas con el dedo.
-Sí, pero este no es el momento. Has terminado tu trabajo, te devuelvo tu vida.
En ese momento se encogió dolorida, sujetándose la barriga. Se incorporó cuando se le pasó y tuvo tiempo de ver a La Muerte alejándose con el conejo despellejado en la mano.
\`´/
El ronco ronroneo de la moto se fue alejando hasta convertirse en un murmullo. A lo lejos, en la carretera, se pudo ver los ocasionales brillos de los apliques cromados que la bolsa negra situada detrás no conseguía ocultar.
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Sonia, maltrecha, despeinada y con la ropa hecha jirones, pasaba la mano por los muñecos colgados en las ramas, haciendo que se balanceasen, espantando las nubes de mosquitos. En la otra mano llevaba el libro y el cuchillo de la bruja.
-Te aseguro que cuando vuelvas no me encontrarás. Ahora sé como evitarte -hablaba con la locura instalada en su semblante.


Fin.
Autor: Gregorio Sánchez Ceresola. 01-04-2020

* Este relato es la adaptación narrativa de un guion que escribí en 2013 para un cortometraje que, de momento, no se ha llegado a rodar. Si alguién está interesado y tiene los medios para rodarlo, puede ponerse en contacto conmigo en mi correo electrónico.
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Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

