lunes, 26 de noviembre de 2018

Vivir Rodando con el móvil

Un cortometraje de Producciones Esquizóides, dirigido por Fernándo Montano Galvañ, con guión de Gregorio Sánchez.
"Vivir rodando es un cortometraje que se desarrolla en el descanso del rodaje de una película." 


Actriz: BLANCA MOYÁ
Actor: CARLOS CALVO
Maquilladora: INMA GARCÍA
Eléctrico: UNO QUE PASABA POR ALLÍ

Dirigido y Producido: FERNÁNDO MONTANO GALVAÑ
Guión: GREGORIO SÁNCHEZ

Fotografía: MAXI VELLOSO
Arte y Maquillaje: JESÚS DÍAZ
Jefe de producción: CARLOS ESCLAPEZ
Montaje: GREGORIO SÁNCHEZ

sábado, 10 de noviembre de 2018

Un relato de magia ancestral - 1 - La caza del águila

Cuando salió por la puerta de la torre en la que se encontraba el campanario, una ráfaga de viento gélido, azotó su rostro. La impaciencia atenazaba todo su ser. El aire helado, a pesar de estar acabando el crudo invierno, sólo le convenció de lo que más deseaba.
Tan rápido corrió hacia la cornisa que tropezó con el pedestal de la colosal cruz de piedra, que servía de vigía en el borde de la pequeña muralla de la torre. A pesar del dolor que le atenazaba el tobillo, a causa del traspiés, continuó su carrera hacia el borde. Cuando llegó al límite del campanario, se detuvo y recuperó el resuello mientras miraba el paisaje, tenuemente iluminado por los primeros rayos de sol.
Desde su posición se podía ver, con un simple vistazo, las montañas, riscos y cumbres de la cadena montañosa en que estaba situado el monasterio. Se preguntaba por qué lo habían construido en un lugar tan alejado de cualquier pueblo, pero no se entretuvo mucho en ese pensamiento, pues no disponía de tiempo para divagaciones.
Mientras el viento matinal agitaba su túnica, extendió los brazos formando una cruz con su cuerpo, como una sombra del gran crucifijo de piedra. A continuación entonó un suave canturreo, y antes de concluir la última frase, saltó por encima del muro que hacía las veces de barandilla. Sin abandonar la posición antes adoptada, comenzó a caer y caer. Su velocidad aumentaba más y más por cada metro menos que le separaba del fondo del barranco.
Tras haber recorrido varios metros de caída libre, concluyó su cántico. Un punzante frescor recorrió todo su cuerpo, provocado por la ausencia de su cálida túnica, así como el resto de sus ropas. Sus brazos desnudos, todavía abiertos en cruz, se llenaron de plumas, anchas y largas en los dedos y más cortas a medida que el brazo se aproximaba al cuerpo. Como si fueran los pliegues de su túnica ondeando al viento, comenzó a sentir el movimiento del plumón que cubría su torso y cuello. Como una continuación del escalofrío, sus huesos se transformaron, cambiando los brazos en alas, las piernas en patas y los pies en garras. Su vista mejoraba hacia límites insospechados, llegando a ver las pequeñas liebres que saltaban entre los nevados riscos de las laderas de las montañas, su nariz se alargaba y su mentón se encogía transformándose en un robusto pico, ligeramente ganchudo en el extremo.
Con un suave movimiento de su cola, la propia corriente de aire hizo que ganara altura y con dos enérgicos impulsos de sus alas se dirigió a las nevadas cumbres.
El muchacho, transformado ahora en una gran águila imperial de bello y majestuoso vuelo, surcaba los aires sin rumbo fijo. Su único objetivo era disfrutar de la sensación de libertad que da planear por encima de las nevadas montañas, dejándose guiar solamente por las heladas ráfagas de viento.
Con un rápido vuelo planeó por encima del monasterio. Desde su posición se podía observar perfectamente la disposición del edificio, con su claustro anexo y algunas pequeñas construcciones como el establo y un par de almacenes. La alta torre estaba separada del edificio principal y formaba esquina con el claustro, justo al borde del barranco, guardando un precario equilibrio con éste. También podía ver los cultivos cercanos al monasterio y más allá los árboles y las majestuosas montañas.
Al girar la cabeza su vista se fijó en un conejo que comía distraídamente los jóvenes cogollos de las cebollas, que estaban cultivando en las inmediaciones del monasterio. No podía apartar la vista del animal, mientras planeaba entre las frías corrientes de aire matutino. El pico se le humedeció y una gota de saliva se le congeló rápidamente en la punta. Con un rápido movimiento se sacudió la gota congelada. Plegó las alas dando a su cuerpo una forma más aerodinámica y bajó en picado hacia el huerto. La sensación de caída libre, de velocidad, y la emoción de la caza, hacía que su corazón latiera muy deprisa.
Cuando se encontró a varios metros del conejo, extendió sus garras afiladas, volvió a desplegar las alas, consiguiendo así más estabilidad. Planeó casi a ras del suelo, tan cerca que las hojas de las cebollas se agitaban a su paso. Al ruido de las plantas el conejo giró la cabeza y sólo le dio tiempo a ver, estupefacto, cómo una enorme águila lo atrapaba entre sus poderosas garras. El águila ganó altura. El conejo intentaba en vano zafarse de las mortales uñas, que se le clavaban cada vez más hasta que las fuerzas le abandonaron.
Posada en un risco el águila degustó la carne de su presa, que las cumbres comenzaban a enfriar rápidamente. Cuando sólo quedó unos pocos sanguinolentos huesos cubiertos por pelos, regresó al monasterio, disfrutando de un placentero vuelo sobre el nevado valle.

Oculto tras la colosal cruz de piedra, alguien contemplaba como un águila cazaba un conejo en los huertos de cebollas.
Ese conejo no esperaba que un águila cazase tan temprano. Ja, estúpido animal —murmuraba para sí el que acechaba en lo alto de la torre.
Cuando el águila se alejó para degustar su bocado, él decidió prepararse para su regreso. Se agazapó tras el pedestal, enrollándose con sus ropas, hasta parecer un viejo saco que se amontonaba entre los trastos apilados en el campanario.
Comprobó que tenía a mano la maza, dio un par de golpes rápidos al aire para desentumecer los brazos y comprobar la estabilidad del arma, y esperó pacientemente.

El muchacho transformado en águila mantenía una lucha interior. Una parte de sí no quería abandonar esa sensación de libertad, de paz y la emoción del vuelo. Otra parte más prudente y cabal le decía que la transformación podía acabarse y que tenía que regresar al monasterio.
El águila agitó sus alas un par de veces para darse el impulso final que le permitiría llegar hasta la torre del campanario. Mentalmente calculó la distancia que le separaba de la cornisa y comenzó a emitir un murmullo, como un gorgojeo que modulaba abriendo y cerrando el pico. Una sucesiva serie de aleteos lo estabilizó en el borde del campanario. El aterrizaje había sido perfecto.
Se dirigió a la gran cruz de piedra, a largos saltos pues la salmodia llegaba a su fin. Emitió un graznido y saltó de la barandilla de piedra a la empedrada terraza de la torre del campanario.
En el corto trayecto del murete a la terraza, el águila se transformó. La aerodinámica forma del animal, se ensanchó y agrandó. Las patas se alargaron. Las manos brotaron del final de las alas. La cabeza se humanizó, aunque conservó el pico. Era una figura a medio camino entre águila y hombre. Conservaba la estatura y corpulencia de un hombre y varios rasgos de águila. Pico en vez de boca, garras en vez de pies y los brazos cubiertos de plumas como si fueran una chaqueta con flecos. Todavía no tenía ropas pero el plumón protegía su cuerpo.

El que estaba esperando el regreso del águila, por fin había conseguido librarse del maldito enredo que se había formado con sus ropajes. Tal y como había ensayado, el golpe de la maza fue certero, y hubiera sido mortal si hubiera impactado en la cabeza. El enredo había retrasado su ataque y el águila ya no era tal. Donde debería estar la cabeza del animal ahora estaba el hombro del híbrido.
El hombre-águila lanzó un chillido de dolor al tiempo que su agresor maldecía su fallido ataque. Sin pensárselo dos veces el agresor lanzó otro golpe a la cabeza de su víctima, pero ésta consiguió protegerse con su emplumado brazo, y el golpe desprendió una multitud de plumas que revolotearon alrededor de los combatientes.
Este segundo golpe tuvo menos efecto que el primer, pero aún así fue lo suficientemente contundente como para inutilizar su brazo.
El muchacho empujó a su agresor con su brazo sano, apartándoselo de encima y haciéndole perder el equilibrio. El hombre trastabilló hacia atrás cayendo al suelo. Le había sorprendido la fuerza y el ímpetu de su víctima.
El miedo, la adrenalina o su rapaz instinto cazador le hicieron contraatacar. Aprovechando que su rival estaba en el suelo le lanzó un rápido picotazo a la cara, picotazo que a duras penas pudo esquivar, rodando hacia la maza, que se le había escapado de las manos. Aun así el picotazo le alcanzó en la espalda, rasgándole la ropa y produciéndole un profundo corte en ella.
El muchacho saltó hacia su agresor para inmovilizarlo con sus férreas garras y atestarle otro poderoso picotazo, pero su brazo herido le restó precisión y velocidad. El hombre volvió a rodar para esquivar las garras y alcanzó la maza. El chico decidió no dar tiempo a su agresor a reponerse y volvió a saltar sobre él, pero su atacante había recuperado su maza y debido a la distancia que separaba a ambos combatientes, optó por lanzársela para evitar así el segundo salto del hombre-águila.
La maza alcanzó a su víctima en pleno salto, impactando en el ya herido. El muchacho lanzó otro graznido de dolor y cayó hacia atrás entre un revuelo de plumas.
El malestar era tal que le impedía pensar con claridad. No se atrevía a mover el brazo y lo mantuvo todo lo rígido que pudo en un intento de aliviar el dolor. Torpemente consiguió levantarse.
Cuando levantó la mirada, se encontró a su agresor cargando hacia él con las manos por delante. El aturdimiento le impidió reaccionar con rapidez y lo único que consiguió fue protegerse con su brazo sano. Pero este nuevo ataque no era un golpe, si no un empujón, empujón que lo obligó a retroceder bruscamente, haciéndolo tropezar con el murete y cayendo al vacío desde lo alto de la torre.
El muchacho caía sin control. Su inutilizado brazo le impedía estabilizarse y tras una rápida caída, impactó fatalmente contra la rocosa base de la torre, tras lo cual rodó dando tumbos por la ladera del barranco hasta el fondo quedando su recuperada forma humana en una grotesca posición.
Muchacho, ahora el secreto ya está a salvo. Un secreto está mejor guardado cuantas menos personas sepan de él, —comentaba el fatigado asesino mientras contemplaba la incontrolada caída del chico hacia el fondo del barranco.