domingo, 26 de enero de 2020

Cortometraje El Robonáuta

De cómo fue El Robonáuta.
A principios del año 2017 Mario-Paul Martínez me propuso escribir un guión para un cortometaje que iban a realizar los estudiantes de 2º curso del Grado en Comunicación Audiovisual de la UMH de Elche, en colaboración con El Caleidoscopio y el Ros Film Festival, el primer festival online de cortometrajes con temática robótica. Gracias al Grupo de investigación en Neuroingeniería Biomédica y al Departamento de Ingeniería de Sistemas y Automática de la UMH .
Ya en la propuesta se incluía la temática: Ciencia Ficción con Robots. Es uno de mis temas favoritos y tenía muchas ganas de escribir una historia de estas características.
Estuve toda una semana con ideas que surgían como pompas de jabón y que luego estallaban al volverse inviables para una producción tan pequeña.
Contar una historia futurista, con mensaje, pocos actores, pocas localizaciones, pocos efectos especiales y, sobretodo poco o ningún presupuesto, me resultó difícil. Al final me centré en la historia que tenía que sobreponerse a todas esas dificultades y alguna más que saldría después.
Ya que la localización de rodaje era el propio campus universitario, lo mejor era hacer una historia de investigación. Al ser este tipo de historia, no hacía falta mostrar mucho, ya que los personajes eran investigadores.
Otra de mis preferencias era lo relacionado con el espacio y los cohetes, lo que me daba comodidad para usarlo como tema central de la historia.
Quise que el guión tuviera una estructura típica, con sus puntos de giros, conflictos, crecimiento de personajes y esas cosas que escriben los que entienden.
Mario estuvo en todo momento apoyándome y transmitiéndome su entusiasmo. Me envió fotos de los robots-actores que se utilizarían en el rodaje, lo que también me ayudó a adaptar la historia para que no fuera muy complicada.
Ya que las fechas de rodaje estaban fijadas, tuve que darme prisa en escribir el guión. Prácticamente en un fin de semana lo tuve. A principio de la siguiente se lo envíe a Mario, el cual lo aprobó enseguida. Sé que le gustó, además el apremio de tiempo no daba margen para muchos retoques. De hecho no sé si hizo alguno.
Mi trabajo estaba hecho, o eso creía yo. Solamente quedaba esperar para ver el resultado.
Los medios de comunicación de la Universidad y la prensa local se hizo eco del rodaje, y realizaron algunos artículos y minireportajes.
Asistí un par de veces al rodaje y pude comprobar las dificultades que tenían los chavales para que los robots, al ser programados, hicieran lo que ellos querían, en el momento adecuado.
Fueron sorteando las numerosas dificultades como buenamente pudieron, y supongo que esto supuso un gran aprendizaje para ellos, y por supuesto para mí; que tampoco soy muy experto.
Terminaron de rodar, aplaudieron (unos más que otros, todo hay que decirlo), se felicitaron (esta vez sí que todos), recogieron y se fueron de fiesta. Yo regresé a casa preocupado por el resultado final, pero a la vez ilusionado. Me había divertido y eso es lo que me llevaba.
Ahora a esperar al montaje.
Y esperé. Esperé. Esperé. En alguna conversación con Mario, le preguntaba como iba el montaje. Él se reía y me comentaba las dificultades. Fin de curso, exceso de actividades, poco tiempo y menos ganas... La persona que tenía que montarlo o no le puso mucho interés o no se sintió capaz de montar “aquello”. El caso es que el corto cayó en el limbo de los proyectos inacabados sin vistas a futuro.
Pasó el tiempo. Yo no quise presionar, más allá de algún comentario jocoso a los responsables, sobre todo a Mario, que es con quién tengo más confianza. Al fin y al cabo era una colaboración para que los estudiantes practicaran y aprendieran a rodar.
A finales del año 2018 me plantee terminar yo el montaje. No quería involucrarme, pero me daba pena que aquello terminase muriendo en el olvido. He escuchado muchas veces que los trabajos hay que terminarlos, para bien o para mal. Aunque el resultado sea regular o incluso malo y cargado de fallos, hay que terminarlo. Así que le pedí los archivos brutos y todo el material que hubiera disponible a Marío para hacerlo yo. Me dijo que sí, que por supuesto lo buscaría y me lo facilitaría.
Dejé pasar la Navidad de 2018 y finalizando enero se lo volví a reclamar. Sin problema, a principios de febrero me trajo un disco duro portátil, que había pedido a Vicente J. Pérez, donde estaba todo el material que se había rodado. Bromeamos un poco sobre los tiempos y si estaría listo para el Festival de Cine Fantástico de Elche, FantaElx. Le dejé claro que yo no iba a tener ninguna prisa y que tendría libertad para hacerlo como yo creyera conveniente.
Esta vez no esperé mucho. Descargué el material en mi ordenador y me dediqué, a ratitos a visualizarlo, escucharlo y clasificarlo. Aquí es donde uno ve la importancia de la figura del script o asistente de rodaje. Por suerte tenía el guión técnico y el plan de rodaje que llevaron, lo que me ayudó mucho.
Tenía decidido que haría casi todo el trabajo de edición, montaje e incluso algunos efectos visuales (o VFX) que quería implementar con el programa de código abierto Blender 3D. Ya había hecho cosas con este programa y estuve poniéndome al día con la última versión.
Un primer montaje, así en bruto, me mostró como podría quedar, así como los agujeros y fallos que se podrían corregir o otros que no. Para los que no, habría que usar la imaginación para que no se notaran mucho.
Durante todo el año 2019, a ratitos y usando mi tiempo libre de otras actividades fui, editando, modelando, animando y, sobre todo, realizando máscaras a mano, muchas máscaras y echando de menos los fondos croma. Durante este trabajo escuchaba música y efectos libres de derechos para ir buscando la apropiada.
Pasos para adelante, otros para atrás. Mucho ensayo y error. Momentos de desesperación al no conseguir el resultado deseado y acabar conformándome con lo que tenía.
Poco a poco se fueron acumulando los resultados hasta que tuve que decidirme cuando quería terminarlo. Podía estar retocando eternamente pero el objetivo era terminarlo, sin plazo, pero terminarlo.
Pasó el Festival de Cine Fantástico de Elche y no lo tenía terminado. Estaba muy avanzado pero todavía no.
Me plantee que estuviera acabado, quedase como quedase, antes de terminar el año. Fueron fines de semana de “montajes finales”. Comentarios en casa por el deficiente sonido y comprensión de los diálogos. Uno tras otro, pequeños retoques tras pequeños retoques. Renderizar y volver a renderizar.
A final de noviembre le pasé un montaje, a falta de ajustar color y poner créditos a Mario. Compartió el montaje con Vicente y a ambos les pareció bien. Me pasaron los logotipos, listado de participantes y algunos consejos de retoque.
Algunos montajes más y una auténtica pelea para equilibrar el color e intentar mejorar el sonido.
Hasta que dije: ¡Basta! Hasta aquí.
Les envié la que fue la última versión del montaje y según me comentó Mario:
“Los detalles (y no tan detalles) cambiados, tanto en el montaje como en la posproducción y color, le han dado un gran empujón al cortometraje. Estoy seguro que tu también lo ves más “vivo”.
Yo lo veo mucho mucho mejor y ya, además, acabado y listo para volar.
Madre mía, has hecho milagros con el material que teníamos... ¡Enhorabuena!”