Sigue en:  2 - Tedesio llega al monasterio
Un relato de magia ancestral. Autor: Gregorio Sánchez Ceresola.
Registro de la Propiedad Intelectual: Asiento 09/2009/1973

Un relato de magia ancestral - 2 - Tedesio llega al monasterio

El llamador de la gran puerta de entrada al monasterio sonó varias veces. El sol ya estaba escondiéndose tras las montañas que rodeaban el valle donde estaba ubicado el monasterio. No era normal que nadie estuviera allí tan tarde.
La argolla volvió a golpear la puerta, avisando así la llegada de algún visitante. Tras repetir la llamada, el portón se abrió con un chirrido estridente, tan agudo que hacía castañear los dientes. Una vez abierta la puerta por completo, el sirviente observó al visitante que tan insistentemente golpeaba con la argolla.
Plantado ante la puerta, el viajero respiraba agitada y nerviosamente. El largo viaje y la agotadora ascensión al monasterio lo obligaba a respirar con grandes bocanadas, expulsando el aire con tanta fuerza que lo hacía toser. Pero el cansancio no menguaba la impaciencia de sumergirse entre tal acumulación de sabiduría.
Sin dar tiempo al sirviente a pronunciar palabra, el muchacho saludó, se presentó, y dijo a qué había venido. Lo dijo con tal rapidez y atropello que el sirviente se quedó abrumado.
Buenas tardes, ¿o debería decir noches? Soy Tedesio Vázquez, hijo del administrador del Señor de Villalobos, y he sido enviado por mi señor para adquirir la cultura necesaria para suceder a mi padre en el puesto de administrador de bienes de Don Juan de Villalobos. Si me conduce ante el Abad yo mismo le entregaré la carta y le explicaré con detalle el pqué de mi visita a tan grandioso cúmulo de saber que es este monasterio.
Don Gerardo de Peña, Abad de este monasterio, me comunicó su inminente llegada. Pero no podrá recibirle. Le conduciré ante Fray Ramiro, el cual le pondrá al corriente de sus obligaciones. Sígame.
Tedesio caminaba tras los pasos del sirviente que le conducía en silencio por los pasillos del monasterio. Mientras admiraba curiosamente los tapices, cuadros y decoración en general. El trayecto se recorrió demasiado despacio para el acelerado carácter del chico y cuando empezaba a desesperarse el sirviente se paró ante una puerta. Llamó un par de veces, esperó unos segundos y después se retiró, despidiéndose del muchacho que se quedó allí plantado como un pasmarote, sin saber qué hacer.
Pasó un tiempo, que se le hizo interminable, la puerta se abrió con un crujido seco. Conteniendo el aliento, Tedesio contempló al personaje que estaba frente a él. Era un hombre de unos cuarenta años, con unas arrugas típicas de la edad. Los ojos profundos y penetrantes, con bolsas debido a los años de estudio y lectura, y con marcadas ojeras. Una arreglada barba blanca, disimulaba el resto de sus facciones; sus cariados dientes y resecos labios, consecuencia de humedecerse los dedos para pasar las páginas. De estatura media, aunque confusa, debido al encorvamiento de tanto años de estudio. De complexión recia aunque no gruesa, se movía inquietamente por su excesiva panza.
Con un ademán le indicó al chico que pasara.
Adelante muchacho. Pasa y siéntate.
Tedesio entró y se dirigió directamente al sillón indicado. Lanzó un sonoro suspiro cuando se dejó caer en la silla de madera maciza.
Buf. Estoy realmente cansado —el muchacho tomó aire y le repitió mecánicamente la misma parrafada que le había soltado al sirviente nada más llegar.
El fraile también tomó asiento, y cuando estuvo acomodado, se quedó mirando al locuaz muchacho mientras éste proseguía su cháchara.
... y como puede ver, aquí estoy dispuesto a aprender y a aumentar mi cultura acerca del mundo y las ciencias.
El fraile permanecía quieto y callado. Sentado tras la mesa de roble, decorada con figuras talladas en sus bordes y con las patas retorcidas, haciendo una espiral, semejante a una escalera de caracol enroscada sobre una torre. Fray Ramiro contemplaba al muchacho que ya empezaba a pesarle el silencio, se movía nerviosamente en su silla, a pesar de que ésta era bastante cómoda. Se le pasó por la cabeza producir un carraspeo para aliviar el pesado silencio, pero cuando estuvo a punto de hacerlo, el fraile comenzó a hablar despacio y pausadamente, como si separara las palabras en sílabas.
Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?
Y antes de que el chico respondiera, Fray Ramiro alzó la mano conteniendo así al muchacho. Tedesio renunció a pronunciar sonido alguno y dejó al fraile continuar.
Tenemos un muchacho locuaz, hábil con las palabras, nervioso, impertinente y maleducado. Contigo vamos a tener que invertir mucho más tiempo en enseñarte lo mismo que a los demás. Como comprenderás no vamos a variar la rutina del monasterio por ti, así que tendrás que permanecer en este hogar de Dios durante más tiempo que los demás, quizás tres años, o cuatro, o cinco...
Tedesio no pudo aguantarse e interrumpió al fraile.
Pero Señor, no entiendo, soy persona aplicada y tengo ganas de aprender. No comprendo por qué se me tiene que discriminar. Permanecer por más tiempo del previsto aumentará mucho los gastos de mi Señor al tenerme aquí.
Fray Ramiro esperó pacientemente a que el muchacho se tranquilizase y sobre todo a que se callara.
Ya veo que no lo comprendes, chico. Contigo será más complicado porque antes de enseñarte cultura deberás aprender a callar. Sólo cuando una persona ha aprendido a escuchar en silencio, se le puede enseñar algo.
Tedesio quedó impresionado ante la explicación de fray Ramiro. Durante el resto de la conversación se esforzó en guardar silencio y responder sólo ante preguntas directas.
El fraile hizo una mueca de aprobación y prosiguió.
"Mens sana in corpore sano". Tan importante es una cosa como la otra. El águila tiene mejor vista que el hombre, el gato más agilidad, el olfato del perro es superior y la fuerza del toro es incomparable. La inteligencia es lo que Dios nos ha dado para diferenciarnos de los animales y las bestias. Pero no hay que acomodarse y creer que eso es todo. La mente hay que cultivarla, adiestrarla e instruirla. Cuando dejamos de ser niños creemos que lo sabemos todo. Ja —fray Ramiro soltó una carcajada seca y meneó la cabeza de un lado para otro.
Durante este tiempo aprenderás muchas cosas, cultivaras tu mente. Comprenderás cómo con la meditación y el acercamiento a Dios, la mente se aclara y las ideas surgen. Pero esto no es espontáneo. No chico, no es tan fácil. Con el estudio de las diversas artes y ciencias verás cómo, con la ayuda del Señor, puedes buscar esas ideas y conocimientos, y hacer con ellas algo útil y creativo.
Ahora dirígete a tus aposentos y descansa. A partir de mañana comenzará la actividad normal.
Fray Ramiro indicó a Tedesio cómo llegar hasta su celda-dormitorio, luego despidiéndose del muchacho, volvió a entrar en el despacho y cerró la puerta con brusquedad, produciendo un ruido seco que retumbó por todo el pasillo.
Tedesio cogió el equipaje y, recordando en voz baja las instrucciones, se dirigió a la zona del monasterio donde estaban situadas las habitaciones.
\`´/

Sentados en los fríos banco de madera pulida, el auditorio escuchaba en silencio el texto que fray Abelardo leía durante la cena, antes de ir a dormir.
Por lo expuesto anteriormente, puedo decir que, algunas hierbas pueden expandir nuestra mente acercándonos a Dios. Hacernos más receptivos a su mensaje y a su palabra. Pero no debemos confundir el efecto de las infusiones con la santidad. No por beber estos preparados, necesariamente estaremos más cerca de Dios. De hecho, las tribus paganas de algunos lugares las han usado toda la vida y siguen siendo salvajes paganos. Para alcanzar la santidad debemos ser elegidos por El Altísimo y estar en un sublime estado de comunión con él. Los brebajes no hacen santos, pero ayudan a quien sí lo es a comunicarse y entender el mensaje de Dios. Mensaje que está codificado para que sólo los elegidos puedan descifrarlo y entenderlo correctamente.
Mientras fray Abelardo proseguía con su lectura, los monjes, ya terminada su cena, escuchaban en silencio las palabras de su compañero, roto tan sólo por el sonido de los cubiertos al rozar con los platos, alguna orden dada a los sirvientes y algún eructo. Se podía oír, agudizando mucho el oído, un murmullo proveniente de una de las mesas más alejadas. Era la conversación entre dos muchachos estudiantes.
Matías, te digo que Eusebio escondía algo en el cuarto, en su cofre, en su camastro o en algún sitio.
El que así hablaba era un muchacho de unos catorce años, de ojillos que, o bien eran pequeños o eso parecía al estar camuflados con los protuberantes pómulos y las sonrosadas mejillas. No cabía duda que su familia era noble, y que la exagerada alimentación, a base de guisos y dulces había hecho de Gonzalo un muchacho obeso.
No sé. Eusebio era muy reservado, hablaba poco y se relacionaba menos, pero eso no quiere decir que ocultara algo.
Matías era algún año menor que Gonzalo, aunque su edad no se podía calcular con exactitud. Dos monjes, encargados de mantener una pequeña ermita perdida en ningún sitio, encontraron a Matías que vagaba llorando por el bosque. Probablemente se perdió o lo abandonaron, porque el pueblo más cercano se encontraba a varios días de camino a pie.
Los monjes lo recogieron, lo cuidaron hasta que creció y lo enviaron al monasterio para que terminara su aprendizaje. Gonzalo y Matías esperaron a que Fray Abelardo continuara con la lectura. Tras una pausa para tomar un trago de agua, el fraile prosiguió, Gonzalo aprovechó para continuar su conversación con Matías.
Mira te voy a contar lo que ví el otro día.
Miró con desconfianza si lo observaban y comenzó la narración:
Me desperté por la noche para beber agua, fue la noche de la tormenta, como no veía nada fui tanteando hacia la botija. De pronto cayó un rayo que iluminó el cuarto y a parte de ver la botija, también ví que el camastro de Eusebio estaba vacío. Creí que se había ido a mear y me volví al mío. Me costaba dormir por los relámpagos y truenos. Eusebio tardaba mucho y pensé que estaría esperando a que aflojase la tormenta para volver. Ya estaba casi dormido cuando entró Eusebio. Volvió jadeando y resoplando. Con la oscuridad no pude ver bien lo que llevaba pero traía algo entre las manos. No paraba de hacer ruido por el cuarto, luego se acostó canturreando algo.
Aunque yo no entendía lo que decía no paraba de repetir una machacona cantinela.
Fray Abelardo prosiguió con su lectura.
De lejanas tierras, vienen algunas plantas que tienen poderosos efectos mágicos. Cuidado debemos tener con ellas y han de ser controladas y evitar que el pueblo haga mal uso, pues corremos el riesgo que aparezcan falsos santificados, como caracoles después de la lluvia. Pero sí podemos utilizarlas nosotros, pues somos los transmisores de la palabra de Dios. Y esa palabra ha de ser entendida, analizada y traducida para que la gente pueda comprenderla en su inmensa ignorancia.
Matías replicó a Gonzalo y le expuso su versión.
Hombre yo no lo veo tan raro. Eusebio se fue al establo a cagar. Luego esperó a que la lluvia aflojase para salir del establo, como la tormenta no paraba salió y corrió por el claustro y luego subió a la habitación. Lo que llevaba entre las manos sería la ropa mojada, y el canturreo sería una oración antes de volver a acostarse.
Gonzalo se encogió de hombros y dijo;
Qué va, hombre, qué va. Eso no puede ser. La ropa mojada no la he visto por ningún lado, y eso que me levanté antes que él. Ya sabes que a Eusebio siempre le ha costado levantarse por las mañanas. El canturreo puede que fuera una oración, pero ¿y el rayo?. Por la luz que hizo tuvo que caer muy cerca, si no encima del monasterio.
Matías se quedó pensativo y antes de que respondiera Gonzalo le dijo;
¿A qué no oíste ningún relámpago anoche? Si cayó tan cerca tendríais que haberlo oído tú y Diego.
Asintiendo con la cabeza concluyó;
El rayo, o lo que fuese, no hizo ruido. Yo no he visto nunca ningún rayo que caiga tan cerca y no haga ruido.
Fray Abelardo acababa su sermón elevando la voz para dar más énfasis a sus palabras.
Al tiempo que el fraile terminaba lanzó una mirada de advertencia a los muchachos, los cuáles quedaron en silencio al instante.
\`´/