martes, 27 de agosto de 2019

Leyenda de perros y truenos


Cuenta una antigua leyenda que los perros del lugar, antaño no aullaban cuando los truenos amenazaban con romper el cielo, cubierto de nubarrones.
Un día, que nadie recuerda, llegó uno con conocimientos de más allá del valle. Uno que, con cada trueno, temía que el gran perro viniese a apoderarse de su manada. Por ello, tenía que aullar con más fiereza que el temible trueno, tenía que demostrar que él le haría frente, por muy grandes que fueran sus rugidos. El resto de perros permanecían en silencio, escondidos o ignorantes de lo que venía.
Y la tormenta llegó, y el viento zarandeó los árboles, obligándolos a inclinarse para saludar al monstruo. El perro aullaba sin cesar, respondiendo a los árboles que silbaban y susurraban que ya estaba aquí; y los rayos rasgaron las nubes, dejando caer el agua que atesoraban en su interior. Ya era tarde. El perro buscó el escondrijo más oculto, entre gemidos que alertaban a su manada a que lo imitaran. Algunos prudentes lo imitaron, pero los más ignorantes, valientes, o ambas cosas, decidieron hacer frente al que venía. Ladraron a rabiar, ladraron hasta quedarse afónicos y cuando no pudieron más, enseñaron los colmillos en señal de lo que le esperaba al intruso.
De las montañas bajó, arrasándolo todo a su paso, el gran monstruo. Una tromba de agua imparable que arrancaba árboles, e incluso arrastraba rocas, dejando un rastro de destrucción a su paso marcado por un río de barro.
La manada fue diezmada hasta casi su exterminio. Los supervivientes aprendieron, por las malas, que los truenos eran la presentación del monstruo que una vez casi acabó con ellos.
Desde entonces cada trueno, cada rayo e incluso el viento más feroz es recibido con aullidos de alerta.
Tiempo después, mucho más de lo que nadie podía recordar, otro vino de más allá del valle. De donde venía no existían tales monstruos. Allí todo era árido, llano y lejano... Muy lejano. Cuando llegó no ladraba ni aullaba y no entendía porqué el resto lo hacía. Vio que el miedo se había apoderado de esa manada y vio la oportunidad de erigirse líder. Si él no aullaba a los truenos, el resto dejaría de hacerlo. No fue así: el miedo era más poderoso que el propio recuerdo y él también acabó ladrando y aullando, para luego correr a esconderse del terrible monstruo. Un monstruo que nadie había visto, que nadie recordaba, pero que todos temían.

Texto e ilustración: Gregorio Sánchez Agosto 2019

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lunes, 26 de noviembre de 2018

Vivir Rodando con el móvil

Un cortometraje de Producciones Esquizóides, dirigido por Fernándo Montano Galvañ, con guión de Gregorio Sánchez.
"Vivir rodando es un cortometraje que se desarrolla en el descanso del rodaje de una película." 


Actriz: BLANCA MOYÁ
Actor: CARLOS CALVO
Maquilladora: INMA GARCÍA
Eléctrico: UNO QUE PASABA POR ALLÍ

Dirigido y Producido: FERNÁNDO MONTANO GALVAÑ
Guión: GREGORIO SÁNCHEZ

Fotografía: MAXI VELLOSO
Arte y Maquillaje: JESÚS DÍAZ
Jefe de producción: CARLOS ESCLAPEZ
Montaje: GREGORIO SÁNCHEZ