Tedesio avanzó expectante por el pasillo. El único ruido que hacía al caminar era el producido por la arenilla suelta del desgastado suelo . Llegó hasta la puerta que le había indicado Fray Ramiro. Accionó la manivela y esta para su sorpresa, no hizo el característico chirrido que producen las viejas y pesadas puertas de los monasterios. Cuando la puerta estuvo abierta completamente, el muchacho recogió sus pocas pertenencias y entró en el dormitorio.
El cuarto era pequeño pero bien distribuido. Contenía cuatro camastros, sujetos a la pared a modo de literas, dos en la pared de enfrente, justo debajo del enrejado ventanuco que daba al patio interior del monasterio. Los otros dos quedaban semiocultos por el perchero atiborrado de ropa, a la derecha de la puerta. En la otra pared, justo al abrir la puerta, quedaba el soporte con la palangana de agua y una silla con un lienzo colgado en el respaldo.
Acostado en uno de los camastros estaba un chico de la misma edad que Tedesio, más o menos.
Tedesio se acercó a saludar al chico del camastro.
Hola, me llamo Tedesio —le dijo tendiéndole la mano.
El muchacho del camastro se incorporó con dificultad y tras toser un par de veces se presentó a su vez.
Hola. Yo soy Diego —contestó con la voz afónica.
Pero antes de que Tedesio pudiera estrecharle la mano, Diego se volvió a acostar resoplando ruidosamente, tras lo cual volvió a toser un par de veces.
Vaya tos. ¿Te has resfriado?
Diego contestó a desgana.
Sí me he acatarrado. Este monasterio puede llegar a ser muy frío. —Tras estas palabras cerró los ojos y se quedó acostado respirando con dificultad.
Tedesio se sentó en uno de los camastros y buscó con la mirada un lugar para dejar sus cosas.
En esto estaba cuando se abrió la puerta de la habitación y entraron dos muchachos. Tedesio se fijó en la gordura de uno de ellos.
Los dos chicos se quedaron sorprendidos, pues no esperaban encontrarse con nadie más en el cuarto a parte de Diego.
El más menudo saludó a Tedesio.
Hola, ¿y tú quién eres?
Soy Tedesio. Acabo de llegar.
Esa es mi cama —dijo el muchacho grueso con seriedad.
Tedesio lo miró desafiante y tras algunos momentos de tensión se levantó y preguntó.
¿Y cuál es el mío?
Matías le indicó con la mano el camastro que antes ocupaba Eusebio, justo debajo del suyo.
Tras esto preguntó a Diego como se encontraba, aliviando así la tensión del ambiente.
Fray Abelardo ha venido a verme hace un rato —contestó Diego con dificultad y entre toses —y dice que como soy un chico fuerte me recuperaré pronto. Supongo que mañana ya podré levantarme de la cama.
Ya veo que os habéis presentado —empezó a decir fray Ramiro cuando entró tras Tedesio.
Sí, ya nos hemos conocido —le interrumpió Tedesio.
Fray Ramiro lanzó una mirada penetrante a Tedesio y le dijo:
Supongo que sabrás rezar, ¿verdad?
Por supuesto que sé. —respondió el impaciente chico.
Pues empieza.
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre.
Haciendo flexiones en el suelo—indicó enérgicamente fray Ramiro con el dedo.
Tedesio iba a replicar, pero ante la penetrante mirada de fray Ramiro, prefirió obedecer y callar.
Vuestro locuaz compañero, sí, ese que tan bien sabe rezar, se llama Tedesio. Es hijo de Isaías Vázquez, vasallo del señor de Villalobos, y está aquí para lo mismo que vosotros, para, con la bendición de nuestro Señor, aprender todo lo que entre estos muros se puede aprender.
Fray Ramiro hizo una pausa a la vez que miraba al muchacho que había parado de hacer flexiones.
Ya he terminado —dijo Tedesio con dificultad por el esfuerzo.
Pues vuelve a comenzar.
Fray Ramiro se dirigió a la puerta y, cuando estuvo allí, les dijo:
No quiero alborotos. La noche es para dormir y asimilar lo que hemos aprendido durante el día. Si armáis jaleo, os pasaréis toda la noche rezando.
Antes de cerrar la puerta se dirigió a Tedesio.
Cuando termines ese Padrenuestro, puedes parar y reflexionar sobre tus actos.
Tras esto salió y cerró la puerta tras él.
Tedesio acabó la oración y se quedó tumbado en el suelo respirando a grandes bocanadas. Mientras recuperaba el aliento oyó a fray Ramiro alejarse por el pasillo.
Matías ayudó a Tedesio a sentarse en el camastro, al tiempo que Gonzalo acercaba la oreja a la puerta. Matías esperó la señal de aprobación de su amigo y tras recibirla susurró:
No vuelvas a interrumpir a fray Ramiro.
Girándose hacia Diego que permanecía postrado en la cama le indicó:
Gonzalo tiene algo que contarte.
El otro muchacho, desde la puerta miró con desconfianza a recién llegado y dijo:
Mañana hablaremos con más tranquilidad. Vamos a dormir.
Con un fuerte soplido apagó la vela dejando la habitación a oscuras.
Tedesio intentó acomodarse en el colchón de paja que tenía incómodos bultos. Con las manos intentó alisar el camastro, pero lo único que conseguía era desplazar los bultos de un lado para otro, sin deshacerlos.
Llegó un momento que el cansancio del viaje le venció y se tumbó en el camastro. Haciendo caso omiso de la incomodidad, se tapó y buscó la posición más adecuada.
Cof, cof —escuchó antes de quedarse dormido.