sábado, 10 de noviembre de 2018

Un relato de magia ancestral - 1 - La caza del águila

Cuando salió por la puerta de la torre en la que se encontraba el campanario, una ráfaga de viento gélido, azotó su rostro. La impaciencia atenazaba todo su ser. El aire helado, a pesar de estar acabando el crudo invierno, sólo le convenció de lo que más deseaba.
Tan rápido corrió hacia la cornisa que tropezó con el pedestal de la colosal cruz de piedra, que servía de vigía en el borde de la pequeña muralla de la torre. A pesar del dolor que le atenazaba el tobillo, a causa del traspiés, continuó su carrera hacia el borde. Cuando llegó al límite del campanario, se detuvo y recuperó el resuello mientras miraba el paisaje, tenuemente iluminado por los primeros rayos de sol.
Desde su posición se podía ver, con un simple vistazo, las montañas, riscos y cumbres de la cadena montañosa en que estaba situado el monasterio. Se preguntaba por qué lo habían construido en un lugar tan alejado de cualquier pueblo, pero no se entretuvo mucho en ese pensamiento, pues no disponía de tiempo para divagaciones.
Mientras el viento matinal agitaba su túnica, extendió los brazos formando una cruz con su cuerpo, como una sombra del gran crucifijo de piedra. A continuación entonó un suave canturreo, y antes de concluir la última frase, saltó por encima del muro que hacía las veces de barandilla. Sin abandonar la posición antes adoptada, comenzó a caer y caer. Su velocidad aumentaba más y más por cada metro menos que le separaba del fondo del barranco.
Tras haber recorrido varios metros de caída libre, concluyó su cántico. Un punzante frescor recorrió todo su cuerpo, provocado por la ausencia de su cálida túnica, así como el resto de sus ropas. Sus brazos desnudos, todavía abiertos en cruz, se llenaron de plumas, anchas y largas en los dedos y más cortas a medida que el brazo se aproximaba al cuerpo. Como si fueran los pliegues de su túnica ondeando al viento, comenzó a sentir el movimiento del plumón que cubría su torso y cuello. Como una continuación del escalofrío, sus huesos se transformaron, cambiando los brazos en alas, las piernas en patas y los pies en garras. Su vista mejoraba hacia límites insospechados, llegando a ver las pequeñas liebres que saltaban entre los nevados riscos de las laderas de las montañas, su nariz se alargaba y su mentón se encogía transformándose en un robusto pico, ligeramente ganchudo en el extremo.
Con un suave movimiento de su cola, la propia corriente de aire hizo que ganara altura y con dos enérgicos impulsos de sus alas se dirigió a las nevadas cumbres.
El muchacho, transformado ahora en una gran águila imperial de bello y majestuoso vuelo, surcaba los aires sin rumbo fijo. Su único objetivo era disfrutar de la sensación de libertad que da planear por encima de las nevadas montañas, dejándose guiar solamente por las heladas ráfagas de viento.
Con un rápido vuelo planeó por encima del monasterio. Desde su posición se podía observar perfectamente la disposición del edificio, con su claustro anexo y algunas pequeñas construcciones como el establo y un par de almacenes. La alta torre estaba separada del edificio principal y formaba esquina con el claustro, justo al borde del barranco, guardando un precario equilibrio con éste. También podía ver los cultivos cercanos al monasterio y más allá los árboles y las majestuosas montañas.
Al girar la cabeza su vista se fijó en un conejo que comía distraídamente los jóvenes cogollos de las cebollas, que estaban cultivando en las inmediaciones del monasterio. No podía apartar la vista del animal, mientras planeaba entre las frías corrientes de aire matutino. El pico se le humedeció y una gota de saliva se le congeló rápidamente en la punta. Con un rápido movimiento se sacudió la gota congelada. Plegó las alas dando a su cuerpo una forma más aerodinámica y bajó en picado hacia el huerto. La sensación de caída libre, de velocidad, y la emoción de la caza, hacía que su corazón latiera muy deprisa.
Cuando se encontró a varios metros del conejo, extendió sus garras afiladas, volvió a desplegar las alas, consiguiendo así más estabilidad. Planeó casi a ras del suelo, tan cerca que las hojas de las cebollas se agitaban a su paso. Al ruido de las plantas el conejo giró la cabeza y sólo le dio tiempo a ver, estupefacto, cómo una enorme águila lo atrapaba entre sus poderosas garras. El águila ganó altura. El conejo intentaba en vano zafarse de las mortales uñas, que se le clavaban cada vez más hasta que las fuerzas le abandonaron.
Posada en un risco el águila degustó la carne de su presa, que las cumbres comenzaban a enfriar rápidamente. Cuando sólo quedó unos pocos sanguinolentos huesos cubiertos por pelos, regresó al monasterio, disfrutando de un placentero vuelo sobre el nevado valle.

Oculto tras la colosal cruz de piedra, alguien contemplaba como un águila cazaba un conejo en los huertos de cebollas.
Ese conejo no esperaba que un águila cazase tan temprano. Ja, estúpido animal —murmuraba para sí el que acechaba en lo alto de la torre.
Cuando el águila se alejó para degustar su bocado, él decidió prepararse para su regreso. Se agazapó tras el pedestal, enrollándose con sus ropas, hasta parecer un viejo saco que se amontonaba entre los trastos apilados en el campanario.
Comprobó que tenía a mano la maza, dio un par de golpes rápidos al aire para desentumecer los brazos y comprobar la estabilidad del arma, y esperó pacientemente.

El muchacho transformado en águila mantenía una lucha interior. Una parte de sí no quería abandonar esa sensación de libertad, de paz y la emoción del vuelo. Otra parte más prudente y cabal le decía que la transformación podía acabarse y que tenía que regresar al monasterio.
El águila agitó sus alas un par de veces para darse el impulso final que le permitiría llegar hasta la torre del campanario. Mentalmente calculó la distancia que le separaba de la cornisa y comenzó a emitir un murmullo, como un gorgojeo que modulaba abriendo y cerrando el pico. Una sucesiva serie de aleteos lo estabilizó en el borde del campanario. El aterrizaje había sido perfecto.
Se dirigió a la gran cruz de piedra, a largos saltos pues la salmodia llegaba a su fin. Emitió un graznido y saltó de la barandilla de piedra a la empedrada terraza de la torre del campanario.
En el corto trayecto del murete a la terraza, el águila se transformó. La aerodinámica forma del animal, se ensanchó y agrandó. Las patas se alargaron. Las manos brotaron del final de las alas. La cabeza se humanizó, aunque conservó el pico. Era una figura a medio camino entre águila y hombre. Conservaba la estatura y corpulencia de un hombre y varios rasgos de águila. Pico en vez de boca, garras en vez de pies y los brazos cubiertos de plumas como si fueran una chaqueta con flecos. Todavía no tenía ropas pero el plumón protegía su cuerpo.

El que estaba esperando el regreso del águila, por fin había conseguido librarse del maldito enredo que se había formado con sus ropajes. Tal y como había ensayado, el golpe de la maza fue certero, y hubiera sido mortal si hubiera impactado en la cabeza. El enredo había retrasado su ataque y el águila ya no era tal. Donde debería estar la cabeza del animal ahora estaba el hombro del híbrido.
El hombre-águila lanzó un chillido de dolor al tiempo que su agresor maldecía su fallido ataque. Sin pensárselo dos veces el agresor lanzó otro golpe a la cabeza de su víctima, pero ésta consiguió protegerse con su emplumado brazo, y el golpe desprendió una multitud de plumas que revolotearon alrededor de los combatientes.
Este segundo golpe tuvo menos efecto que el primer, pero aún así fue lo suficientemente contundente como para inutilizar su brazo.
El muchacho empujó a su agresor con su brazo sano, apartándoselo de encima y haciéndole perder el equilibrio. El hombre trastabilló hacia atrás cayendo al suelo. Le había sorprendido la fuerza y el ímpetu de su víctima.
El miedo, la adrenalina o su rapaz instinto cazador le hicieron contraatacar. Aprovechando que su rival estaba en el suelo le lanzó un rápido picotazo a la cara, picotazo que a duras penas pudo esquivar, rodando hacia la maza, que se le había escapado de las manos. Aun así el picotazo le alcanzó en la espalda, rasgándole la ropa y produciéndole un profundo corte en ella.
El muchacho saltó hacia su agresor para inmovilizarlo con sus férreas garras y atestarle otro poderoso picotazo, pero su brazo herido le restó precisión y velocidad. El hombre volvió a rodar para esquivar las garras y alcanzó la maza. El chico decidió no dar tiempo a su agresor a reponerse y volvió a saltar sobre él, pero su atacante había recuperado su maza y debido a la distancia que separaba a ambos combatientes, optó por lanzársela para evitar así el segundo salto del hombre-águila.
La maza alcanzó a su víctima en pleno salto, impactando en el ya herido. El muchacho lanzó otro graznido de dolor y cayó hacia atrás entre un revuelo de plumas.
El malestar era tal que le impedía pensar con claridad. No se atrevía a mover el brazo y lo mantuvo todo lo rígido que pudo en un intento de aliviar el dolor. Torpemente consiguió levantarse.
Cuando levantó la mirada, se encontró a su agresor cargando hacia él con las manos por delante. El aturdimiento le impidió reaccionar con rapidez y lo único que consiguió fue protegerse con su brazo sano. Pero este nuevo ataque no era un golpe, si no un empujón, empujón que lo obligó a retroceder bruscamente, haciéndolo tropezar con el murete y cayendo al vacío desde lo alto de la torre.
El muchacho caía sin control. Su inutilizado brazo le impedía estabilizarse y tras una rápida caída, impactó fatalmente contra la rocosa base de la torre, tras lo cual rodó dando tumbos por la ladera del barranco hasta el fondo quedando su recuperada forma humana en una grotesca posición.
Muchacho, ahora el secreto ya está a salvo. Un secreto está mejor guardado cuantas menos personas sepan de él, —comentaba el fatigado asesino mientras contemplaba la incontrolada caída del chico hacia el fondo del barranco.

Sigue en:  2 - Tedesio llega al monasterio
Un relato de magia ancestral. Autor: Gregorio Sánchez Ceresola.
Registro de la Propiedad Intelectual: Asiento 09/2009/1973