Un relato de magia ancestral. Autor: Gregorio Sánchez Ceresola.
Registro de la Propiedad Intelectual: Asiento 09/2009/1973

Un relato de magia ancestral - 3 - Por el honor de la dama

Diego golpeó un par de veces la puerta con los nudillos y esperó a que le autorizaran para entrar.
Los golpes entreabrieron un poco la puerta que estaba mal cerrada, dejando salir la conversación que se producía en su interior.
Pero hombre de Dios, ¿por qué no me lo dijiste antes?
No tiene importancia, es sólo un molesto corte. Ya se curará por si solo.
Curarse puede que se cure, pero también puede ponerse feo y causarte fiebres, calenturas, si no algo peor.
La misma voz continuó. —Mira que es difícil hacerse semejante corte en la espalda uno mismo. 
Tropecé en el establo y al caer hacia atrás me golpeé con un gancho.
Claro, por eso está tan feo. El establo es un mal sitio para hacerse heridas, tan lleno de pestes, orines y excrementos.
Venga limpia la herida y cada cual a lo suyo. Cuando venga el barbero ya la mirará mejor.
La conversación terminó y Diego sólo escuchaba el sonido de la palangana con agua y las gasas.
Ahora que la veo limpia, santo Dios, que profunda es. Parece que te la haya hecho el mismo Demonio.
La otra voz, enojada, gritó algo que retumbó en las paredes de la estancia. El sonido le llegó a Diego distorsionado e hizo que no lo entendiera con claridad. Tras una corta pausa se oyó a fray Abelardo disculparse.
Perdona no quise decir eso. Lo dije por lo fea y muy profunda que es.
Diego tosió un par de veces y comenzó a dar vueltas en el pasillo para entrar en calor.
El monje que estaba con fray Abelardo salió de la estancia, tropezando con Diego, le dio un empujón y se marchó por el pasillo murmurando y maldiciendo por lo bajo.
Diego observó cómo se alejaba por el pasillo y luego pidió permiso para entrar.
¿Vuecencia da su permiso?
Pasa Diego, pasa.
La herboristería era una habitación que, pese a no ser de las más grandes del monasterio, tenía el techo bastante alto. Gruesas vigas de madera coronaban el cielo de la estancia, y colgando de éstas había varios manojos de hierbas secas. Esto hacía que nada mas entrar la nariz se inundase de variados olores. Alguno llegaba incluso a marearse.
En una pared había un par de estanterías con frascos, tarros de barro y envases varios. Enfrente, una alacena con cajones situada bajo el ventanuco. Pero lo que llamaba la atención era la robusta mesa de madera que había en el centro donde, ocasionalmente como ahora, atendía a los enfermos o heridos. Debajo de ésta había una palangana, algunos trapos y una jofaina. Un brasero situado en un rincón calentaba la estancia.
Diego se quedó de pie, marcialmente rígido, en la entrada de la enfermería, mientras fray Abelardo avivaba las brasas.
Descansa muchacho y acércate que te examine.
El chico se acercó al monje y, sin mirarlo directamente, se quedó en la misma postura.
En el futuro serás un buen soldado, pero ahora sé un buen paciente y relájate.
Diego suspiró y adoptó una postura más cómoda.
Fray Abelardo lo examinó y con un gesto aprobatorio le dijo:
Eres fuerte y ya no tienes fiebres. ¿Has rezado tus plegarias?
Sí, y también he sudado mucho tal y como me dijo.
Sudar está bien, pero recuerda que debes buscar la ayuda de Dios para que te libre de los diablos esos que han invadido tu cuerpo.
Fray Abelardo bendijo un frasquito con un líquido amarillento y se lo dio al muchacho, al tiempo que le decía:
Tómate esto por la noche, reza un rosario y ya no hace falta que guardes cama. Abrígate y suda lo que puedas.
Tras esto despidió al muchacho que salió en busca de sus amigos.
Al llegar al claustro encontró a Tedesio, el recién llegado. Estaba curioseando alrededor del pozo que había en el centro y del que partían los caminos hechos con jardines a las diferentes partes del claustro. Con unas rápidas zancadas se dirigió hacia él.
Hola, ¿has visto a los otros? —preguntó cuando estuvo cerca.
¡Ah!, hola. Ya veo que estás mejor. Vaya noche de estornudos y toses...
Viendo que no le contestaba, le interrumpió.
Gracias, pero, ¿los has visto? ¿O no?
Eh, sí. Gonzalo estaba aquí hace un momento pero como no quería hablar conmigo se ha marchado, con la excusa de no sé qué apretón. Pero no tardará en volver porque se ha dejado el bollo que se estaba comiendo.
En ese momento apareció Gonzalo, que al ver a Diego exclamo con alegría:
Hombre Diego, ya estás bien.
¿Ves?, ya vuelve a por su bollo —se burló Tedesio.
Sí. Fray Abelardo dice que ya estoy bien —contestó Diego, ignorando el comentario de Tedesio.
Bien, así podremos continuar donde lo dejamos —dijo Gonzalo, y tras colocar el pastel en algún pliegue de su sayo, señaló a Tedesio y le ordenó:
Tú, mequetrefe, ve al establo y traenos nuestras armas, que este caballero y yo tenemos una afrenta pendiente.
¿Mequetrefe yo? No pienso traerte nada, gordo pastelero, pues no soy tu lacayo ni mucho menos tu escudero.
Ja, ja, ja. Eres hábil con las palabras —comentó Diego entre risas.
Manteniendo la sonrisa en la cara, Diego conminó a Gonzalo ir a por su equipamiento, dejando solo a Tedesio.
Al poco rato volvieron los dos chicos portando espadas y escudos de madera a imitación de auténticas armas.
El semblante serio y concentrado de los dos contendientes acalló el comentario jocoso que iba a decir Tedesio. En vez de ello se sentó en un saliente del adornado pozo y se dispuso a contemplar el combate.
¿Qué mueve esta afrenta? —preguntó Tedesio.
¡El honor de una dama! —dijo Gonzalo en voz alta a la vez que iniciaba el ataque tratando de coger desprevenido a su rival. Pero el otro, esperando el golpe, no tuvo dificultad en pararlo con el escudo. Realizó un segundo ataque, cambiando la dirección del golpe y este ya no pudo ser detenido con facilidad, obligando a su contrincante a desviar el ataque con el escudo.
Diego pasó al contraataque, lanzando un par de rápidos tajos que obligaron a su grueso rival a dedicarse por completo a la defensa. Gonzalo consiguió mantener la posición evitando caer al suelo pero su escudo no resistió los embates. Emitió un sonoro crujido y se agrietó.
Bravo —aplaudió Tedesio. —Que gran ataque. Ánimo Pastelero, todavía podéis vencerle.
El comentario dio nuevos bríos a Gonzalo que se abalanzó sobre el otro, colocando su agrietado escudo por delante. El choque fue fuerte, y Diego, a pesar de haber parado el ataque, no pudo evitar caer al suelo de espaldas. Tal y como había visto hacer a su padre en alguna ocasión, rodó por el suelo y aprovechó el movimiento para darse impulso y ponerse en pie.
Ese ataque me ha cogido desprevenido pero te ha costado tu escudo. Comentó el muchacho una vez estuvo de pie.
El escudo de su rival no había resistido el impacto y se había partido, mientras que el suyo, que estaba mejor fabricado y era más resistente, sólo tenía una abolladura.
Gonzalo miró su escudo roto con decepción. Se lo quitó y lo arrojó a un lado. Cogió su espada con ambas manos y se dispuso a proseguir el combate.
Esa espada es muy pequeña para usarla a dos manos —le aconsejó Tedesio que observaba el duelo desde el pozo situado en el centro del claustro.
Es la única oportunidad que tengo frente a la espada y el escudo —contestó el otro, mientras meditaba la manera de compensar su desventaja.
Yo creo que si la sujetas con una mano y usas la otra como distracción, puedes hacer ataques rápidos y precisos y apartarte para volver a atacar rápidamente, claro que no sé si esa oronda panza tuya te lo va a permitir.
Cállate flacucho. Eso no es caballeroso. Tú qué sabrás del noble arte del combate a espada —dijo Gonzalo visiblemente enfadado.
De artes nobles no sé mucho, pero lo veo más práctico.
No le hagas caso y prosigamos —intervino Diego, que había dejado caer el escudo al suelo. —Ahora estamos igualados otra vez.
El combate se reanudó. Armado únicamente con las espadas de madera, se lanzaban tajos y estocadas. Los golpes paradas y carreras, resonaban por todo el claustro. Diego, delgado pero fibroso, lanzaba duros ataques que Gonzalo podía aguantar gracias a su mayor corpulencia. Tedesio animaba a los luchadores y les daba consejos. Su distante posición le permitía observar los errores que cometía cada uno durante el combate y no dudaba en gritarles las correcciones que debían hacer.
Tan concentrados estaban los tres muchachos en el combate que no se dieron cuenta de la llegada de fray Ramiro. El primero en darse cuenta de la presencia del fraile fue Tedesio, que estaba de espectador.
Esto..., chicos, tenemos compañía. Hola fray Ramiro. ¿Cómo se encuentra esta mañana?
Los dos contendientes pararon de inmediato e, instintivamente, ocultaron las espadas de madera tras la espalda. Con el semblante serio, fray Ramiro taladró a los chicos con la mirada a la vez que ironizaba.
Pero, ¿dónde os creéis que estáis? ¿En una taberna? ¿En un mugriento callejón?
Se quedó callado unos momentos. El silencio sólo lo alteraba la brisa al serpentear entre las columnas del claustro. Tedesio iba a replicar pero antes de articular palabra fray Ramiro gritó con tal fuerza que retumbó por el silencioso jardín, y el eco que creaban las paredes se encargó de multiplicar su aterrador efecto.
¡NO!
La potente voz de fray Ramiro fue como si los muchachos fuesen golpeados por el sonido, dejándolos mudos de asombro. Luego continuó con voz más suave.
Vais sobrados de fuerzas, necesitáis desahogaros y poneros en paz con Dios.
Fray Abelardo me dijo que tenía que sudar para curarme el resfriado —intentó justificarse Diego.
Pero eso no implica armar alboroto en el claustro —le aclaró el fraile y continuó subiendo el volumen de voz.
Vais a llevar los fardos de leña que hay en el borde del camino hasta el almacén. Absolutamente todos.
La cara de Gonzalo cambió a una expresión de horror cuando comprendió que no les daría tiempo de asistir a la comida.
Pero son muchos fardos. No terminaremos antes del mediodía —gimoteó el rollizo muchacho.
Haberlo pensado antes de perturbar la paz del monasterio —dijo fray Ramiro impasiblemente. —Además el hambre, como otros sufrimientos, fortalece el alma.
Tedesio no aguantó y habló en defensa de sus compañeros.
Pero su paternidad se excede en el castigo. Solamente estaban jugando y entrenándose para servir el día de mañana a Su Majestad. Además Diego cumplía órdenes de fray Abelardo, que le dijo que sudara, y Gonzalo le ayudaba a la vez que se ponía en forma.
La cara de los muchachos se alegró al ver que fray Ramiro asentía con la cabeza. Pero la expresión les cambió cuando el monje les dijo:
De acuerdo Tedesio. Lo haréis entre los tres y además los colocaréis ordenados por tamaños.
Y tras esto se marchó por una de las puertas que comunicaban el claustro con el interior del monasterio.
Gonzalo volvió a lloriquear.
No llegaremos a tiempo de comer. Hoy no comemos. No nos dará tiempo.
Pues venga. Démonos prisa —animaba Tedesio al tiempo que corría hacia el lugar.
Diego miró al cielo buscando la posición del sol y, haciendo un gesto de duda, corrió en la misma dirección. El tercer muchacho también corrió tras los otros.
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La campana avisó que era mediodía y era el momento de comer. Un pequeño grupo de lugareños subían todos los días por el difícil sendero que llevaba al monasterio para preparar y servir a los clérigos. Los monjes interrumpieron sus quehaceres para asistir a la comida.
Matías estaba en el refrectorio esperando la comida. Miraba impacientemente hacia la entrada para ver si entraban sus amigos. Si llegaban tarde sufrirían humillación y no comerían. Estaban a punto de comenzar los salmos cuando llegaron los tres muchachos, visiblemente fatigados y casi sin respiración. Al momento entró Fray Gerardo de Peña, abad del monasterio y comenzaron los salmos. A continuación comieron.
Creía que no llegabais. ¿Por qué habéis tardado tanto? —preguntó en voz baja Matías.
Uf, uf. Espera, ahora te cuento —le contestó Tedesio.
Cuando recuperó el aliento le relató cómo habían realizado el castigo.
Como eran muchos fardos y teníamos que ordenarlos, nos repartimos el trabajo. Diego y yo, que somos más rápidos, transportamos la leña, y Gonzalo la iba clasificando y apilando.
Una de las veces que levantaron la vista se percataron que fray Ramiro los observaba e inmediatamente se callaron y se dedicaron a comer antes que Gonzalo acabara con las existencias. 

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El taciturno monje caminaba por los pasillos, como alma en pena, sumido en sus pensamientos. Jugueteaba con una piedra preciosa y ante cualquier ruido sospechoso o sombra misteriosa la ocultaba rápidamente entre sus ropas. Era un hombre muy temeroso y suponía que aquello que acababa de descubrir no era algo propio de hombres de Dios. Él creía temer a la justicia divina por haberse apartado de su camino, pero a quien realmente temía era a la justicia de los hombres que eran capaces de las mayores atrocidades por obtener más poder.
Ahora conocía un terrible secreto y no podía permitir que cayera en manos de cualquiera, y para eso estaba dispuesto a cualquier cosa, incluso a eliminar a quién hiciera falta. Ya lo había hecho y lo volvería a hacer.
Murmuraba repetitivamente una cantinela que le había oído a Eusebio, que en principio no tenía ningún sentido, pero por alguna extraña razón le producía un agradable cosquilleo. Había visto al chico transformarse en un águila e incluso lo había visto salir volando y siempre musitaba antes esa tonadilla. Supuso que la clave del asunto estaba en el contenido de la cantinela pero al estar en un dialecto desconocido para él, era incapaz de saber lo que decía.
Cada vez que oía algún ruido sospechoso callaba de inmediato pues, igual que él se lo había oído a Eusebio por casualidad, otro podría hacer lo mismo. Su desconfianza y su miedo lo llevaron a un estado paranoico, hasta el punto que incluso andaba con tal suavidad que sus pies no hacían ruido al pisar las losas del suelo.
Intrigado por su propio sigilo, bajó la mirada a sus pies y no vio nada que le llamará la atención y, dudando de sus propios sentidos, se giró para mirar el trayecto recorrido en sigilo y vio sus propias huellas, pero para su sorpresa no eran las de su calzado si no las producidas por algún gran felino. Eran huellas de león, lo sabía con certeza pues no era la primera vez que veía unas similares y eran demasiado grandes para ser de un gato. Sorprendido, miró sus pies de nuevo y volvió a verlos tal y como tenían que ser, pies humanos como los veía cada vez que se calzaba.
Recordó que hacía años había estado en las ruinas de un circus, un lugar donde, en tiempos inmemoriales, se había sacrificado a cristianos en macabros espectáculos donde los hacían luchar contra bestias. Estos sacrificios estaban grabados en las paredes donde, a pesar del tiempo, todavía se podía apreciar cómo eran esos combates. Los enfrentaban a infernales lobos, descomunales minotauros con la fuerza de diez hombres y a terribles leones traídos de los confines de la tierra donde las bestias son dueños y señores.
Al levantar la cabeza el susto fue mayúsculo al ver cómo se proyectaba en la pared la difusa sombra de una gran melena de la que sobresalían unas terribles fauces. Se giró con rapidez con el temor de encontrarse cara a cara con un terrible monstruo, pero para su alivio ahí detrás no había nada, salvo el ventanuco por donde entraba la luz que hacía brillar las motas de polvo como pequeños duendes que jugueteaban a su alrededor.
Agitó el aire con la mano en un intento por dispersar las motas y lo único que consiguió fue que éstas adquirieran velocidad y giraran todavía más enloquecidamente. Un punzante dolor le recorrió la espalda recordándole la herida que le había producido el chico-águila y que ahora se le había abierto por los bruscos movimientos.
Maldijo al diablo que, según él, lo había elegido como víctima para sus pesadas bromas.
Maldito seas. Te has equivocado conmigo. Soy tu peor enemigo y voy a usar tus propios encantamientos para acabar con tus fechorías en la tierra, las tuyas o las de tus impíos seguidores.
Continuó su camino meditando sobre la piedra preciosa que le había arrebatado a Eusebio la cual, cuando la miraba a trasluz, emitía luces de colores en todas direcciones dándole un carácter mágico.

Sigue en: 4 - Amigos en el establo

Un relato de magia ancestral. Autor: Gregorio Sánchez Ceresola.
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